17-09-2000
Poesía y otras cuestiones
Anécdotas, recuerdos y una entrevista con el autor de "Cólera buey" integran esta edición especial sobre el reciente ganador del Premio Juan Rulfo. Un poeta impostergable que no temió soñar la revolución.
MARCELO PICHON RIVIERE
Todo comenzó con Violín y otras cuestiones, publicado en 1956. Era un libro de juventud, de tanteos, de hallazgos. Los versos eran límpidos, se desplegaban en la página sin ese laboratorio del lenguaje que luego sería fundamental en la obra de Juan Gelman. Así las cosas también en El juego en que andamos, Velorio del solo y Gotán (1962), que cierra un ciclo, la primera aventura poética de este creador infatigable, incesante y tenaz. Luego, el silencio. Un pequeño libro publicado en La Habana en 1965 ya daba las pistas del Gelman que se estaba gestando en soledad, dolor y perplejidad. Son los tiempos de sus primeras decepciones políticas, de sostener la llama de la revolución soñada sin candores y con muchas preguntas. Su escritura se libera como un viento, como un golpe de mar y a la arena llegan esos prodigios verbales, esas frases rotas, la falta de puntuación y esos ritmos quebrados que se encadenan, superponen, y se interrumpen, cortantes, dejando el poema en un signo de interrogación, que es un signo de vida, la señal helada de la duda. No la duda retórica, ubicada como un paso coreográfico para luego insinuar una respuesta. No, se trata de la duda que busca la certeza.
En 1971 apareció en Buenos Aires la versión definitiva de Cólera buey y Gelman entró con su paciente cólera en el primer plano de la poesía argentina.
"Este volumen reúne un poema al comandante Guevara y los restos de nueve libros inéditos escritos en un momento muy particular de mi vida", anotó, con brevedad, en el inicio de esta obra que se despliega en diversos títulos: "El amante mundial", "Cólera buey", "Partes", "Rostros", "Otros Mayos", "Perros célebres vientos", "Sefiní", "Traducciones I, Los poemas de John Wendell", "Los poemas de Dom Pero", "Pensamientos" y "Traducciones II, Los poemas de Yamanokuchi Ando", escritos entre 1962 y 1968.
La enumeración no es ociosa. Cada título se va encadenando con el otro y dan una nítida idea de la diversidad de tonos y de recursos de estilo que propone Cólera buey, un libro fundamental de la poesía argentina del siglo XX. "¿a dónde irá a parar tanta desolación tanta hermosura? / hemos hecho y deshecho / hablen, trabajadores del amor", dice un poema. En "Costumbres" observa: "no es para quedarnos en casa que hacemos una casa / no es para quedarnos en el amor que amamos / y no morimos para morir / tenemos sed / y paciencias de animal". Otro finaliza: "poetas de hoy / poetas de este tiempo / nos separaron de la grey y no sé qué será de nosotros / conservadores comunistas apocalípticos cuando / suceda lo que sucederá pero / toda poesía es hostil al capitalismo".
A partir del 1971 Gelman se convirtió en una figura impostergable del mundo literario. Y lo era por sus poemas, no por su presencia. No era fácil verlo por aquellos lugares (bares, librerías, presentaciones de libros, etcétera) que hacen a la vida literaria. Nunca frecuentó la vanidad ni se demoró, gozoso, ante el elogio. Su vida siempre fue el trabajo, o sea el periodismo, la poesía, la militancia política y los diversos y posibles o imposibles amores.o lo conocí en la revista Confirmado, en el año 1966, cuando comencé a trabajar allí. Nunca me hizo sentir la diferencia de edad y escuchaba mis entusiastas opiniones sobre su poesía con pudor e ironía. Era (es) imposible introducirlo en una larga charla sobre sus poemas. Enseguida surge el humor y esa risa imborrable, usada habitualmente a modo de punto final. Final y definitivo. (Aunque también tiene una risa más suave, que utiliza a modo de puntos suspensivos antes de decirnos algo íntimo, algo que tiene ganas de contar pero le cuesta.) El siempre nos recuerda que no hay que tomarse demasiado en serio. Porque lo opuesto a la vanidad es cierta levedad, un desarraigo íntimo, que lleva a ver determinadas cosas de costado. Eso no quiere decir que no se emocionó el domingo pasado, al mediodía, cuando se enteró de que había ganado el Premio Juan Rulfo, el más importante de América latina.
El martes lo llamo para saludarlo y le pregunto si está festejando, porque uno tiene ganas de que Gelman la pase bien. "Por supuesto. Y con toda la plata que me dieron te aseguro que ningún amigo se va a quedar con sed." Después me cuenta que el domingo estaba trabajando en la corrección de un nuevo libro de poemas: "Ver qué poemas se salvan, cuáles se mueren sin remedio. Y vino la noticia y esto se transformó (ríe suavemente)... en cualquier cosa".
Durante años a Juan le gustaba recordar un diálogo de una película de los hermanos Marx. Groucho propone cambiar de lugar todas las llaves del hotel donde se encuentran. "¿Y la confusión?", le preguntan. "¿Y la diversión?", responde. A partir de la escritura de los libros de Cólera buey Gelman busca la confusión y la diversión. Confusión porque escapa de los trillados campos de la poesía social, tan tradicional en sus formas que queda en franca contradicción con la voluntad de ruptura que expresa su contenido. La poesía de Gelman habla de la revolución, de los muertos, de los sueños quebrados, de los anhelos tangibles con una libertad que ya instala la voluntad de cambio. Y también hay diversión porque, junto a un poema desgarrador, hallamos a otro que juega con las palabras: no con artificios, sino con la tersura reveladora del humor. Gelman, como Groucho, cambia de lugar las llaves en los casilleros y así entramos en cuartos inesperados.
Hay un sendero, sin duda, que lleva a otros senderos en toda la poesía de Gelman. Hay rupturas importantes en su obra, quiebres, senderos que llevan a un abismo o a una cascada de suaves ritmos amorosos. Pero también hay una unidad sólida y manuable como una piedra. En unas breves líneas que escribió para su Antología personal (1993), dice: "He reunido aquí en orden cronológico poemas pertenecientes a libros que aparecieron entre 1962 y 1988. La voz seguramente cambia, pero las obsesiones no: el amor, la niñez, la revolución, el otoño, la muerte, la poesía, siguen sumiéndome en la abierta oscuridad de su sentido, obligándome a buscar respuestas que nunca encontraré".
En esa búsqueda también se permitió el juego de máscaras. John Wendell, Yamanokuchi Ando, Sidney West. José Galván y Julio Grecco no son heterónimos a la manera de Pessoa, es decir, poetas "inventados", con una biografía, una historia de lecturas y una poética singular. Nada más opuesto a Alberto Caeiro que Alvaro de Campos, pero ambos son creaciones de Pessoa. Esas diferencias de estilo (o sea, diferencias en una vida) no se encuentran en las máscaras de Gelman, pero sí se encuentran mundos distintos. El cambio de paisaje más logrado quizá sea Los poemas de Sidney West (1969); aparece el estilo de Gelman en todo su imaginativo esplendor, pero los lamentos de los distintos personajes de la saga del pueblo arman un mundo distinto, uno de esos inesperados, bajo la influencia entrañable de Edgar Lee Masters y su Antología de Spoon River.
Esos tiempos de máscaras, para buscar ser otro o recuperar algo que ya se fue, son parte del juego de los casilleros. Cambiar las llaves de lugar, encontrarse en habitaciones habitadas por lo ajeno. También escribir sin las máscaras lleva a lo ajeno; es decir, a la imposibilidad de decir a otra orilla qué aguarda del otro lado del río. Pero las palabras fluyen para estar en movimiento, no para encontrar el remanso y el silencio.
Clarín
17/09/2000
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