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| Miércoles 20 de agosto de 2008

Un poema de Jorge Luis Borges

Juan López y John Ward

Les tocó en suerte una época extraña.
El planeta había sido parcelado en distintos países, cada uno provistro de lealtades,
de queridas memorias, de un pasado sin duda heroico, de derechos, de agravios, de una mitología peculiar, de próceres de bronce, de aniversarios, de demagogos y de símbolos. Esa división, cara a los cartógrafos, auspiciaba las guerras.
López había nacido en la ciudad junto al río inmóvil; Ward en las afueras de la ciudad por la que caminó Father Brown. Había estudiado castellano para leer el Quijote.
El otro profesaba el amor de Conrad, que le había sido revelado en un aula de la calle Viamonte.
Hubieran sido amigos, pero se vieron una sola vez cara a cara, en unas islas demasiado famosas, y cada uno de los dos fue Caín, y cada uno, Abel.
Los enterraron juntos. La nieve y la corrupción los conocen.
El hecho que refiero pasó en un tiempo que no podemos entender.

Jorge Luis Borges, 1985 (Leer biografía)

 

Carlos Gamerro, autor del libro "Las Islas"
"No hay realismo con Malvinas porque fue una guerra de ficción"

Carlos Gamerro

Cuando faltan pocos días para que se cumplan 25 años del inicio de la Guerra de Malvinas, la voz del escritor argentino Carlos Gamerro llega desde Cambridge. Hace nueve años publicaba una imaginativa novela llamada Las islas, que Norma reedita en abril, donde abordaba aquel momento con el que la dictadura militar se hundió arrastrando las vidas de casi setecientos soldados argentinos. Después de compartir actividades académicas, como visiting fellow en Cambridge, en relación a Malvinas y a la literatura argentina, Gamerro contó qué significan hoy Las islas.

—¿La guerra terminó?

—La de las armas sí. Continúa otra por otros medios. Los académicos ingleses dicen que la guerra le dio continuidad a Thatcher, que el imperialismo británico parecía terminado después del conflicto del Canal de Suez, pero que renació con Malvinas y se profundizó con Afganistán e Irak. Para los argentinos, todavía hay mucho para elaborar, sobre todo el hecho de cómo la población rechazaba la guerra pero apoyaba la toma de las islas.

—Quiso hacer un policial negro, pero escribió esta novela compleja, ¿cómo fue ese tránsito?

—Tenía la idea de un policial negro pero el detective privado no encajaba porque, como lo conocemos nosotros, siempre es un policía. De ahí derivó al personaje del hacker y se me ocurrió que podía ser interesante que fuera un excombatiente. Se cuelan factores inconscientes, soy clase 62 y el no haber ido a Malvinas se debió a estar con prórroga para el servicio militar. A partir de ahí surge la idea de convertir esto en una trama vinculada con lo policial, los servicios de inteligencia, las fuerzas armadas, Malvinas...

—No estuvo en la guerra, ¿cómo se acercó a esa sensación?

—Por un lado es una novela autobiográfica al revés, un negativo. Entrevisté a excombatientes para buscar una transferencia de la emotividad, la vibración de la voz, eso entra en uno y vuelve a salir al escribir. Y después de escuchar ese relato, yo les preguntaba si en una situación similar volverían a Malvinas y me decían que sí. Y eso no lo entendía y por eso escribí esta novela para ver si podía entender lo que pasó.

—Sin embargo, no buscaba realismo...

—Malvinas no puede recibir un tratamiento realista. Durante mucho tiempo nos contaron la historia inventada del piloto del Pucará que disparó sobre el portaaviones Hermes pero que en realidad murió bombardeado sin subir a su avión... Era un guerra de ficción, hay toda una mítica a su alrededor. Leí hace poco que en el 63 hubo un plan de Tacuara de tomar las Malvinas y llevar allí a Perón. Lástima. Me llegó tarde.

—En la trama del libro se juega a un videogame en el que la Argentina gana la guerra. ¿Es una especie de sueño fuga para escapar de la pesadilla?

—Mi punto de partida fue leer todo lo que publicaba la prensa de entonces. Tomaba las noticias con ese grado de exitismo y mentiras. El videogame estaba arreglado para que la Argentina pudiera ganar la guerra. En el 82 se contaban mentiras para que la gente lo creyera y pidiera más. No había límite entre lo que se mentía y lo que se creía, el juego perverso era mutuo. Finalmente un virus desestructura el juego y se vuelve a perder la guerra.

—¿Cómo se percibe este aniversario en el Reino Unido?

—En la Argentina es mucho más importante y trascendente, aquí no tanto. En el Imperial War Museum hay una sección dedicada a las guerras posteriores a la Segunda Guerra y la de Malvinas es una de entre las 30 y 40 vitrinas que resumen otros conflictos armados. Para ellos es una guerra más. Si recuerdan algo, será en junio, cuando ganaron la guerra.


Las fotos de nuestros soldados en manos de los ingleses

Forman parte de un "botín de guerra" de Malvinas que se expone en Londres. Las imágenes revelan distintos momentos del conflicto y un libro cuenta la verdadera historia que hay detrás de cada una ellas

Se trata de retratos tomados por soldados argentinos durante la guerra de las Malvinas; pero forman parte de los documentos expuestos en el Imperial War Museum de Inglaterra. Las mismas fueran capturadas por las tropas inglesas hacia el final de la contienda armada entre ambas naciones.
En una de las imágenes se lee la siguente leyenda: "Esta fotografía fue tomada clandestinamente desde un vehículo en movimiento por un isleño en la ruta al aeropuerto para ser deportado al Reino Unido". También se observan marcas y anotaciones realizadas por la inteligencia británica.
Otra expone a un soldado argentino mostrando su fusil en una zona rural de las islas Malvinas. Pero, sin embargo, la que más conmueve es una toma donde un conscripto argentino bebe mate, cubriéndose con ropas ajadas en el crudo frío malvinense. El epígrafe que acompaña la foto -escrito por los ingleses- reza: "Un soldado argentino miserable y muerto de frío bebe de un coco mientras se protege en las dunas de Bahía York".
Entretanto, otra imagen sorprende a soldados argentinos que marchan para embarcarse rumbo al continente, luego de la rendición. Y otro documento manifiesta el ataque realizado por un avión argentino a un buque británico.
Varias de estas fotografías se reproducen en el libro Cruces: idas y vueltas de Malvinas, de María Laura Guembe y Federico G. Lorenz. Y forman parte del citadao "botín de guerra" y del acervo del citado Imperial War Museum de Londres, que exhibe material de los enfrentamientos bélicos británicos desde la Primera Guerra Mundial hasta la actualidad.
Se calcula que medio millar de fotos tomadas por los argentinos lograron llegar al continente, pero muchas otras se perdieron, mientras que otras tantas quedaron tiradas en el campo de batalla y aún se encuentran en manos de los isleños.

Por Héctor Pavón

Fuente: Clarin.com

Dos poemas de Jorge Omar Gil

Malvinas 1982

noche Longdon

¿y si el cielo se mueve?
¿si el abajo se sube y sube?
¿si jalamos todo hacia aquí?
boinas    noche    fuego ojos de murciélago
rocas   vientos   pan
la tibieza de
             seiscientos cuarenta y nueve pechos?

el ensordecer de la lucha
despertó brillo en la enorme cripta
el hielo elevó un muro de aullidos
y toda    toda luz    se fue
       en el monte
             con lo caídos

Jorge Omar Gil (leer sus textos)

Y ahí estaba caído él

y ahí estaba caído él
   caída toda su memoria
al lado apenas del mar

caído el mundo que sus ojos amparaban
su perla de serenidad 
         derramada sobre el hielo distante
                            de una tierra inmediata
caído            raquítico           sorprendido

al lado apenas de mí

al lado apenas de su último silencio

al lado apenas del mar

Jorge Omar Gil (leer sus textos)

A 25 años de Malvinas. La herida aún no cierra

Malvinas, la herida que no cierraMuy probablemente los fantasmas del pasado sigan golpeando mi mente hasta el día que me muera. Esos terribles recuerdos que afloran cuando uno menos lo quiere o lo necesita, generalmente en los momentos en que la mente debería descansar… pero lo único que hace es retrotraer una y otra vez el ruido de las bombas y las metrallas, los aviones atacando o las fragatas haciendo fuego sobre tu posición. Luego, el regreso… escondidos, de madrugada, entre sombras, amenazados de guardar silencio sobre lo sucedido, porque era palabra prohibida hablar de la guerra y de sus combatientes… casi como en todos estos años, estos penosos veinticinco años que nos tocó vivir a quienes volvimos del horror de la guerra. Todos y cada uno de estos veinticinco años, los ex soldados combatientes en Malvinas venimos sufriendo el sistemático abandono del Estado Nacional, sea quien fuere el gobernante de turno. Y ahí debemos hacer un alto para decir que en los últimos dos años se nos incrementó, sí, la pensión de guerra, pero nunca se nos brindó una solución de fondo en lo que respecta a los tres puntos que venimos históricamente reclamando. Estos tres puntos críticos no tienen nada de raro y son:

Pensión Digna
Proyecto de Salud que contemple un sistema eficiente para atender las secuelas que sufrimos los combatientes y nuestras familias.
Resarcimiento Moral y Económico producto de la violación sistemática de nuestros derechos humanos que sufrimos en estos veinticinco años.
Entonces la pregunta es: ¿Por qué? ¿Por qué cuando no existía un solo beneficio éramos 13.500 combatientes y hoy somos más de 25.000 y nadie dice nada? ¿Por qué habiendo un organismo como la Cruz Roja Internacional que tiene registrado a todos y cada uno de quienes pisamos ese bendito suelo malvinense siguen existiendo estos personajes que se cuelgan de los pocos beneficios que generamos los ex soldados combatientes? Porque eso debe quedar bien en claro… Los pocos beneficios que podemos tener los ex combatientes los generamos nosotros mismos. Nadie se levanta preocupado por la situación de los Veteranos de Guerra en nuestra querida Argentina. ¿Por qué se anunció con bombos y platillos un Censo Nacional de Veteranos de Guerra hace dos años?, porque según el Ministerio del Interior “Te queremos conocer”… y hasta hoy… NADA.

¿NO SE DAN CUENTA QUE ESTAMOS ORGULLOSOS DE SER COMBATIENTES? NO VEN A LAS CLARAS QUE NO QUEREMOS ESTAR MÁS ESCONDIDOS? QUIZÁ ES MUY DIFÍCIL DARSE CUENTA QUE NOS LASTIMA Y MUCHO QUE EL 2 DE ABRIL NOS PALMEEN LA ESPALDA, PERO AL OTRO DÍA NO RECUERDEN NI QUIENES SOMOS…

En todos los lugares del mundo se honra a sus combatientes. En nuestro país, cuando fallece un Veterano de Guerra, no podemos lograr siquiera una guardia de honor del arma a la que perteneció.

¿Merecemos los Ex Combatientes ser tratados de esa manera? Nada de lo que se escribe aquí es nuevo. Todos y cada uno de los años que nos separa de la guerra venimos haciendo el mismo reclamo sin ser escuchados. Por eso el descontento generalizado en nuestra comunidad de Veteranos. Por eso estamos enojados, porque sentimos que nos están tomando el pelo…

¿Usted qué opina…? Nos están tomando el pelo o sólo es una sensación nuestra?

Manuel Vieytes
DNI 14617428
Soldado combatiente
Posadas. Misiones


Beatriz SarloNo olvidar la guerra
Sobre cine, literatura e historia

Por Beatriz Sarlo
(leer biografía)

Releí los Pichiciegos de Fogwill. Trataré de poner este recorrido en una perspectiva que muestre que la relectura no fue azarosa. Escribe Fogwill:
El polvo químico. En esas putas islas no queda un solo tarro de polvo químico. ¿Por qué lo derrocharon? Lo derrocharon, lo olvidaron: ¡No queda un puto tarro de polvo químico!
Ni los ingleses ni los malvineros, ni los marinos ni los de aeronáutica: ni los del comando, ni los de policía militar tienen un miserable frasquito de polvo químico, tan necesario. No hay polvo químico, nadie tiene.
Con polvo químico y piso de tierra, caga uno, cagan dos, cagan tres, cuatro o cinco y la mierda se seca, no suelta olor, se apelotona y se comprime y al día siguiente se la puede sacar con las manos, sin asco, como si fuera piedra, o cagada de pájaros."2
El problema es el mismo, la pregunta que hace visible el problema es la misma: la guerra de Malvinas pertenece a un orden de materialidad que es previo y fundante de toda posibilidad de relato sobre la guerra. Cuando las cosas dicen su verdad, materializan el recuerdo. Cuando la necesidad de polvo químico es tan grande, cuando la carencia de polvo químico hace que la gente convierta su refugio en cuevas apestosas o se congele en el viento de la noche, la guerra comienza a ser algo visible para el relato. La guerra, como el holocausto, se denuncia en los objetos manipulados por una tecnología sofisticada o transformados por las artesanías de supervivencia. Para hablar de la guerra no hay términos generales: o se sabe o no se sabe lo que la guerra hace con los cuerpos (o se sabe o no se sabe lo que es un horno de cremación y cuánto tarda en terminar con una remesa de hombres y mujeres). En la novela de Fogwill, la guerra de Malvinas es traducida a los saberes necesarias para la supervivencia: las astucias para negociar en un mercado casi inverosímil donde se intercambian acciones de espionaje o intervenciones bélicas por pilas para linternas, cigarrillos y raciones.
Los pichis son una colonia de sobrevivientes de las que se han ausentado todos los valores, excepto aquellos que pueden traducirse en acciones que permitan conservar la vida. Si el nudo de la guerra es liquidar al enemigo, el nudo de la colonia pichi es evitar, a cualquier precio, que ello suceda con los miembros de la colonia. Los pichis parecen, a primera vista, una tribu. Sin embargo, a diferencia de las tribus, su lazo es efímero: durara hasta la muerte de cada uno de ellos y no perdurara más allá de la muerte excepto en la voz del pichi que recuerda (para el escritor que transcribe esa voz imaginaria). Los ha unido, temporariamente, no una identidad sino una necesidad: no comparten una memoria más vieja que la del comienzo de la invasión a Malvinas. Comparten, a lo sumo, algunos chistes, anécdotas que se van intercambiando en la oscuridad del encierro subterráneo que ellos mismos han construido cavando el suelo de la isla: vienen de todas las provincias y en cada uno de ellos está ausente el lazo que constituye una identidad nacional. Paradójicamente, es la guerra que ha destruido, para ellos, toda idea de nación: llegados a Malvinas como soldados de un ejercito nacional, las operaciones de ese ejercito han deteriorado todos los lazos de nacionalidad. De la nación, lo único que los pichis conservan es la lengua. Así, la tribu pichi ha definido un nuevo territorio, la colonia subterránea donde se refugian para sobrevivir, y donde los valores se organizan en función de esa misión social única: la de conservar la vida.
Fogwill muestra así la paradoja de la guerra. La aventura en Malvinas fue para la dictadura militar una ocasión para intentar la construcción de una unidad nacional indispensable a la supervivencia política de su régimen. Si en el teatro de la Argentina continental, durante los meses que duró la guerra, ese objetivo fue parcialmente alcanzado en la medida en que millones encontraron, en un patriotismo recién descubierto el 2 de abril, un punto de identidad que la dictadura, entre otras cosas, precisamente había corroído; en el teatro material de la guerra, las islas Malvinas, la novela de Fogwill muestra que esa identidad nacional es lo primero que se disuelve cuando sus hipotéticos portadores han sido jugados como peones en una escena donde la debilidad de los principios unificadores se potencia con la proximidad de la muerte. Entender a los pichis es entender precisamente lo que una guerra (no cualquier guerra, sino ésa, la desencadenada por la aventura de Galtieri) hace con los hombres.
Con alguna razón, Fogwill ha dicho que su novela no es pacifista. En efecto, el pacifismo plantea los problemas de la legitimidad de la guerra y concluye que la guerra no es un recurso ultimo sino un extremo indeseable. Esa cuestión no es la de Los pichiciegos: la novela no quiere demostrar nada y sus personajes no están en condiciones ideológicas ni discursivas para reflexionar. Los pichis carecen absolutamente de futuro, caminan hacia la muerte y, en consecuencia, sólo pueden razonar en términos de estrategias de supervivencia.
Su tiempo es puro presente: y sin temporalidad no hay configuración del pasado, comprensión del presente ni proyecto. Como muertos futuros, los pichis sólo pueden pensar en un aplazamiento, hora a hora, de ese desenlace, sin dejarse capturar por el desenlace y, a la vez, sin la ilusión de que exista algún tiempo para ellos. En esas condiciones de miseria simbólica, la novela presenta las condiciones de la miseria material y las astucias de las transacciones en un mercado que también es puro presente.
La novela imagina, así, cómo es materialmente una guerra: la ficción, puesta en situación concreta a partir del registro de las acciones y del inventario de las cosas, piensa cómo es el frío, el dolor de una herida, el olor del cuerpo vivo o descomponiéndose, en situación de guerra. Y como se trata de una guerra del siglo XX, la ficción piensa con los números, las cantidades, los pesos, las medidas, las distancias, la materia. Sin héroes y sin traidores (porque la suspensión de los valores en el teatro de esa guerra hace casi imposible su emergencia), la novela evalúa en términos de un mercado de sobrevivientes y, se sabe, un mercado es abstracto en sus reglas de funcionamiento general de intercambios y concreto en la apreciación particular de las mercancías que se intercambian en cada acto.
Así, la literatura piensa cosas, relaciones entre cosas, medidas de distancia y de tiempo que permiten u obstaculizan el logro de cosas, procesos de conversión (como la muerte misma) de los cuerpos en cosas. En la tribu de los pichis, los que piensan son los jefes (los Reyes de la tribu) y lo hacen en la lengua de las cosas o en la lengua de los procesos que afectan a las cosas y afectan a los hombres solo si los hombres fueran cosas:
"Se asomó al almacén. La poca luz de la estufa no permitía ver. Buscó la linterna. Pipo, desvestido, abrazaba una bolsa de papas, donde guardaban papas y cebollas argentinas. Volvió a gritarle:
- ¡Pipo! ¡Carajo! ¡Despertate!
Pipo no respondió. El bajó por el pasadero para despertarlo. En el almacén lo sacudió y Pipo se soltó de la bolsa y cayó de cabeza al suelo, con su pecho desnudo de siempre. Tras él se derrumbó la bolsa y salieron rodando cuatro papas, dos cebollas, y -algo inexplicable-, una naranja fresca y recién pelada. Pipo también estaba muerto. Desde abajo llamó:
-¡Turco! ¡Viterbo!- ¿Donde estarían?
Volvió al tobogán, pasó a la chimenea de los británicos.
La radio funcionaba captando a un mismo tiempo transmisiones militares inglesas y argentinas (...) Los dos británicos estaban tirados en el piso de atrás de ellos Manuel seguía envuelto en su bolsita de dormir color rosa. Pateó a un inglés que tenía la pierna flexionada, la pierna se estiró y la bota del paracaidista fue a dar contra la espalda de su compañero. Los dos muertos.
Corrió a la chimenea principal. Todos los pichis parecían dormidos. Los recorrió con la linterna. ¿Estaban todos muertos? Sí: todos muertos. Los contó, tal vez alguno estaba afuera y se había salvado. Volvió a contarlos, veintitrés, más él, veinticuatro: todos los pichis de esa época estaban ahí abajo y él debía ser el único vivo. Sintió mareo y reconoció el olor del aire, olor a pichi, olor a vaho del socavón y olor fuerte a ceniza. Era la estufa , el tiro de la estufa con su gas, que los había matado a todos y si no se apuraba lo mataría también a él.
(...) Quiso salir despacio, para no respirar más aquel aire que había matado a todos. Después, afuera, lo entendió: los cables de las antenas de los británicos habían ayudado a la nieve a tapar el tiraje de la estufa: la ceniza se había acumulado abajo por desidia de Pipo -también en eso se les veía venir el fin-, había hecho gas, el gas que no pudo subir los había envenenado a todos." 3
No se puede pensar la escena más allá de la lógica material que la produce. Hay que investigar esa lógica, entender sus razones (chimeneas tapadas por la nieve, estufas que emiten gas, antenas que interfieren la ventilación, desidia del final de una etapa): el pichi sobreviviente sabe reconocer texturas, densidades de los cuerpos, olores y con esos signos saca sus conclusiones. La única sorpresa, el único dispendio estético: esa fresca naranja recién pelada, que puede imaginarse blanda y jugosa como dato incongruente pero real (verosímil según la verosimilitud definida por Barthes) en el medio de la escena fúnebre.
A la salida del escondite "lloró un poco". La brevedad de la frase, atenuada además por la que la introduce ("si lo recuerda bien, lloró un poco"), es toda la subjetividad que la guerra permite. Cualquier otra expansión sería sentimentalismo. La comunidad de los pichis fue una comunidad práctica, donde lo simbólico tendía a desplazarse sólo a los momentos distendidos de risas y de pequeñas historias banales; y la muerte de una comunidad práctica es, naturalmente, definitiva. La reflexión sobre las condiciones no materiales de esa muerte, caen entonces fuera del espacio ficcional de la novela, fuera del alcance de sus personajes que ven lo que les pasa y no el origen de lo que les pasa: sufren los efectos de una disposición de ideas y de actos que no conocen. Son hábiles para operar con la inmediatez de los efectos, y desinteresados en relación con las configuraciones que no pueden ser captadas por la visión y la experiencia.
La novela de Fogwill produce esta verdad de la guerra en Malvinas.

2 Los pichiciegos, Buenos Aires, Sudamericana, 1994, pág. 91, segunda edición. La escritura de la novela está fechada entre el 11 y el 17 de junio de 1992.
3 Los pichiciegos, pág. 160-161

 

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