Justo |
Cuando el nacimiento de Justo fue anunciado, ella sintió un dejo de envidia. Ese sentimiento mortal, pecado capital, que come el alma y el corazón y se esparce como yerba mala por todo el cuerpo, y que normalmente, va acompañado de ese otro sentimiento mortal, la culpa, que se instala y se queda para siempre.
Sin embargo, eso no le impidió bregar por su nombre: “Justo”. Justo por Justo José de Urquiza, justo porque era preciso su nacimiento, justo porque abogaban constantemente por los derechos ajenos aún en detrimento de los propios, y Justo como un regalo de virtud: la más preciada, la más sagrada, y la más cercana a la inalcanzable sabiduría.
Un hombre justo no tiene enemigos. Un hombre justo sabe “dar a cada uno lo suyo”, y un nombre es el primer regalo que recibe un ser humano al nacer.
Como el que hacen las hadas madrinas en los cuentos clásicos, cuando obsequian a los recién nacidos reales dones para enfrentar la vida, por cierto siempre inútiles para protegerlos de su destino macabro, sin la nueva intervención del hada madrina.
Ella deseaba tener muchos hijos. Porque eso era algo que hacía bien. Tenía una, la más valiente, la más inteligente, la más buena y la más noble de las criaturas que conocía. La Princesa. Tan igual a ella, que no cabían ahora dudas de que estamos hechos a imagen y semejanza de Dios.
Pero eso no pasaba. No venían más hijos que la Princesa que bendecía de sus días y, por eso, la anunciación resultó fue genial. Ahora había un hijo, ajeno, pero hijo, y muy cercano para querer y modelar. Y encima, varón. Todo un misterio. Todo un desafío. Por eso también era Justo.
Así que, tan grande era su poder de seducción y convencimiento que, augurando que el nombre le traería suerte, Justo fue Justo, y el nombre reservado para el hijo varón, se fue a otra familia que conmovida, decidió que ella fuera la madrina: Todo fue justo: Justo fue Justo y ella fue el Hada Madrina.
La Princesa, contrariamente a su comportamiento habitual, recibió la noticia encantada. El hecho resultaba trascendente, porque justo, justo, hacía tiempo que demandaba un hermanito –como si se comprara en le súper- y no estaban dadas las condiciones mínimas y elementales para que esa circunstancia aconteciera, especialmente porque no había papá, con lo cual por estrictas razones científicas, la cuestión se complicaba bastante, aunque la ciencia había avanzado tanto, que siempre se podía recurrir a Papá Probeta.
Así que Justo cayó justito. Y así siguió cayéndose justito adentro de la zanja de la puerta de la casa, justito sobre la torta de la Princesa, justito sobre la maqueta del Hermano. Justito delante de la novia en el preciso instante del primer beso. Justito, justito, se cayó de la cama la primera noche de amor.
El augurio de la madrina parecía chiste, porque a Justo le salía todo justamente al revés. El destino estaba marcado.
Aún así, con los genes temerarios y testarudos de su padre, el corazón inmenso heredado de su mamá y ese capricho de ser feliz que de prepo le metió el Hada, se empecinó en torcer su suerte y luego de innumerables e inesperados tropiezos, Justo, para orgullo inconmensurable de padre y hada, se dedicó a la Justicia y se recibió de abogado.
Claro, Hermano y Princesa habían padecido la profesión de sus padres, porque les tocó la mala, pero Justo llegó justito cuando el negocio florecía, y, en vez de traer un pan bajo el brazo, el muy avezado se vino con unos poderes fiscales que exprimieron el cerebro de los letrados, y llenaron los bolsillos de las familias.
Así que Hermano y Princesa fueron artistas, pero Justo fue un trabajador incansable por la Paz. Tuvo una innata percepción de la equidad, supo siempre distinguir el bien del mal, y siempre supo elegir para donde inclinarse.
Justo encontró el amor en medio de una audiencia de mediación en brazos de una contraria destrozada por los avatares de la vida.
Por ello, con Justicia declinó el patrocinio eligiendo a la mujer en lugar de la causa, porque ya no había imparcialidad posible.
La contraria le robó impunemente el corazón y la lucidez, lo dejó sin palabras, le bloqueó el raciocinio y le alborotó las hormonas de tal forma, que se olvidó del derecho, del código y de las normas de procedimiento, y con toda justicia se fue con ella para vivir eternamente el amor de novela que todos deseamos disfrutar en la vida.
Y, como en los cuentos, letrado y demandada fueron felices para siempre.
Subido por Vanesa
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