17 de septiembre de 1965
Muere Alejandro Casona
Abuelo: Ahora ya sé dónde te he visto. (La toma de los brazos con fuerza.) ¡Despierta, mal sueño! ¡Despierta!
Peregrina: (Abre lentamente los ojos.) - Ya voy. ¿Quién me llama?
Abuelo: Mírame a los ojos y atrévete a decir que no me conoces. ¿Recuerdas el día que explotó el grisú en la mina? También yo estaba allí, con el derrumbe sobre el pecho y el humo agrio en la garganta. Creíste que había llegado mi hora y te acercaste demasiado. ¡Cuando, al fin, entró el aire limpio, ya había visto tu cara pálida y había sentido tus manos de hielo!
Peregrina (Serenamente.): Lo esperaba. Los que me han visto una vez no me olvidan nunca...
Abuelo: ¿A qué aguardas ahora? ¿Quieres que grite tu nombre por el pueblo para que te persigan los mastines y las piedras?
Peregrina: No lo harás. Sería inútil.
Abuelo: Creíste que podías engañarme, ¿eh? Soy ya muy viejo, y he pensado mucho en ti.
Peregrina: No seas orgulloso, abuelo. El perro no piensa y me conoció antes que tú. (Se oye una campanada en el reloj. La Peregrina lo mira sobresaltada.) ¿Qué hora da ese reloj?
Abuelo: Las nueve y media.
Peregrina (Desesperada.): ¿ Por qué no me despertaron a tiempo? ¿Quién me ligó con dulces hilos que no había sentido nunca? (Vencida.) Lo estaba temiendo y no pude evitarlo. Ahora ya es tarde.
Abuelo: Bendito el sueño que te ató los ojos y las manos.
Peregrina: Tus nietos tuvieron la culpa. Me contagiaron su vida un momento, y hasta me hicieron soñar que tenía un corazón caliente. Sólo un niño podía realizar tal milagro.
Abuelo: Mal pensabas pagar el amor con que te recibieron. ¡Y pensar que han estado jugando contigo!
Peregrina: ¡Bah! Los niños juegan tantas veces con la muerte sin saberlo.
Abuelo: ¿A quién venías a buscar? (Poniéndose ante la escalera.) Si es a ellos tendrás que pasar por encima de mí.
Peregrina: ¡Quién piensa en tus nietos, tan débiles aún! ¡Era un torrente de vida lo que me esperaba esta noche!
La dama del alba (fragmento), Alejandro Casona
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