22-01-2008
El Otro Tigre de Borges, y el Golem
Jorge Luis Borges, exquisito creador de prosa y verso, en el curso de su obra literaria deja en evidencia su profunda convicción de la condición limitada del lenguaje.
Su obra está tocada por el dejo de nostalgia de un hombre consciente de que su pluma jamás podría plasmar en nuestro mundo, el mundo de los esplendores en donde una vez, inmensamente viva, habitó la palabra.
En el poema "El Otro Tigre" Borges trata puntualmente sobre el lenguaje y la realidad, y con magistral refulgencia, y nos dice:
(...) "Que el tigre vocativo de mi verso / es un tigre de símbolos y sombras (...) y no el tigre fatal, la aciaga joya (...) pero ya el hecho de nombrarlo (…) lo hace ficción del arte y no criatura (...) un tercer tigre buscaremos (...) será como los otros una forma /de mi sueño/un sistema de palabras humanas y no el tigre vertebrado..."
Sabe Borges, que al escribir sobre la realidad viviente, él, con su pluma la dejará petrificada, muerta en la palabra…y hasta aquel último tercer tigre que pretende nombrar en su poema, también - con su palabra – lo convertirá en ficción de su arte.
Y al final del mismo poema afirma Borges… pero "algo me impone esta aventura indefinida, insensata y antigua, y persevero", y luego manifiesta que siente un mandato interno, subyugante, que le obliga a persistir -destino inexorable del poeta- a buscar... "El Otro Tigre, el que no está en el verso... el tigre real.
Pero él, sabiendo lo inútil del arte, en su afán de atrapar la huidiza realidad que inexorablemente se le escurre, persiste en escribir sus símbolos con la inútil esperanza de alcanzar lo ya sabido imposible.
Y más, en el curso de su obra Borges permanece en señalar la imposibilidad de poder atrapar la realidad con la palabra, y lo hace explícitamente en El Golem, poema donde narra la conocida historia del rabino de Praga, quién al encontrar el terrible y perdido "Nombre", dio con él la mágica vida a su elaborado monigote.
Porque también le aconteció al rabino de Praga como nos aconteció a nosotros, cuando por primera vez empezamos a usar la palabra para explicarnos las cosas de este mundo:
Y su Golem, nos dice Borges… "vio formas y colores que no entendió"... y que el rabino con su lenguaje le explicó,... y él, también... "Gradualmente se vio (como nosotros) / aprisionado en esta red sonora /de Antes, Después, Ayer, Mientras, Ahora, / Derecha, Izquierda, Yo, Tu, Aquellos, Otros"... Pero al rabino –como a nosotros- no le quedó otro camino, e irreversiblemente a su Golem debía revelarle el universo, e incansablemente le explicaba... "Esto es mi pie; esto el tuyo; esto, la soga".
Pero ya, al final, conciente de que estaba conduciendo a su Golem por el trillado e inútil camino que lo alejaría de la realidad, se lamenta y exclama... "¿Por qué di en agregar a la infinita serie un símbolo más?"
De alguna manera, nosotros los humanos somos hechura de los símbolos -como el Golem de Borges - más que de verdades.
Y más, en el mismo poema cuando declara... "Si (como el griego afirma en el Cratilo)/El nombre es arquetipo de la cosa/ en las letras de rosa está la rosa/ Y todo el Nilo en la palabra Nilo", Borges nos advierte del inalcanzable sueño de Platón por encontrar "El Nombre" de las cosas; y nos advierte de la trampa del lenguaje, trampa en la que hemos caído y que es, paradójicamente, la única alternativa que nos ha procurado la naturaleza para poder vislumbrarla.
Nos hemos llegado a creer, por el uso inconsciente que del lenguaje hacemos, que al pronunciar la palabra rosa, en sus letras, en el sonido de los vocablos que conforman la palabra que la anida, está contenido el perfume, la presencia y toda la esencia de la viva y efímera rosa.
Sin embargo el poeta persiste, porque intuye que la realidad concurre más allá de los límites del lenguaje. Por ello vive en una eterna agonía, tratando de alcanzar aquella profunda e intensa realidad con su palabra.
Por Güido Riggio Pou
Clave Digital
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