La Directora |
Bueno
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La directora se levantó esa mañana más chiflada que nunca. Varios tranquilizantes de esa afamada marca comercial encima, y algún antidepresivo por si los tranquilizantes eran muchos.
Como nunca, era temprano porque tenía una cita ineludible con un sujeto de suma relevancia en un bar cercano a la zona de Tribunales, resultado de una competencia animal por el puesto en la que no había escatimado recursos ni ella, ni los suyos.
Como fuera, la cosa estaba hecha y había que salir a ponerle el pecho a las balas.
Se disfrazó de profesional de primer quintil, medias negras con ligas, un traje de pollera gris brillante, botas hasta la rodilla y pelo suelto, a las ocho treinta estaba lista para salir.
Abrió la puerta, y el tiempo no ayudaba. El cielo cerrado de gris tormenta amenazante… mejor llevar un piloto.
Volvió corriendo al placard, manoteó su único piloto y se lanzó literalmente a conquistar la calle.
Llegó al bar, ya la esperaban. Se sentó con un dominio fingido pero bien disimulado. Era su momento de gloria. Hablaron lo necesario, cruzaron la calle, y ya en el lugar, fue presentada con esa forma sacramental que tanto gusta a los letrados, uno por uno, a todos los presentes.
Le temblaban las piernas pero no se notó. Sedujo a los presentes con su juventud y su frescura, bien abonada con un currículum impecable en la materia y mejor sostenida por un laburo de campo de varios meses. Tomó posesión de su cargo, convocó a su gente, dio instucciones aquí y allá, para que se note que ella habìa llegado, y trasmitiò tanquilidad con su sonrisa franca.
La jornada fue agotadora. Ni se había sacado el piloto, por falta de libertad de movimiento y un poco de descuido, pero el trabajo estaba hecho, y habìa sido un éxito.
Volviò a su casa, entró, se desparramó en el sillón, y, recién entonces, quiso desenfundar toda esa vestimenta extravagante y acartonada…. Fue al dormitorio, se paró frente al espejo para una última mirada de satisfacción, y lo vió.
De su precioso piloto obispo, sobre su impecble traje gris, colgaba descaradamente un corpiño talle 85 negro con puntillas y relleno, “push up”, como se dice en el mercado, que habìa paseado allì la jornada entera entre bares y colegas.
La directora no salió en tres días. El tiempo que le llevó reponerse de la vergüenza del caso.
Al cuarto, sin corpiño, retomó su labor.
Subido por Vanesa
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