Guy de Maupassant, francés nacido no se sabe dónde y muerto en París en 1893, autor de relatos de terror comparables con los de Edgard Alan Poe, narra en “El Hombre de Marte” que cierto día, mientras trabajaba, le anunciaron que un hombrecillo lo buscaba. “Hágalo entrar”, ordenó a su criado. El cuento, sublime, describe al visitante como “un enclenque maestro con gafas, cuyo cuerpo endeble no se adhería a ninguna parte de sus ropas demasiado flojas”.
El extraño sujeto explicó que se sentía incómodo por haber interrumpido y después de tomar asiento, dijo: “¡Dios mío… estoy demasiado turbado por las gestiones que emprendo. Pero era absolutamente necesario que yo manifestara mis inquietudes a alguien, y no había nadie más que usted. En fin, me he armado de valor, pero verdaderamente, ya no me atrevo.”
Sin pausa, indicó que le aterraba que “en este mundo nadie piense”. Contó que vivía en un paraje francés —Etretat— desde hacía cinco años; que nadie sabía nada de él y que nadie lo conocía. Preguntó: “Usted cree que los otros planetas estén habitados?”. Duda resuelta por Maupassant con un rotundo “Sí. Ciertamente los creo”.
PRIMERENCUENTROCERCANO
Al profesor José Alvarez López le ocurrió algo parecido. Trabajaba en su laboratorio cuando llamaron a la puerta. Se escuchó una explosión y el chalet de Ycho Cruz quedó a obscuras. Buscaba su tester y un destornillador en el mismo momento en que alguien llamaba a la puerta, y al ser atendido preguntó si no era molesta su presencia. “No puede ser más inoportuna”, dijo secamente Alvarez López, sorprendido por la inmediata e inesperada del cortocircuito de manera casi mágica.
Igual en nada al marciano de Maupassant, Delfín López, sabio mendocino, y el cordobés Alvarez López fueron desde ese entonces amigos, emparentados por el saber oculto y la incontenible necesidad de investigar. Aquél trajo consigo —tomando de la Biblia, según afirmó una clave numérica que un teólogo marista habría calificado como “conexión cósmica”. De pie, los López se hartaron de escribir fórmulas en un pizarrón, leyendo y releyendo frases sagradas.
Descreído, el dueño de casa simulaba. Poco a poco fue metiéndose en el tema, tanto que los estudios que sobrevinieron le demandaron cinco años. Concluyó que los escritores bíblicos conocían el cero dos mil años antes de que los árabes lo propagaran por el mundo, y que aplicándolo en sus ejercicios, llegaron a conocer todas las Constantes Atómica. Al dar testimonio de aquel encuentro y sus conclusiones, Alvarez López escribió:
“No es necesario ser matemático para verificar todo esto. Basta con saber contar para verificar que los números bíblicos esconden un mensaje para la posteridad contenido en la milenaria tradición “cabalística” sobre la existencia de operaciones secretas”. Afirmó además que las claves “develadas, evidencian la sabiduría encerrada en el juego de los números”.
Con José Alvarez López, nacido el 31 de julio de 1914, hijo de españoles que llegaron desde la Sierra Nevada de Granada, pasó lo que habitualmente pasa: lo conoce y reconoce el universo entero, menos su barrio. Es que quien fuera un esmirriado investigador, autor de libros que hacen a la agenda de físicos y matemáticos, observadores del espacio e imaginadores de civilizaciones ajenas al ser humano, fue considerado en todos los rincones del planeta, pero ignorado avenida de Circunvalación adentro.
Para una porción mayúscula de sus coterráneos de Córdoba fue simplemente el hijo estudioso de los gallegos que fundaran “Cafés, Tés y Especias Alvarez”, una marca de la ciudad.
ELFIRMAMENTODELPROFESOR
Silencioso y casi flotando, arrastrando su llamativa paciencia, el ornitólogo docto saboreaba del café bien cargado ubicado en el ingreso al Mercado Norte, por calle Rivadavia. En su momento de mayor notoriedad, el profesor Alvarez López cerraba la programación nocturna de un canal televisivo, no con sermones sino con misterios no develados, explicando sus búsquedas y las respuestas ausentes.
Su obra resultó tan prolífica que comparte con Leopoldo Lugones el privilegio de ser los autores cordobeses que más obra escrita legaron. Admiraba al poeta de Río Seco, tanto que en su declamar diario soltaba aquellos versos como: “Al terminar la tarde de aquel día; Cuando vine mi emocionado adiós a darte; Fue la honda tristeza de dejarte; Lo que me hizo comprender que te quería”. Estas estrofas cobran sentido ligadas al idílico romance que el científico vivió con Alejandra Correas Vázquez, su esposa, una artista plástica a la que doblaba en edad, responsable de quebrar una soltería de cinco décadas y de quien se separó sólo cuando se le fue la vida.
Antes de morir, sobre la mesa de trabajo que diariamente ocupaba en su hogar serrano, quedó un papel escrito con una frase de Oscar Wilde: “En el amor el último adiós es el que no se dice”.
Su última aparición pública fue a los 93 años, en el caluroso verano de 2007, en el Hotel Sheraton, cuando a fines de febrero ofreció dos conferencias a un grupo de físicos chilenos que viajaron hasta Córdoba para escucharlo con una profunda atención: aquélla que sus vecinos tal vez no supieron prodigarle al investigador de pirámides.
Una tarde soleada, en mi cabaña junto al mar, la brisa marina se colaba por la ventana. El aire, fresco, cargado de rocío y con su característico olor a sal, no me tranquilizaba.
Varias veces intente mirar a mi derecha, pero no podía… En un rincón de la estancia se encontraba la jaula de mis aves. Había gastado mucho en su construcción. Lo que fuera para que mi ave canora se sintiese a gusto!
Todo el armazón construido en oro, con detalles en pequeños diamantes que le daban fulgurantes brillos cuando un rayo de luz acertaba a dar en ellos.
Mi Rocío (tal el nombre que puse al ave), desde un primer momento se sintió a gusto en ella, tanto que no paraba de alegrarme las mañanas con su mejor trino.
Era tal el amor que le profesaba que, un día hace muchos veranos, abrí la puertita de su jaula de oro para darle su merecida libertad…
Pero Rocío nació en cautiverio y no conocía la libertad, no se daba real cuenta del regalo que yo le hacía.
Cuando se animo a salir de su encierro, habían pasado cuatro días… Primero daba saltitos en los muebles, porque su vuelo era corto ya que nunca lo había hecho. Luego, siempre a los saltitos, se desplazaba por la alfombra, como reconociendo el lugar.
Después te animaste a posarte en el dintel de la ventana. De ahí comenzaste a dar vuelos cortos hacia la orilla del mar y volvias asustado a tu jaula. No me podría olvidar nunca de los orgullosos y poderosos trinos que dabas cuando volvías de estas cortas incursiones aéreas.
Un día, luego que ya salías a recorrer mayores distancias, te aparecistes con una bella compañía. La pichoncita dudó en meterse a tu jaula, pero con constancia lograste que la hiciera suya también… Mi media naranja se encariñó con ella y la adoptó como si fuera su hijita. Le construyó ella misma un nidito interno en la jaula para cuando llegara la época de apareamiento y empezaran a llegar las crías. Yo me sentía pleno de dicha.
Nuestros hijos, los tuyos y los míos, crecieron y se marcharon del nido. Nosotros, siempre mirando por la ventana al grandioso mar, como venia y se alejaba de la playa, su continuo murmullo, a veces su furia desatada y también esas calmas tan sobrecogedoras, en las cuales solo se movían las alas de las gaviotas y lanzaban sus chillidos cortando la quietud reinante con gran resonancia…
La vejez se nos vino encima, mi amada esposa dejó su último suspiro suspendido en el salitroso rocío de una frasca mañana de otoño. Gran pena y tristeza se ciño en la cabaña. Como presintiendo el ánimo imperante en la casa, el mar dejó de bramar su bronca habitual en esta época. El día se presentó tibio, con un sol tímido que brillaba sin encandilar… Un desfile de personas conocidas se apersonó a dar su último adiós a mi amada. Mi tristeza me impedía decir mas de dos palabras sin cortarse por el llanto. Cuando mis hijos llegaron ya hacía dos días que la habíamos enterrado, puesto que estaban viviendo en países lejanos.
Pensé que todo había terminado, pero aún no… El mayor de mis vástagos descubrió que la pareja de mi Rocío también dejó este mundo. Y según me comentaba, fue mas o menos la misma fecha que lo hizo la mamá adoptiva, por el estado en que se encontraba. Que torpe fui, mi tristeza me encegueció y no me di cuenta que mi ave también sufría por su amada y no solo por la muerte de mi esposa!
Como dos juncos, nos dejamos doblar por la fuerza de los vendavales del tiempo. Yo, encorvado y lento, y tu, sin animo para bajarte de tu costosa jaula.
Un día de estío, estaba yo mirando como de costumbre, por los ventanales al mar. Recuerdo que lanzaste un lastimoso trinar y te miré asustado, pensando que algo te sucedía. Pero solo vi que estabas en tu posición de descanso, dormido… Seguramente un mal sueño.
Hoy, en este día soleado, mis huesos estaban doloridos por la mañana. Es muy raro, ya no me duele nada, siento una paz no solo de la carne, también espiritual, como hace años no sentía. Sentado frente a mi añejo y descascarado ventanal sigo mirando al viejo y querido mar.
De repente sentí que algo se desplomó, sonó blando y metálico a la vez… Imaginé lo peor, por eso no me animo a mirar hacia mi derecha, lugar en que estás tú, no quiero siquiera pensar que me habías dejado. Llegué a sentir pánico! Pero, extrañamente, empece a sentir un soplo que provenía desde el ventanal, algo que empezó a cubrirme con suma delicadeza y calidez. En ese preciso momento siento un aleteo suave, quise mirar, quise moverme, pero algo me mantenía quieto, tranquilizándome y dándome mucha paz. Ya no sentía nada mas que un manto encima mío y una cálida paz que me envolvía. El aleteo se acercaba, se hizo mas fuerte, sentía la brisa que provocaba casi sobre mi rostro. En eso te veo, joven, lozano y fuerte, enfrente mio, trinando como en los mejores tiempos. Pensé que era uno de tus retoños, pero no. Recordé que los sobrevivimos a todos ellos, los tuyos y los míos. Mis hijos no sobrevivieron al accidente de avión cuando regresaban al país que eligieron para residir, luego del funeral de su madre. Los tuyos después del terrible temporal que azotó estas costas en el invierno pasado…
Dejé de pensar como un viejo llorón y alce mis manos para que te poses en ellas. JÓVENES! Se veían muy jóvenes y suaves mis manos, como tu!
Te acurrucaste en mis manos y comenzaste a trinar con gran alegría, yo me paro y comienzo a danzar de emoción… Me doy cuenta que no tengo dolores, ni frío ni calor… Comienzo a asustarme, pero algo nuevamente me envuelve y sobreviene la paz, continúo mirándote y disfrutando el contacto contigo. Me acerco al ventanal para mostrarle al sol, al mar, al viento, a quien pasara que estábamos de nuevo felices!
Me quedé atónito, allí estaban ellos, con una gran sonrisa, rodeados de un aura magnífica, invitándonos a salir y acompañarlos… No estaba asustado, mas bien me parecía lógico. empezaste a trinar con alegría, esa que solo se siente en los grandes reencuentros.
Saltamos prácticamente por el ventanal y corrimos, saltamos, bailamos, al encuentro de nuestros seres queridos, esos que se habían ido antes de tiempo, aquellos por los que lloramos muchas noches, muchos días. Allí estaban: Mi amada esposa, que en sus manos tenia a la pareja de mi Rocío. Nuestros queridos retoños, con sus esposas. Nuestros nietos, tan chiquitos… TODOS SANOS, SONRIENTES Y FELICES! Esperándonos con los brazos abiertos…
Que maravilloso sueño estaba viviendo. Al despertar volvería a la triste realidad.
Algo me llamó a mirar hacia atrás. Allí me vi, reposando con la cabeza inclinada aun costado, en mi viejo sillón hamaca. Detrás de el gran ventanal con vista al mar… Me acerco al mismo y allí te veo, acurrucado en mis manos laxas, como queriendo agarrar calor, tu cabecita apuntando hacia mi rostro.
No sé quién dejó este mundo primero, no sé por qué. Si me fui primero por mi vejez o si después porque te vi irte…
Nada, ya no importa nada. Estamos juntos de nuevo, felices y jóvenes para siempre. Aquí no hay jaulas de oro, ni ventanales con vista al mar… Ni falta que hacen. Estamos unidos para toda la eternidad, sin dolor, calor, frío, añoranzas ni tristezas.
Dejamos atrás esa cabaña junto al mar y todos nos dirigimos hacia donde nos llevaba el manto cálido.
Esperaba que hubiera un túnel, ascensión al cielo entre nubes de algodón, un ángel con sus magníficas alas guiándonos… No, no hay Paraísos preconcebidos… El verdadero Paraíso lo construye uno mismo.
Éste es nuestro Paraíso, juntos, disfrutando la libertad y en familia.
No hay jaulas de oro… No hay cabañas con ventanales que miran al mar…
Cuando niños, todos los días íbamos con Roberto a El Cruce peatonal en las vías del tren. Nuestros padres sonreían cuando les pedíamos un centavo, ellos sabían que no era para comprar golosinas y nos pedían que tuviéramos cuidado… Es que simplemente cada uno elegía un riel y depositaba su moneda en el, cuando pasaba el tren las dejaba bien finitas y luego de admirar el resultado salíamos corriendo a mostrarlos diciendo que ahora, al ser mas grandes, valían mas… Luego nos dirigíamos al potrero, devenido en cancha de fútbol, y nos poníamos a patear trapos, entre nosotros o con los que estuvieran jugando allí.
Esos eran los días de nuestra infancia fuera del horario escolar. Por lo demás, la vida de los adultos de este pueblo perdido en el interior de este gran país era monótona. Los que ya tenían edad para agarrar una herramienta con destreza dejaban la escuela para ayudar en los quehaceres del campo, propio o ajeno… Sobrevivencia en su máxima potencia.
La vida no era fácil en esos días en este lugar, no señor… Hoy, sería un pueblo fantasma si no fuera por mi intervención. En otros pueblos, los jóvenes cuando terminan la escuela primaria emigran a la ciudad más cercana o a una orbe más grande y ya no vuelven… Sólo están quedando los viejos y los testarudos que quieren recuperar los días dorados de sus abuelos. Ya son menos los jóvenes que quieran hacer eso, no tienen ayuda del gobierno y los campos son muy costosos de mantener. La tierra está cada vez mas rebelde y no se deja acariciar con los cuidados sencillos que le pueden brindar, lo cual lleva a la ruina de esa familia y tener que venderlos por pocas monedas para irse a nuevos rumbos a tratar de sobrevivir trabajando para otros. Cosa que sucede cada vez con mas frecuencia en muchos lados…
Pero, volviendo a mi antigua historia, recuerdo el triste día que Roberto se fue de este mundo. Hace como 70 años de ello. Hoy, a mis 85 lo recuerdo como si fuera ayer… Teníamos los 15 años, recién cumplidos yo y el los había cumplido un mes atrás, éramos casi como hermanos, los dos hijos únicos, así que nos complementábamos de maravillas en todo lo que hacíamos. A pesar de haber conseguido novia, el no se olvidaba de mi y salíamos de tropelías de vez en cuando. No me molestaba que estuviera con una chica, no señor, yo tenía una que pretendía, pero mi timidez no me dejaba dar el primer paso. El me instaba a que le hablara, que la cortejara, pero tenía esa barrera psicológica de los retraídos para hablar de frente a una chica. Como sea, un día viene Roberto a casa y me dice si podíamos ir esa noche al Club, que habría una fiesta con motivo de la nueva cosecha que no tardaría en ser levantada. Justo mis padres me habían pedido si podía quedarme con ellos porque venían parientes y, como estarían muy cansados como para ir de fiesta, nos quedaríamos a cenar en casa. Roberto comprendió y dijo que no había problemas, el iría con Carmela, su novia, y que no me hiciera problemas, todo bien, pero me pinchó aclarándome que Paula estaría allí y me perdería una buena oportunidad de avanzarla amorosamente. No tenía yo costumbre maldecir, pero se me escapó una buena retahíla cuando me lo dijo. Casi que lo odié por ello, pero al llegar los parientes se me olvidó, vinieron mis primos y nos pusimos a chusmear nuestras cuitas como viejas chismosas, mientras nuestros padres estaban chochos hablando y poniéndose al día de sus cosas.
Eran ya pasadas la una de la madrugada cuando sentimos las campanadas de la Iglesia, señal inequívoca que algo estaba mal, puesto que sería como hoy la sirena de los bomberos… Nos levantamos rápidamente y salimos al patio trasero, ya que el mayor batifondo provenía de ese lugar. Veíamos gente correr hacia las vías y nos dirigimos junto con ellos a ver que pasaba. Estaba el comisario y sus ayudantes cerrando el paso, no dejaban pasar a nadie. Se veían siluetas en lo alto del terraplén de las vías y el tren parado como a unos cien metros de allí. La noche era muy obscura, ya que la luna no había asomado todavía… Era fresca pero agradable la noche, pero se nos puso la piel de gallina al ver lo que estaba pasando. Nos quedamos un rato más, pero al ver que nadie sabía nada y los que sabían no largaban prenda, nos retiramos para la casa diciéndonos que ya nos enteraríamos, a su tiempo. Costumbres de pueblo, nunca un apuro por nada, todo llega, decíamos…
Seguíamos con nuestra reunión, pero ya sin la alegría del comienzo. Todos preocupados por qué habría pasado, mas nosotros, sabiendo casi ineludiblemente que alguno ha quedado bajo las ruedas de aquél monstruo de hierro. Pasadas las 3 de la madrugada golpean a la puerta, era Paula que preguntaba por mí. Me lo dijo mi madre y me aclaró que se veía perturbada su cara, con lágrimas. Voy corriendo a la puerta y me paro en seco al verla, mi madre se había quedado corta con la descripción, parecía un papel de tan pálida que estaba, tenía pequeñas convulsiones de los sollozos reprimidos y se balanceaba de un lado al otro sin cesar. Tuve miedo que se desmayara y le ofrecí que entrara a la casa. Se negó rotundamente y me pidió si por favor salía a hablar con ella y cerrara la puerta. Lo hice, no sin antes dar una corta explicación a mi familia. Una vez fuera, me toma dela mano (casi me desmayo de la emoción!), y me lleva lejos de las casas, mas precisamente al potrero donde jugamos pelota.
Una vez solos, en medio del campito, me abraza y llorando empieza a hablarme, pero no le entiendo nada. Así que la insto a que se calme y hable tranquila. Se separa un poco de mí, sin dejar de abrazarme por el cuello (en este punto estaba casi en el paroxismo de amor, casi olvidándome que podía ser tan malo que me quisiera decir…), toma oxígeno sonoramente y lo larga con un soplido fuerte, me mira a los ojos directamente y dijo las palabras mas dolorosas que pude haber escuchado en mi vida… “Roberto fue atropellado por el tren..!” Me quedé helado, no podía comprender muy bien que me pasaba por la cabeza… Estaba soñando? Debería ser eso, sin dudas… Paula me abraza, Roberto muerto… PERO QUE PESADILLA MÁS BRUTAL! Quería despertarme ya! A partir de ese momento la mente se me puso en blanco, mas tarde me contarían lo que pasó realmente.
Dicen que me puse blanco y despedía chispas, que solté amorosamente a Paula y me alejé como alelado de ella. Luego pegando gritos aterradores de dolor profundo comencé a correr en dirección a las vías. El pueblo entero salió a ver que ocurría, mi madre reconoció en ese desgarrado alarido a su retoño y temió me hubiera pasado algo horrible, salió desesperada a buscarme… Cuando me vio, estaba corriendo como un ánima fulgurante, casi sin tocar mis pies el suelo, como deslizándome en el aire. Dicen que encontré en mi camino a el comisario y sus ayudantes, que quisieron cortarme el paso, que gritaban y maldecían al ver que no podían pararme y los dejé revolcados por el piso siguiendo mi carrera hacia las vías… Dicen que dónde yacía mi amigo muerto estaban el médico, el juez de paz y los que hacían las veces de bomberos, buscando partes del cuerpo desparramadas por los rieles… Todos salieron asustados al ver llegar una tromba enfurecida por el dolor… Dicen que abracé los restos de mi amigo y que gritaba como un poseso, que pedía que reviviera, que fuéramos al Club a disfrutar de esa noche hermosa, a que me enseñe a hablarle a las chicas, a bailar, al potrero a jugar un picadito… Dicen que cuando se me quería acercar alguien para separarme de mi amigo le lanzaba piedras, maldiciéndolo, jurando que lo mataría si se acercaba demasiado… Dicen que me tuvieron que agarrar siete personas, todos fornidos y curtidos trabajadores del campo, para alejarme del cuerpo maltrecho de Roberto, que les costó llevarme dónde el médico para que me pusiera un sedante y lograr calmarme…
Al mediodía después de mi colapso, despierto en la cama de la salita de emergencias, la mas moderna de zonas aledañas, pero muy modesta… Estaba a mi lado Mamá y el médico, éste último aconsejó que al despertar no hubiera muchos en la habitación, por lo cual estaba más de medio pueblo afuera esperando noticias, el resto se dedicaba a sus tareas habituales pero también incómodos por esta situación extraordinaria y el dolor por la pérdida de un joven en la comunidad. A pesar que las ventanas de la habitación estaban abiertas, no se oía mas que la respiración ansiosa de mi madre. Cuando por fin se fueron los efluvios soporíferos que me nublaban la vista y la mente del calmante pude entender lo que decía Mamá. Me estaba tratando de calmar, que mi amigo se fué rápido, que no sufrió, etc… Ya cerré mi mente de nuevo, aunque, creo, que solita se desconectó, porque me contaron que quedé con la mirada perdida y, ante el susto de mi madre, el médico me revisó y le aconsejó que me dejara solo con el. Ante sus cuidados y más medicación, pude salir de ese estado tremendo de catatonia en el que había quedado luego de ese episodio. Tres días después logré salir de mi internación. Afuera estaban mis padres y… Paula!
A partir de entonces mi vida cambió radicalmente. Ya no era el de antes… Para resumir les cuento que si, me casé finalmente con Paula. Ella me contó que no fue por lástima, que ya antes gustaba de mí, que Roberto a su pedido, estaba tratando que yo fuera el primero en avanzarla, no era decoroso en esa época que la dama fuera la primera en demostrar esa emoción. Mis padres estaban radiantes el día dela boda, el pueblo entero colaboró para ella, se hizo en el Club una gran fiesta, y todo sin gastar un solo peso, todos pusieron su cuota de ayuda y salió una fiesta de bodas mejor que la mas elaborada de las fiestas de la cosecha! El regalo de bodas inesperado vino de parte de los padres de mi amigo fallecido, Roberto padre, nos regaló las tierras que serían por derecho herencia de su hijo, puesto que no tenían herederos ni familiares a quién dejárselas. Y como yo siempre fui considerado su hijo por la gran amistad que tenía con Roberto, era el sucesor por derecho, ya que con ellos sus almas doloridas quedarían en paz. No pude negarme por el amor que sentía por ellos. Así que no se habló más y, en las semanas siguientes y con ayuda de muchos, construimos una cabaña en un lugar alejado de la casa de los padres de Roberto. A partir de ese entonces vivimos tranquilamente trabajando las tierras heredadas.
El tiempo trajo nuevas penas… La primera en irse de este mundo fué mi madre, un ataque a su tierno y bondadoso corazón se la llevó sin dolencias… La siguió mi padre, la tristeza pudo más que su amor a la vida. Heredé sus tierras, las cuales sumé a las que ya tenía. Un par de años mas tarde fallecieron los papás de Roberto, un accidente en la cabaña con un hornillo de carbón los hizo pasar del sueño a una nueva vida en el cielo. El pueblo se convulsionó con ello y empezaron a tener mas cuidado con estos aparatejos… La vida cambió de nuevo, mas tierras, más responsabilidades y con ello, empecé a tener una pequeña fortuna, la cual distribuía en el pueblo dando trabajo a los que precisaran, si hasta a los niños que querían venir atrabajar eran bienvenidos (sólo los hacíamos acomodar las verduras en unos pocos cajones y les pagábamos igual que a sus padres), más jugaban que otra cosa. Fueron épocas de gran tranquilidad, todos tenían su rancho y una vida tranquila con la mesa siempre bien servida. Poseíamos los terrenos mas extensos de la zona, los más fértiles, por ende, había mucho trabajo para los del pueblo y zonas aledañas. Así que mano de obra no faltaba, les pagaba un poco más de lo justo y todos vivíamos cómodamente.
Al cumplir los 65 años, mi amada Paula me dejó, una enfermedad en la sangre se la llevó con prisas, a Dios gracias que sin sufrir. No tuvimos hijos propios, nunca nos preocupamos por ello. El destino es indescifrable y no hay que ahondar en sus misterios… Su última morada está al lado de mis otros seres queridos, en el cementerio familiar en una esquina de los campos. Nunca me olvido de ellos, y en mis paseos diarios a caballo me dirijo allí a depositarles una flores, rezar por sus almas y charlar extensamente sobre las novedades en el pueblo. 15 años antes de fallecer Paula, habíamos adoptado un pequeñuelo de narices sucias que fue abandonado en la estación de tren por alguna madre que no podía mantenerlo, fue un revuelo en el pueblo tal acontecimiento. Después de una búsqueda infructuosa de sus padres por todos los pueblos cercanos, se pidió si alguien podría adoptarlo, todos nos miraron a nosotros, los ricos del pueblo. No pude dejar de escuchar a Paula rogando por él. Así que nos hicimos padres adoptivos y llegó a ser un muchacho muy capaz y servicial, aprendiendo todo sobre el campo que algún día quedaría a su cargo. Es una persona muy agradecida, siempre supo que era adoptivo y nos tenía en gran estima, un amor verdadero de hijo a padres no podría ser mas natural. A todo esto, el día que falleció Paula, Roberto, tal el nombre que le pusimos en honor a mi amigo, quedó muy triste y como sin timón, por lo cual lo llevaba en mis paseos y le hacía ver cuan necesario sería el allí en esos campos cuando yo no estuviera, de que modo sería una buena persona haciendo el trabajo y la ayuda que les dábamos a los desposeídos de oportunidades, al futuro del pueblo en si. Ya pasado un tiempo, mas las cabalgatas, visitas al cementerio (en las cuales le enseñé a charlar con sus seres queridos como si estuvieran con nosotros, así se extrañan menos) y de largas horas de trabajo en los campos como capataz competente, su vida se volvió al remanso que era. Muy contento de los progresos del muchacho, me dedicaba a viajar a la ciudad para concretar las ventas de el fruto del campo. Después, cuando llegaba de nuevo al rancho, me dedicaba a hacer los balances y los sueldos de los trabajadores, se acercaba la época de los aguinaldos, y quería que todos recibieran un plus porque las cosechas fueron muy buenas, siempre lo eran, los trabajadores hacían sus labores con amor y cuidado, todo porque recibían lo que les correspondía y eran tratados con cortesía. Todo esto era gracias ala ayuda de Roberto, que sin ella no podría hacerlo porque, aunque uno es bueno con la gente, igual hay que revisar que hagan todo correctamente así después la cosecha es óptima. La vida sigue…
Ya Roberto, con sus 30 años, hace todo el trabajo, no quiere que yo haga nada, me insta a que vaya de paseo a la ciudad, que de los negocios en la urbe también se ocuparía el. Solo que disfrute la vida. El y yo sabíamos que era imposible, no niego que alguna que otra vez saliera a pasear con tranquilidad, pero cuando volvía a mi querido terruño me ponía a trabajar como siempre lo he hecho. Dejó de insistir en que me retire porque se daba cuenta que mi vida estaba allí, si me sacaba eso no estaría cómodo. De las fiestas del pueblo siempre me hacía cargo yo, tanto monetaria como logísticamente. Eran abundantes las fiestas desde que me hice cargo, el pueblo revivía en cada una de ellas porque siempre había visitas de otros lares y comenzó un negocio nuevo al cual muchos se echaron a realizarlo, miniturismo! Era bastante la cantidad de visitantes debido a las grandes fiestas que se generaba una algarabía que revivía a todos y favorecía bolsillos. Pronto se me recomendó para darme las llaves del pueblo, gran honor! Pero, el tiempo sigue pasando, hace dos días cumplí mis 85 años y me siento mas viejo que nunca, un peso en el pecho que me agobia apareció hace tres meses y, desde entonces, a pesar que recibo medicinas y buena atención médica no deja de aquejarme. Los galenos me recomiendan que vaya a la ciudad y me interne para una revisión general, ni que fuera auto! No, nadie me saca de mis tierras… Roberto se preocupa mucho por mi salud, me trata de convencer a toda costa… Me niego siempre. Pero hoy, en una nueva charla que tuve con el y los médicos me convencieron para que en el próximo tren me fuera a internar en la ciudad para hacerme estudios exaustivos, cedí de mala gana, pero en realidad estaba asustado por el último dolor que sufrí. Así que ya estaba decidido, esta noche iría a tomar el tren, hacia la ciudad, ya habían hablado al Hospital General y me reservaron una cama. No quise ir a una clínica, iba contra mis principios demostrar ser mas que otros. Preparé mis pertenencias para llevar en una valija chica y mi hijo me acompañaría. Tenía un capataz de plena confianza y sabía que podría dejarlo al cuidado de la gente con tranquilidad mientras me realizaban los estudios.
Esa tarde salí a dar mi paseo cotidiano en mi caballo, me dirigí al cementerio a visitar a mis seres queridos y luego de una larga charla con ellos fui al rancho a descansar. Pero al dejar el caballo en el establo, abrevando tranquilamente, se me ocurrió que antes de partir tenía que pasar por el Cruce Peatonal de las vías, adónde iba en la infancia con mi amigo a dejar los centavos en los rieles para que el tren los dejara chatitos. Preparé un centavo y lo dejé en el bolsillo del pantalón. Luego me fui a dormir una corta siesta. A eso de las cinco de la tarde salí a recorrer los campos, saludando a los trabajadores y hablando con algunos de ellos, los más conocidos… A las ventiuna horas cenamos con mi hijo y el capataz que quedaría a cargo mientras no estuviéramos, ultimando detalles para los días siguientes en cuanto a las tareas a realizarse. Luego que el capataz se retirara a su querencia nos quedamos charlando con Roberto haciendo tiempo hasta la hora de la llegada del tren. Faltando media hora para el arribo de la formación ferroviaria, le dije a mi hijo que tenía ganas de ir al cruce a depositar el centavo, el ya conocía la historia de mi infancia, sonriendo me dijo que disponga tranquilamente de mi tiempo, que el llevaría las maletas a la estación y me esperaría alli. El cruce estaba a unas tres cuadras de la estación, no me llevaría mucho llegar antes que el tren.
Allí estaba el Cruce Peatonal de las vías, iluminado desde hace mucho tiempo gracias a mi, bien señalizado y con su Capillita antigua en recuerdo de mi amigo… A medida que me voy acercando los recuerdos me asaltan. Las risas agitadas al llegar después de la carrera, la elección apurada de el riel para dejar la moneda, nos turnábamos siempre, pero el juego era la pelea por el mejor..? jajaja Eran los dos iguales, cosas de niños… Luego de dejar los centavos nos retirábamos a prudente distancia y mirábamos pasar el monstruo rugiente, imaginando el sonido de la moneda al ser aplastada… Eso me recuerda cuando Paula al fin pudo contarme como fue el accidente. Resulta que ella quería que yo estuviera en la fiesta, lo cual le dijo a Roberto, quería que de una vez por todas me animara a hablarle de mis intenciones de salir con ella. Roberto dijo que tenía razón, no se hablaba mas de ello y salió corriendo en mi busca, que hiba a convencer a mis padres para que me dejaran ir… Lo extraño es cómo fué que no se dio cuenta que el tren venía, o tal vez, en un último y temerario juego, quiso ganarle cruzando antes que él… Nunca lo sabremos. Jamás se me ocurrió siquiera echarle la más mínima culpa a Paula, el hecho que ella lo instara a ir a buscarme no quería decir que lo hubiera puesto a merced del ferrocarril, el destino metió su mano, reclamó lo suyo. Ya estab cerca, comencé a subir la escalinata para llegar a lo alto (antes solo era un corredero de tierra y había que ser ágil para cruzarlo, los mayores cruzaban por la estación), una vez arriba y, luego que recobré la respiración (por ello me voy esta noche al hospital, este corazón parece tener problemas…), veo un brillo en un riel, pensé que era un efecto de la luz artificial… No, era un centavo depositado en él! Instintivamente miro por los alrededores buscando un niño haciendo mi viejo juego, pero no hay nadie allí, grité llamando a ese niño, pero no, nadie había… No creo que haya salido corriendo asustado, todos los niños me querían mucho en el pueblo… Extraño… entonces me acordé a que había ido yo, a depositar mi centavo. Así es que, como no me daban otra opción, lo apoye en el riel contrario de dónde estaba el centavo anónimo. En ese momento escuche la risa, tan familiar y reconfortante. No me asusté, esa risa era cristalina, vital, tan juvenil y dichosa! Busco al responsable a mi alrededor, sabiendo que todo el tiempo me estuvo tomando el pelo escondiéndose… De pronto, de atrás de un arbusto salta un niño y empieza a correr hacia dónde estoy yo, no podía dar crédito amis ojos, era Roberto, mi amigo de la infancia! Venia corriendo, dando cabrioles esquivando arbustos y gritando mi nombre. Me decía que me había ganado al llegar el primero al Cruce y poner la moneda donde mejor le pareció. Yo, sin poder caer en lo que pasaba todavía, me puse asaltar y gritar como hace añares no lo hacía, que me había hecho trampa, que cuando pasara el tren sería el primero en agarrar los restos aplastados de mi centavo y se los daría antes a mis padres… Que cuando ya no las tuviéramos en la mano agarraría los trapos enrollados y sería el que pateara el primer penal… Cuando llegó a mi lado se abrazó a mí y me decía entre sollozos lo mucho que me había extrañado, de lo feliz que estaba de volver a verme, que le contara todo… todo… Ahí sufrí un shock, no sé cuanto tiempo estuve así, el me hablaba y decía cosas incomprensibles ante mi estupor, mi tontera… No le entendía nada! Me abraza nuevamente, me da un beso cariñoso en la mejilla, me dijo estas simples palabras: “vamos hermano, dejemos que el tren haga su trabajo con los centavos, serán los últimos, ya estamos grandes para estos juegos”… De la mano me alejó delas vías, mis piernas flacuchas pero fuertes, con pantalones cortos de tirador, todas roñosas de tanto juego, me llevaban a gran velocidad, corriendo, saltando, bailando… Comencé a reir a carcajadas, íbamos derecho hacia esa luz, se veía muy brillante, cálida, tranquilizadora. Roberto me decía maravillas de esa luz, el había pedido venir a buscarme y le fue concedido, yo no sabía que me decía, pero disfrutaba inmensamente estar con mi hermano del alma… Nos acercamos a la luz y mi paz se agigantaba, mi dicha explotaba! Quise darme vuelta, pero Roberto me lo impidió dando saltos delante mío y gritándome que era una gallina clueca si no le ganaba a llegar a la luz… Entré primero que él.
Hoy, a las 01:00 Hs, minutos antes que el tren llegara a la estación, un niño encuentra el cuerpo sin vida de Don Manuel, a sus recien cumplidos 85 años deja de existir por un posible ataque al corazón nuestro mas ilustre poblador. En circunstancias que todavía no se dieron a conocer, Don Manuel se encontraba en el Cruce Peatonal, minutos antes de la llegada del tren, con el cual tenía pensado irse para hacerse estudios en el hospital público de la ciudad. El niño que lo encontró, sin embargo, nos dió detalles de cómo lo encontró: “el estaba sentado a un lado de las vías, con los ojos abiertos y una gran sonrisa en su rostro… Yo lo llamé, para saludarlo, pero el no contestaba. Me acerqué a ver si precisaba algo, el siempre hacía lo mismo cuando me veía sentado solo… Siguió sin contestarme, y me fijo adónde estaba mirando, había un centavo en uno de los rieles y el estaba fijándose en esa moneda… No, no había nada mas que esa sola moneda… Si, después que seguía sin contestarme fui a avisar a mamá que llamó a papá y lo encontraron igual a como yo lo había visto… No se, no me dijeron nada a mi… De nada.” Tales las palabras del niño ante nuestras preguntas. La moneda fue recuperada por su hijo luego del paso del tren, obviamente en las pésimas condiciones que podría esperarse luego de pasarle la formación completa por encima. Nuestras mas sinceras condolencias a su hijo Roberto, y nuestro saludo póstumo a nuestro Gran Benefactor, el querido y siempre bien recordado Don Manuel.
Una de las ironías del destino es que los contemporáneos desconocemos las obras que la posteridad considerará como las mejores. Lo que hoy reverenciamos será olvidado mañana y lo que en el futuro maravillará de nuestra época es lo que pasa inadvertido para nosotros.
Hago estas reflexiones pensando en el descubrimiento de un joven físico español que ha encontrado lo que podríamos considerar como la más recóndita intimidad de la materia. Es algo que penetra y llega más adentro que las partículas del protón, que es decir mucho. Algo que estaría en el interior del “quark” si es que el quark realmente existe. Un hecho que logra una unificación de los distintos aspectos de la naturaleza con el que soñaron los físicos pero que ninguno vio realizado. En suma, se trataría del número recóndito de la creación, dicho esto, con un sentido físico y metafísico.
No obstante todo lo dicho, no se trata de una simple teoría sino de hechos vinculados a la práctica de la ciencia, una verdadera creación de laboratorio. Algo que no es posible discutir por tratarse de hechos concretos. Pero cuya significación lo constituyen, en mi opinión, en uno de los grandes hallazgos del siglo XX, tan pródigo, por otra parte, en increíbles hallazgos.
Como no es fácil explicar un hecho desconocido para la mayoría, comenzaré historiando la evolución del tema. Para ello debo remontarme a la más importante publicación del gran físico inglés Arthur Eddington que lleva por título “Teoría Fundamental” y en la cual el aludido físico pretende tener el esquema del universo en su conjunto en un par de simples fórmulas que él había obtenido en forma puramente teórica.
El fundamento e la cuestión era, sin embargo, un número surgido de numerosos experimentos y que constituía algo así, para Eddington, como el “Número del Universo”. En efecto el número 137 (llamado por los físicos “constante de estructura fina”) era para Eddington la clave que podría explicar el misterio de la naturaleza y disposición.
La teoría de Eddington no tuvo el éxito ni la repercusión que esperaba su autor y hoy los físicos se han olvidado de ella. La pretensión de Eddington, por otra parte, no podía realizarse porque dicho número tenía vinculación sólo con una estructura particular de la óptica electrónica, y el universo presenta muchos cientos de otros aspectos y fenómenos en los que no aparece el susodicho 137.
Pues bien, la importancia del descubrimiento del físico español doctor Francisco Cuesta Benito (Universidad Complutense de Madrid) radica en haber probado que el número 137 aparece asociado a todos los fenómenos físicos conocidos. Hasta ahora conocíamos, por así decirlo, “un” 137 obtenido del estudio por Sommerfeld de la estructura fina de las líneas espectrales (es decir referido a un único fenómeno físico); pero Cuesta Benito ha logrado obtener dicho número 137 a partir de todos los fenómenos físicos conocidos.
En este momento los físicos conocen un total de 22 “constantes universales” obtenidas del conjunto de millones de experimentos por ellos realizados durante siglos de trabajo y experimentación. Algo así como la “quintaesencia” de la labor del físico trasuntada en números con su respectiva denominación y dimensión. Por la combinación de estas 22 constantes —vale decir con el concurso de la totalidad de los fenómenos físicos conocidos— es posible obtener 18 veces diferentes el susodicho número tan apreciado por Eddington.
Es evidente que sólo ahora puede concretarse el sueño de Eddington, pero al mismo tiempo debe uno maravillarse de la intuición de este genio que había previsto tan grande porvenir para este simple y solitario número “primo” compuesto, a su vez, por tres números primos. Un número de una pequeñez y una modestia insondable y no obstante elegido, por algún designio misterioso del destino, como el número destinado a constituirse en la esencia del acontecer universal del mundo físico.
Lo primero que salta a la vista, y resulta evidente, es la tremenda homogeneidad del universo en donde los fenómenos más dispares, como el calor que irradia una lámpara, el sonido de una campana, la luz que nos llega de una estrella, una brújula que indica el norte, el oxígeno consumido por un viviente, en fin, todos los hechos conocidos de la naturaleza desde el vuelo de un mosquito a la bomba atómica, están todos vinculados a este “cordón umbilical” único que es el número137 .
Con este descubrimiento del físico español se realizan muchos sueños y anticipaciones. El afán de los físicos de todos los tiempos fue descubrir la “última de las causas” o si se prefiere, la causa más remota y originaria. Cuando hacia 1820 Prout descubrió el átomo —que hasta entonces había sido una teoría filosófica— se pensó que se había llegado al final de la escala. Por ello se lo bautizó ”a-tomos” que en griego que en griego quería decir “lo que ya no se puede cortar”.
Pero para finales del siglo XIX, Lord Kelvin encontró que se lo podía cortar en dos: un núcleo positivo y un pequeño electrón negativo que revoloteaba como un planeta en torno al núcleo. Más tarde, cuando se descubrió el neutrón se encontró que se podía también ir más allá del núcleo. Después vino la multitud de partículas nucleares que hoy conocemos (más de 400 en este momento) y se formuló la hipótesis del quark que sería algo así como el constituyente universal de todas las partículas.
Pero lo extraordinario del descubrimiento de Cuesta Benito es que nos muestra que detrás de todas estas realidades materiales, y como un inmenso telón de fondo, se encuentra un infinito número de 137.
Todo esto provoca en la mente que quiere inquirir algo más sobre el misterio del universo en que vivimos, infinitud de preguntas, y una de las tantas que pueden formularse al respecto es si esta realidad constitutiva de “números puros”, que forman la verdadera armazón de lo que llamamos mundo físico, no es la demostración de aquella tesis de los pitagóricos que sostenían que todo lo que vemos del universo son meras apariencias porque toda realidad está constituida únicamente de números...
Otro genio moderno fue sin lugar a dudas Bertrand Russell. Una de las cosas que le preocupaban era el creciente pitagorismo de la física moderna. Dijo: “Lo más sorprendente de la física moderna es su retorno al pitagorismo”. El descubrimiento de Cuesta Benito es el retorno total sin ambigüedad y sin eufemismo a aquella antigua y sorprendente escuela filosófica que daba objetividad al número y lo convertía en la materia prima del universo.
En tiempos de la Revolución Francesa, cuando se quería cambiar al mundo y al hombre, se presentaba para los renovadores el agudo problema de la anarquía de pesas y medidas existentes en regiones y países. Por ello la Asamblea Francesa proporcionó un concurso para la elección de una unidad general de medidas que permitiera acabar con el caos en que cada municipio tenía su propio sistema de pesas y medidas. Se propusieron principalmente tres metros:
1)La longitud de un minuto de arco terrestre.
2)La longitud del péndulo que batiera el segundo.
3)El cuarto de meridiano.
La Asamblea Francesa de 1792 (año en que se decapitó a Dantón) aprobó el cuarto de meridiano como el Metro, el cual se subdividiría a su vez en partes decimales. Se encomendó la división del meridiano al que proporcionó la idea, que fue el astrónomo Delambre, autor de la anterior convención de dividir en cuatro partes el meridiano y tomar una como Metro.
Delambre completó la tarea de la medición hacia 1806 (época de Napoleón, quien alentó con su apoyo este trabajo) y el Metro obtenido —y que hoy usamos en forma internacional— se lo dejó indicado por dos líneas grabadas en los extremos de una barra de platino-iridio con perfil de X. Se la colocó en una caja de vidrio en un edificio ad-hoc y allí quedó para la posteridad, y para que todos los países enviaran a sus metrólogos para hacer los chequeos.
Pero en 1843 (casi medio siglo después) Bessel con instrumentos más perfeccionados, encontró que las medidas de Delambre no eran las exactas, y mediante mejores mediciones corrigió tales medidas. Pero el Metro internacional, se ha mantenido, ya que lo milímetros agregados no hacen una diferencia en la vida cotidiana. Hacia 1910 el geodesta Hayford realizó otras nuevas mediciones que quedaron invariadas hasta 1964. Las correcciones de 1964 obedecieron al hecho de que hasta esa fecha los satélites artificiales de la Tierra ofrecían dificultades en su comando, que recién fueron superadas al descubrirse que obedecían a estos errores (milímetros, pero importantes en esta ciencia muy precisa) en la medición del meridiano terrestre.
La Unión Astronómica Internacional corrigió para esa fecha los valores de los radios polares y ecuatoriales lográndose de esta manera el correcto control de los satélites que hoy son manejados con total precisión. Como la tierra no es un cuerpo geométrico regular hubo que sindicar a cual meridiano correspondía el Metro y se eligió en el siglo XX (por motivos de la supremacía política anglosajona actual) el meridiano que pasaba por Dunkerke. Con las medidas de 1964 se llega a un Metro Real que mide:
1 M = 1,047901 m.
Mientras que en Egipto, año 1897 Petrie realizó las mejores medidas sobre la determinación del Metro Egipcio, encontrando que el mejor valor podría obtenerse del largo de la Cámara del Rey de la Gran Pirámide en donde la presencia de dos zócalos de granito perfectamente pulidos permitía mediciones con errores del orden de la centésima de milímetro. Llegó así al valor:
1 M = 1,047903 m.
El error en la séptima cifra muestra el grado de reproductividad del Metro así definido. La coincidencia total de las cifras del Metro Real moderno, obtenido con satélites, y el Metro egipcio muestra un desarrollo científico de niveles satisfactorios.
Nos resta una curiosa observación a la “Convención de Delambre” y es que la misma presenta a nuestro globo terráqueo dividido en cuatro sectores. En otras palabras, podemos representar gráficamente a la convención de Delambre mediante una circunferencia y una cruz. El problema que se plantea con ello es que, precisamente, éste es el símbolo con el cual se representaba a la Tierra en la alquimia y la astrología. Cabe pensar en una simple coincidencia, pero como no es éste el único caso de este tipo de “coincidencias” queda la duda de que Delambre supiera sobre esto más de lo manifestado por él mismo en su publicación de 1806 (en plena época napoleónica) titulada “Bases du Système Métrique Decimale”.
Una observación importante en relación a futuros desarrollos del tema, es que una “Convención de Delambre” podía establecer como Metro tanto el cuarto de meridiano, como el tercio, la mitad o aún la totalidad del mismo. La elección de Delambre del cuarto de meridiano —aparte coincidir con la representación tradicional de los alquimistas y astrólogos— presenta una profunda significación de carácter cósmico que muestra el extraordinario acierto de Delambre en este punto. La “Convención de Delambre” es pues una “Convención del Universo”.
AKHENATÓN Y EL ATONISMO .....................................
por José Alvarez López
El Trinitarismo de las religiones modernas, hindúes, etruscas, puede ser evaluado como un afloramiento tardío del “Atonismo” heliopolitano. Esta antigua ciudad monasterio de Heliópolis tenía su eje político en el norte, o Bajo Egipto. Y la estructura trinitaria que impone Akhenatón guiado por estos maestros, a todo el Nuevo Imperio Egipcio en la Dinastía XVIII (resistido por el sacerdocio de Tebas, gran capital del sur en el Alto Egipto), es lo que más resistencia suscita en los tebanos, que al final lo borran de la historia.
En cualquier caso, los esencial del Atonismo era su doctrina social que es, precisamente la doctrina con que Cristo derrumba el Imperio Romano. La idea de la igualdad de todos los hombres —hijos de un Unico Dios con un Hijo Unico como ambos, Jesús y Akhenatón, se proclamaban—es de una originalidad tan grande que no tuvieron conocimiento de ella ni siquiera los filósofos sociales de Grecia. Para Platón y Aristóteles la esclavitud era un hecho normal y aceptable, como suceso histórico nunca interrumpido hasta ellos.
El “Atonismo” fue la religión solar-matemática propiciada por el Faraón Akhenatón y su esposa Nefertiti hacia el 1350 a.C. Constituyó una abierta herejía la adoración del Círculo Solar en el Antiguo Egipto, con la inclusión de un principio trinitario. Teocracia formada por Akhenatón, Nefertiti y Maketatón, esto es Padre, Madre e Hija (este matrimonio tuvo seis niñas y ningún hijo varón).
A lo largo de todo el movimiento atonista fundador de ciudades nuevas, para una nueva idea, se crearon en cada una de ellas tres palacios (norte, centro y sur) y tres fueron las ciudades capitales. Llamadas Akhet-Atón, Gem-Atón y Khin-Atón, situadas cada una de ellas dentro de las tres partes orgánicas con derechos comunes, en que fue divido este Imperio del Sol, que durante el Atonismo substituyó al Imperio Egipcio. El cual fue dividido en tres partes, a saber Kemit, Kush y Aamu. Kemit era Egipto en lengua egipcia, Kush era la Nubia y Aamu el medio oriente, antaño colonias ahora equiparadas. Tres espacios geográficos para quienes el “Círculo Solar” alumbraba por igual. Vemos por tanto, que Uno y Trino fue su pensamiento cosmogónico.
El Atonismo se impuso erigiéndose en herejía en esa nación del Nilo (que ya era milenaria), donde las divinidades principales eran múltiplos de Dos. En el panteón principal hallábanse las gemelas Isis-Neftis, quienes simbolizaban a la estrella binaria Sirio. Sus esposos, también hermanos, eran Osiris y Seth (tierra fértil y tierra desértica). Cuando Seth mata a Osiris es reemplazado por Horus, pero siempre se mantienen los números pares en continua dualidad. También podemos ver a Amón-Ra, quien regía en Tebas, o Atum-Ra que era heliopolitano.
Es evidente que los helenos, directos herederos de la cultura egipcia, ignoraban que mil años antes la esclavitud había sido abolida en Egipto durante el faraonato de Akhenatón, con una revolución incruenta que conmovió al Nilo durante medio siglo. Pero la contrarrevolución del sacerdocio de Tebas (que insistía en conservar su panteón de dioses y sus categorías) fue tan violenta y minuciosa que hasta borró del recuerdo de la historia oficial a Akhenatón y su revolución social. Fue el reverso del emperador romano Juliano, lo que no pudo éste lograr, en Egipto fue logrado por los tebanos. Se filtró empero en la leyenda, pues el alejandrino Manetón alude a un rey Amenofis con detalles muy peculiares que no cabe duda alguna, sucedieron. Esto crea una discusión con Flavio Josefo en su libro “Contra Apión” quien sostiene que este rey Amenofis era una ficción, pues Amenofis IV (como llamábase Akhenatón al nacer) no estaba en las listas oficiales. Sólo recientemente en 1887 la arqueología resucitó al “Faraón Hereje” que volvió así a incorporarse a la historia.
Los historiadores de la época clásica desconocieron todo esto y por ello el “Evangelio” pudo ser presentado “a novo” como una “Buena Nueva” para cuya ubicación histórica sólo contamos con el antecedente de la doctrina social de Akhenatón. No debe olvidarse que María y José huyen de Judea hacia Egipto, y además se instalan en la aldea de Matarieh (según los Apócrifos). Matarieh es el nombre que en el siglo I tiene Heliópolis. Su tiempo de esplendor habíase extinguido hace siglos, pero es una señal dejada por los redactores.
Su mente solo pensaba en como llegar a ese lugar que tenia allí anotado, en ese blanco papel que llevaba entre sus temblorosas manos, de pronto sonó el celular, era el que la llamaba sorprendido cuando le dijo, estoy a una cuadra de tu oficina, salio a la puerta para corroborar si era cierto tan bella sorpresa y si allí estaba esa mujer valiente que lo amaba mas allá de los prejuicios. Cuando lo vio, sus piernas empezaron a temblar, el la alzo en sus brazos, ella se colgaba de su cuello, cerro la puerta la deposito suavemente sobre el sofá. Sus manos empezaron a desprender los botones de la camisa, sus pechos querían salirse del sutien, se agitaban como olas embravecidas. Ella desprendió su cinto, su ropa cae lentamente al piso, dejando al descubierto su intimidad. El se trepa a su cuerpo, besa su cuello, mordisquea dulcemente sus orejas, le desprende el sutien, los pechos se deslizan como cascadas entre sus manos, que los aprisionan suavemente, su lengua dibuja círculos alrededor de los pezones, ríos de sangre bullen en sus venas. El vientre se agita, acaricia su intimidad, la saliva caliente deja huellas de fuego en su cuerpo. Explora cada rinconcito de esa amazona caudalosa, navega por su costa en círculo, hasta llegar al punto justo, en ese remanso en donde su lengua danza frenéticamente. Lo recibe en su interior, sus costas se ensanchan para que baje ese caudal de aguas cristalinas, salobre que recibe su boca para saciar la sed del deseo y la pasión. Sus besos queman su piel, la ponen tersa, húmeda, con olor a almizcle, juegan ese juego del placer al máximo. Como una loba en celos atrae su cuerpo, se monta en el potro del deseo, juntos galopan hasta quedar exhaustos, el le dice cosas al oído, sus gemidos lo enloquecen, siente que su cuerpo da y recibe los placeres que al unísono se mezclan, en un estertor como si fueran los últimos aleteos de una gaviota al posarse en la playa.
LA VELOCIDAD DE LA LUZ EN LA GRAN PIRÁMIDE ........................................................
por José Alvarez López
Desde la época en que Aristóteles explicaba la visión por la emisión de imágenes (eidole) por el ojo, hasta la época en que Huyghens enunció su Teoría Ondulatoria de la luz pasaron más de dos mil años de constante preocupación por este fenómeno de la luz que, según algunos, se propagaba instantáneamente y, según otros, le requería un cierto tiempo trasladarse de un lugar a otro.
Las alternativas de la evolución del conocimiento científico de la luz constituyen curiosas anécdotas. Por ejemplo, hacia 1801 Young fue puesto en el “index” científico por proponer la teoría ondulatoria de la luz. La proposición causó indignación y fue acusado por el “leader” de la “Royal Society” de constituirse en “un enemigo del progreso científico”. Las dos teorías —corpuscular y ondulatoria— estuvieron en lucha hasta que hacia 1940 el físico francés Louis de Broglie dictó un fallo salomónico: “La luz es a la vez onda y corpúsculo” que terminó con la secular discusión. Nadie ha podido hasta hoy explicar esta abusiva negación del principio de la lógica aristotélica llamado “tertium non datur” (el tercero no existe) pero la paz lograda en el campo científico justifica este apartamiento de las teorías científicas de la lógica tradicional.
Hacia 1850 realizó Foucault la medición de la velocidad de la luz por medio de espejos rotatorios y desde entonces se vienen perfeccionando los métodos de medición. El método Foucault fue un perfeccionamiento del anterior método de Fizeau que utilizaba un disco con agujeros para medir la velocidad de la luz. Será interesante una lista de los diversos físicos que sucesivamente midieron la velocidad de la luz y los resultados obtenidos. La tabla es en sí misma de una transparente elocuencia pues muestra un constante descenso de la velocidad en las medidas que nadie ha explicado hasta ahora.
TABLA – VELOCIDAD DE LA LUZ
AUTOR-- AÑO-- VELOCIDAD
Fizeau-- 1849-- 315.300
Foucault-- 1850-- 300.065
Perrotin-- 1900-- 299.902
Michelson-- 1924-- 299.802
Michelson-- 1928-- 299.778
Michelson y Pease-- 1933-- 299.774
Anderson-- 1937-- 299.771
En estos momentos la medición de la velocidad de la luz ha comenzado a subir y se calcula (M.I.T.) en 299.793 que es el valor que nosotros adoptamos para nuestros cálculos.
Con respecto al descenso de la velocidad de la luz observable en la Tabla, muchos autores han especulado en la posibilidad de una disminución constante de tal velocidad a través de los años. Otros autores, en cambio, piensan que esta disminución histórica de dichos valores se debe a una influencia psicológica en los resultados obtenidos por distintos autores que no se atreven a una drástica reducción de anteriores valores obtenidos experimentalmente.
Creemos que el problema puede quedar resuelto, pues la velocidad de la luz —calculada en la Gran Pirámide hace miles de años— es aproximadamente la misma que en la últimas mediciones del Instituto de Tecnología de Massachussets que corresponden a 1970:
299.805 (km. Seg -1 )
Es importante, para que nadie sospeche de fraude, que este valor de la velocidad de la luz indicado en la Gran Pirámide se conoce desde 1905. La historia de este asunto es la siguiente:
Hacia el año 1905 el Ing. David Davidson inició publicaciones en torno a la Gran Pirámide en las cuales utilizaba una “pulgada piramidal” hallada por Piazzi Smyth cuarenta años antes y cuya longitud de 2,5425 cm (la pulgada inglesa mide 2,54 cm) que sería el resultado de dividir el diámetro polar terrestre en 500.000 partes. Los arqueólogos se opusieron a la existencia de tal “unidad egipcia” y, en particular, el arquitecto J. P. Lauer esgrimió serias criticas contra la misma. En cuanto al resultado más importante obtenido por Davidson con su flamante unidad fue el llamado por él “factor desplazamiento” y que en honor al ilustre ingeniero algunos llaman “factor de Davidson”.
Según Davidson y seguidores, este valor se encuentra indicado en la Gran Pirámide de múltiples maneras. Por ejemplo, el “piramidón” —o sea la parte tronco cónica faltante en la parte superior de la Gran pirámide que no termina en punta sino en una explanada— debió tener 286,1 pulgadas piramidales. Una verificación en el lugar muestra, por las dimensiones de la explanada, que si hubiera terminado en punta el trozo faltante de la pirámide tendría 7,27 m, confirmando ello las medidas de Davidson.
En otro ejemplo, que precisamente da el nombre al factor, se observa que todas las galerías de la Gran Pirámide, que se encuentran en un único plano vertical, se halla desplazado 7,27 m hacia el Este, en relación al plano central vertical de la pirámide. Un ejemplo adicional lo dan el desplazamiento hacia el Sud, en la misma medida, del umbral de las galerías denominado “Gran Escalón”. Asimismo, la distancia existente entre la Galería Ascendente —en su tramo final— y el techo de la Gran Galería es, igualmente, de 7,27 m. Las entradas laterales de la base de la Gran Pirámide (cuatro en total) tienen igualmente 7,27 metros a partir del borde exterior. Finalmente, en un lugar de la Gran Galería aparece un círculo de piedra que tiene un perímetro igual a 7,27 m.
Podría seguir citando indefinidamente la presencia de este curioso factor que la metrología de Davidson hace equivalente a 286,1 pulgadas piramidales. Todo esto motivó que Davidson dijera de este factor que es:
“Un valor trascendente tan grande que se manifiesta de punta a punta en el estudio de las características de la Gran Pirámide, de manera que el ingenio del cerebro humano no es capaz de imaginar en todas sus derivaciones”.
Aparentemente, a pesar de la fecha en que escribiera esto (1905), Davidson estaba hablando de computadoras...Comentando estos hechos, el investigador Barbarin, otro investigador de la Gran Pirámide decía:
“El número 296,1 aparece por todas partes en la Gran Pirámide”
Por su parte Th. Moreux, enfocando el problema desde un ángulo más científico, sostenía:
“Este número 286,1 constituye el motivo central científico de la alegoría del monumento”... “Debe tratarse de una constante universal muy importante todavía no descubierta por la ciencia moderna”.
Hasta aquí todo lo que yo como investigador en el tema, había logrado reunir hasta el año 1972, cuando me pregunté cuál era el valor de la Velocidad de la Luz en metros absolutos. Consideraba por mi parte, que era importante conocer este número, toda vez que la velocidad de la luz es y será la Constante Fundamental del Universo.
La operación que le exigí a mi Calculadora fue muy simple. Pulsé el código correspondiente a la velocidad de la luz y luego el correspondiente al valor del metro real (Metro Absoluto = metro egipcio-babilónico) y vi aparecer en la pantalla el número:
286,1
Había descubierto la clave del asunto. Evidentemente Davidson y Moreux estaban en los cierto: 286,1 será la Constante Fundamental del Universo para los físicos futuros. No necesito referir las emociones de ese momento impensado. Al principio pensé que podía tratarse de un error pues los que estamos en la investigación descubrimos siempre espejismos que a fuerza de repetirse terminan por crear “callos” en la conciencia. Pero esta vez no cabía ninguna duda de que había descubierto algo sumamente importante. El valor de la Velocidad de la Luz, utilizado por los constructores de la Gran Pirámide.
Tuve la certeza cuando efectué la operación por segunda vez y obtuve el resultado que puede verificar el lector:
2,99793 x 10 8 m seg -1 = 286,1 x 10 8 M seg -1 ----------------------- 1,047901 m/M
Dejando de lado la endeblez de nuestros conocimientos científicos de las pirámides, que no hemos vacilado en calificar de “mitología”, podemos pasar a referirnos a las tradiciones que nos vienen de la Antigüedad en torno a las pirámides, las cuales conforman una auténtica mitología. Ello es en cierto modo una cosa previsible por cuanto hablar de las cosas de la Antigüedad equivale a ocuparse de mitología. Este hecho general referido a cualquier preocupación de nuestros antepasados hace que las pirámides —un tema de remota antigüedad— tengan su connotación mitológica.
Podremos así encuadrar los distintos grupos de pirámides en las diversas mitologías asociadas a los respectivos pueblos que la edificaron.
Es así que en referencia a las pirámides de Indochina (Vietnam, Camboya, Laos, etc.) tendremos que recordar que en el ángulo N. O. De la pirámide de Khmer se lee: “Angkor es la joven esposa del Rey que éste llevó a sus aposentos ruborizada de deseos y vestida de mar”. Debemos ubicar este texto dentro de la mitología lugareña y nos sorprenderemos al encontrar un texto piramidal similar —esta vez en el Apocalipsis— que dice así...“Y vi la Nueva Ciudad de la Paz que descendía del cielo de Dios ataviada como una esposa que se adorna para sy marido”. Los dos textos, de tan diverso origen, se refieren a dos ciudades que son presentadas como dos bellas esposas en una antropomorfización solamente explicable en términos mitológicos.
Otro texto mitológico de la misma procedencia (Khmer) que nos señala el antropólogo W. Müller, indica que el Rey espera en el templete de la parte superior de la pirámide a la diosa Nagy, que lo visita en la primera vela de la noche. Luego de este episodio de amor celestial, el Rey desciende a cohabitar con sus concubinas.