EN ALGUN LUGAR DEL AYER - Carlos Contesti |
Excelente
- 1 voto
Días atrás, como tantas otras tardes, al salir del trabajo y caminar las cuadras que me separan de la cochera, me he cruzado con el niño regordete que nunca me mira a los ojos, incluso creo que ajusta su paso para evitarme; es posible que yo no le caiga bien, a pesar que íntimamente me considero una buena persona, uno no siempre puede agradarle a todo el mundo. No es el motivo de este relato la impresión que yo puedo causar sobre el pequeño, el asunto es que por segunda vez anticipé lo que le sucedería antes de que ocurra; si, puede parecerles raro o tal vez no tanto, quizá sea una casualidad o que uno como adulto puede prever el peligro antes que los párvulos, lo cierto es que yo carezco de cualquier capacidad premonitoria, pero repito, anticipé dos veces lo que iba a sucederle al niño. La primera vez que ocurrió, él pasó raudamente por mi lado con su bicicleta azul, lo vi doblar la esquina e inmediatamente supe que se estrellaría, afortunadamente sus reflejos le permitieron accionar los frenos, pero el cable del mismo cedió ante el esfuerzo y terminó su trayectoria sin daños mayores contra una pila de materiales de construcción; al menos así me pareció cuando llegué al lugar del suceso, le vi incorporarse algo avergonzado, revisar su rodado y el estado de sus pantalones a la altura de la rodilla, enderezar el volante y seguir ahora con cuidado su camino alrededor de la manzana. Sé lo que deben estar pensando, cualquiera que vea doblar a un chiquillo la esquina a toda velocidad, puede inferir del riesgo de un accidente, lo sé, yo mismo justifiqué el suceso de una manera parecida; pero la segunda vez fue distinta, impredecible a mi entender.
Lo observé correr en dirección a mí, con la dificultad propia de la obesidad, su rostro acalorado por el esfuerzo, la transpiración perlando las sienes y por primera vez sus ojos se cruzaron con los míos y pude apreciar angustia y resignación en la mirada; tras él otros tres muchachitos algo mayores acortaban distancia, era evidente que lo alcanzarían de un momento a otro. Me disponía a detenerlos, pero entonces un pensamiento se apoderó de mi voluntad y me volví a gritarle con la intención de advertirle sobre el portón; todo sucedió en un instante, el pequeño volteó para ver a sus seguidores o quizá al escucharme y en ese preciso momento un portón se abrió sin darle posibilidades de reaccionar. Sentí el ruido del encontronazo y de alguna manera viví su dolor, lo observé caer con aparatosidad y quedar tendido en el piso; sus perseguidores se detuvieron y entre el temor por la responsabilidad que les concernía en el accidente y la risa que les produjo el mismo, terminaron abandonando la desigual carrera y se marcharon presurosos. Juro que estuve a punto de correr a ayudarlo, pero me encontraba inmovilizado, aturdido por haber sabido antes lo que iba a pasar e incapacitado de evitarlo; finalmente me conformé al ver que era atendido por el hombre mayor que había abierto el portón, que con diligencia limpiaba con su pañuelo la sangre del corte de labio producto del golpe y seguí mi camino.
Aquella noche no pude descansar, despierto revivía los hechos y en sueños me encontraba con el niño que imploraba por mi ayuda con su mirada; el alba me encontró con los ojos abiertos perdidos y el pensamiento distante, pero seguro de que algo tenía que hacer, pero lo que fuese debería esperar a que terminase el fin de semana.
La espera me resultó tortuosa y el lunes interminable, cuando finalmente llegó el momento de retirarme, prácticamente corrí hasta el sitio habitual de encuentro, pero sin éxito, él no estaba allí. Quizá en la premura me había adelantado, por lo que permanecí en una esquina esperando durante algunos minutos, pero la incomodidad de sentirme observado por todos me llevó a dejar el lugar y regresar a mi hogar.
Los días siguientes fueron una repetición del anterior, el niño no estaba allí y yo sentía un vacío en mi alma producto de mi inacción; el viernes superando la necesidad de dejar todo como estaba, golpeé el portón hasta que una señora mayor abrió, me presenté y le pedí disculpas por la molestia y con tropiezos logré explicarle el motivo de mi consulta.
Ella me miró a los ojos y supe que había creído en mí, me ofreció pasar y me invitó a sentarme en unos viejos sillones de hierro con almohadones de tela plástica que pueden mecerse en forma ruidosa y que de alguna manera me resultaron familiares. La vi atravesar el patio y perderse tras una puerta de madera con tela mosquitera, minutos después y con paso lento, el anciano que atendió al niño se acercó a mí apoyándose en un viejo y lustroso bastón de madera.
- ¿Gusta un té jovencito? – preguntó como si me conociese desde siempre.
- No gracias, no quiero abusar de su hospitalidad, sólo he querido detenerme para averiguar…
El viejo hizo un gesto alzando su mano izquierda mientras sostenía la derecha como embudo para facilitar la escucha.
- ¿Siempre necesita tantas palabras para expresarse?
La pregunta me tomó por sorpresa y antes de que pudiese armonizar una respuesta prosiguió.
- Deje hablar a su corazón, el sabe hacerlo con claridad y yo podré escucharlo sin esfuerzo.
Me quedé totalmente desarmado, yo soy un prolífico emisor de palabras, incluso podría decirse que las articulo con facilidad, pero hablar con el corazón es algo que no había aprendido.
- No me mire usted así, deje que los sentimientos afloren, no los reprima, con eso basta.
En un instante mis ojos se llenaron de lágrimas pero pude contenerlas moviendo mis ojos y tratando de abrirlos más de lo posible, sin embargo mi garganta parecía obstruida e incluso me dolía un poco y sentía mis manos temblar y la respiración agitada.
- ¿Ve? Su corazón está hablando ahora, no es tan difícil.
Sus manos dejaron los gestos y fueron a descansar sobre sus piernas, con la mirada baja por la emoción pude ver la huella del paso de los años en ellas.
- Hemos perdido la capacidad de hablar, en esta época donde creemos estar más comunicados que nunca, realmente estamos solos. – sentenció.
Su mano extrajo un viejo pañuelo del bolsillo de su amplio pantalón y pude apreciar que estaba manchado de sangre. Alcé la mirada y el hombre asintió.
- Él está bien, fue sólo un golpe que dejó una herida en su frente que se desdibujará con los años y un diente que permanece envuelto en este pañuelo y que tarde o temprano iba a terminar cayéndose. Pero no estamos aquí para hablar de él ¿verdad?
No pude responder, me levanté y antes de salir de allí dejé que mi corazón le diese las gracias y deambulé por las calles de ese barrio en busca de aquel niño, intenté hallarlo en la vidriera de la juguetería, en la relojería que debía atrapar su atención tanto como la mía, en los bancos de la plaza y en los juegos, en las veredas montando su bicicleta azul en el kiosco de revista o en el almacén desaparecido y finalmente cuando lo creía perdido lo hallé en los recuerdos de la infancia. Él me miró desde la distancia que imponen los años y temí por su opinión, pero no había reproches en su mirada, quizá sólo un dejo de desconcierto surgido posiblemente de la incredulidad de ver transformada su inocencia en este patético futuro… Pero no, esa es mi visión no la suya, le vi sonreír y entonces escuché hablar a su corazón.
- Así que finalmente llegué a ser un adulto, esos bravucones no me mataron como tantas veces temí.
Quise abrazarlo pero uno no puede prodigarse esos placeres a si mismo, de ahí la importancia de no escatimarlos a los demás, para que en algún momento alguien nos premie con el mismo gesto.
Estiré mi mano para acariciar la herida en su frente y mi mano se detuvo en la mía, apenas perceptible como lo anticipara el viejo, estaba allí, recordando un ayer ni mejor ni peor, tan solo diferente. Junto con aquel pequeño que alguna vez fui revolvimos el arcón de los recuerdos y nuestro corazón habló por los dos, dejando rastro de lo dicho en húmedos surcos en las mejillas.
Con las últimas luces del día desconté las cuadras de mi barrio hasta la cochera en busca de mi lazo con la realidad.
Carlos César Contesti
Subido por Carlos Contesti
| Comentarios - Escribí tu comentario |
01/11/09 | 15:11: Susana Cavallero dice:
|
Me encantó este cuento, ese buceo por el interior de un niño regordete y poco feliz que sale a la superficie luego de tanto tiempo. Muy bien narrado. !Felicitaciones!
|
|