HORAS FINALES |
Muy bueno
- 2 votos
HORAS FINALES
La vista estaba fija en la pantalla de la computadora, atenta al texto que estaba leyendo, cuando unos golpes fuertes la sobresaltaron.
Jorgelina creyó primero que eran golpes en la puerta de la conciencia, y que eran los pensamientos que querían entrar sin ser invitados. Ella estuvo a punto de abrirles la puerta, pero logró atajarlos a tiempo y siguió atenta a su trabajo.
Los golpes se repitieron y ahí sí, Jorgelina se dio cuenta que eran golpes imperiosos en la puerta de calle. Con el corazón galopando se dirigió a ver quien era el o los que querían derribar su puerta con semejantes azotes a la madera.
Espió por una hendija de la persiana y no logró ver nada, otro puñetazo contra la puerta casi la mató del susto, volvió a espiar y logró distinguir una figura oscura, alta, envuelta en una especie de capa con capucha. Se armó de valor y con voz débil preguntó quien era y que quería.
Del otro lado llegó una melodía dulce en forma de palabras, suaves y tiernas, denunciando un ser angélico que le pedía entrar en su casa.
Jorgelina, totalmente confiada, dio vuelta a la llave en la cerradura y dejó entrar a la persona, junto a ella entró también un halo frío y oscuro que se adueñó de la sala.
Jorgelina ofreció café a su visita y distendida se dejó caer en un sillón frente a la figura encapuchada que ni siquiera al abrigo de la casa se sacó su capucha. Tampoco tomó el café. No se le distinguía bien la cara, pero ella advirtió que su visitante tenía un rostro anguloso, de labios finos y ojos de mirada penetrante, un rostro no carente de belleza que inspiraba una tranquilidad nunca experimentada.
- Usted dirá - dijo Jorgelina expectante
- Bueno, ya sabes a que vengo, es la hora señalada y no hay nada que yo pueda remediar. -argumentó la dulce voz
- Si, ya me di cuenta, pero me extraña que sea tan pronto, tengo tantas cosas por terminar, en fin creí que tendría más tiempo - se lamentó Jorgelina
-Si quieres te dejo terminar ese artículo que estabas escribiendo
-No, yo me refería a otro tiempo, más amplio...
La conversación pareció extinguirse allí, Jorgelina miraba sin ver todas las cosas que estaban en su sala, adornos, muebles, recuerdos queridos, una lágrima cayó sin ruido por su mejilla. La figura envuelta en su capa sentada muy derecha en el sillón, esperaba pacientemente, era su tarea, presentarse, mantener un breve diálogo sin comprometerse mucho, y esperar que el candidato se hiciera a la idea de su intrusión y luego todo marcharía por los carriles necesarios.
Algunos se rebelaban y hacían infinidad de preguntas que ella no podía contestar, pero esta joven era sumisa y agradable, la había recibido con amabilidad y aceptación.
La luz de la pantalla titilaba azulada en la oscuridad y Jorgelina se preguntaba porque nadie se daba cuenta de lo que pasaba, claro que en su casa no había nadie más que ella, pero afuera, en la calle, todo seguía igual, ningún vecino se percataba de lo que le sucedía, ella pensó que no tendría que haber abierto la puerta, era un peligro abrirle a desconocidos porque pasaban estas cosas, pero ya era tarde, no podía recriminarse por lo hecho.
-Vamos, el reloj avanza y tengo un plazo -dijo la figura
-¡Espéra un poco! Déjame hacer una llamada telefónica, -suspiró Jorgelina
-¿Vas a llamar a un abogado?-dijo jocosa la voz
-¿Preciso uno?
-Tu sabrás...
La figura hizo una reverencia invitando a Jorgelina a acompañarla, ella quiso retenerla por un brazo, pero solo halló el vacío, su mano temblorosa atravesó el espacio, cerró un puño y asestó un golpe al pecho, otra vez el vacío le congeló la mano.
En ese momento su conciencia despertó por fin y el horror de la situación cayó sobre ella. Se desesperó, rogó, lloró y desgranó promesas si la figura se retiraba. Un silencio espantoso ganó de pronto toda la casa, las luces se apagaron y la oscuridad dibujo figuras espectrales en las paredes. La apariencia encapuchada rió bajito y despareció de la vista de Jorgelina. Esta corrió a la puerta, puso llave, corrió el cerrojo y se apoyó en la puerta deslizándose hacía el suelo llorando de terror.
La claridad rosada del alba la despertó sentada frente a su computadora que destellaba rayos azules que rebotaban en las paredes. Jorgelina levantó su cabeza despacito, miró a su alrededor todavía con el temor adherido en sus células y luego rió, a carcajadas. Las lágrimas de alivio corrieron libres por sus mejillas.
Matías, su gato blanco le acaricio la pierna. Ella abrió la puerta para dejarlo salir, y allí, a la luz del día, apoyada sobre el marco de la puerta la guadaña con la hoja de afilado acero descansaba olvidada...
CAVALLERO Susana
Subido por Susana Cavallero
| Comentarios - Escribí tu comentario |
14/01/10 | 16:54: Vanesa dice:
|
Me gustò muchìsimo este cuento. Da para explotar màs la historia. Es de lo que me gusta leer. Felicitaciones
|
14/12/09 | 00:39: monica aramendi dice:
|
Me gustó. Me gustaron esos guiños que anticipan lo que luego no sucede. Tenes una prosa llana y visual. sería bueno conocer mmás cosas tuyas.
|
|