Tácito amor en los ciclos de la vida" |
Excelente
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"Tácito amor en los ciclos de la vida" (cuento breve)
Él, nunca se preguntó si la amaba... la vida plañía su monocorde canción de hastió y para él, nada era mas importante en esos estíos, que la cosecha... la hacienda en engorde y la siembra de las pasturas de invierno. Los soles se abatían sobre la sabana con la misma implacable indiferencia con la que él le alcanzaba a ella la ropa sucia luego de un baño de inmersión, para que la lavara. El riachuelo inspiraba el sueño cotidiano de nacer, partir y nunca detenerse hasta llegar al mar para escapar a la pesada quietud de esas llanuras verdes y vastas. Y así cada día, cada verano... cada ser y cada detalle de la natura dinamizaba su forma y estado para no ser como ellos, que solo envejecían sin más señales que una pretendida eternidad en las arrugas de sus rostros. Los ojos de mar... los de él y los de ella, eran siempre jóvenes y profundamente nórdicos... como los de sus ascendientes, y ponían al entorno un visible toque de perpetuidad que parecía vencer a los tiempos. Algunas noches... solo algunas, él daba algunas vueltas en el lecho para ver si, como al descuido, lograba despertarla y entonces, solo entonces, sin más ni más... sin una caricia predecesora de algo mas cálido... sin siquiera una palabra sugerente... un beso lánguido, sus torpes cuerpos se encontraban en algo como sexo, pero sin más de cuatro…cinco minutos de secos espasmos sin gracia, sin ardor visible...palpable, sin siquiera la humedad de la piel para ponerle una sutil nota de brillo a ese acto, menos que instintivo. Ella, solo soñaba, y se conformaba con eso. Al lado de Lucio, lo tenia todo: presente, futuro... comodidad y hasta algunos lujos...solo algunos, como comer fresas con crema, luego de refrigerarlas un rato en el freezer de 300 dólares que ese año habían comprado, o tomar un martini rosso con rodajas de limón y hielo granizado, a la sombra de la galería, refugiados del bochorno de la siesta veraniega, y oyendo por la radio a James Taylor cantando "hombre trabajador". Tampoco ella se preguntaba si le amaba...estaba allí, con ella, y solo se alejaba unas horas cuando una parición dificultosa lo ponía en alerta o lo obligaba a pasar una noche al cuidado de esa vaca. Lo tenía como una posesión mas, como otro de sus desvaríos, adquirido en las grandes tiendas del pueblo en un arrebato caprichoso y juvenil de esos que solía tener para romper la monotonía de sus días en el campo. Así pasaban las horas, los meses, la vida. Los inviernos eran casi iguales en esencia. Solo cambiaba el contexto, el entorno, mas hostil, mas triste. De cuando en cuando, al pie de la chimenea se juntaban para oír la radio... él, leyendo el periódico, haciendo cálculos de las ganancias de la esquila, proyectando la compra de un nuevo tractor... ella, zurciendo un gastado overol, soñando... siempre soñando, lustrando la platería, herencia de la abuela, o trenzando su larga cabellera. Tropezaban a veces, el uno con el otro en el diario trajinar. Él, cuando almacenaba los fardos de heno en el tinglado. Ella, cuando lidiaba con esa gallina que pretendía abandonar el nido con los huevos a medio incubar. Largas horas del día pasaban sin cruzarse no más que algunas palabras, mecánicamente...sin apenas mirarse a los ojos, sin siquiera pensar en aquello que hizo que hoy estuvieran el uno junto al otro. Sin evocar la promesa que los unió en sagrado matrimonio. Como en un cuento de hadas, ella pasaba del molino de agua a la mesa de harina, y él la miraba sin verla desde la fragua chirriante en donde la reja del arado se entregaba al arte de la conversión, bajo el musical y acompasado martillo. Veintitrés años, que eran veintitrés eternidades, sin siquiera la gracia de una preñez... un hijo, un color de amor subyacente...algo que justifique la espera. Y todo así de trágico... así de absurdo, sin razón de ser, sin amigos, sin una guitarra, sin un vino compartido antes del abrazo, sin un paseo por la rivera ... sin una intriga, una escena de celos... una mentira, una sospecha. Pero el día llego, como llegan todos los días que uno espera...o no. Como en una fábula de infancia, ella se quedo dormida mientras las cabras componían una coreografía silente y lenta... muy lenta, de camino a los corrales de la tarde. Allí, al pie de la chimenea, mientras soñaba, mientras la radio dulcificaba su imprevista despedida con una canción de Aretha Franklyn..."rezo una pequeña plegaria", y el plañir tremendamente trise de un tren lejano ponía la nota luctuosa a su palidez de mármol... .-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.- Él...la contempló en silencio, con sus brazos colgados, y las callosas manos abatidas a los lados de los muslos, como cuando solamente con la mirada, le reclamaba el almuerzo. -¡Ay!, Amanda... ¿cómo puedes hacerme esto?- el ceño ensombrecido y los ojos inundados. Con la previsión, otrora exasperante con que había calculado cada evento de sus vidas, sin que ella lo supiera, Lucio reservaba un espacio para dos, allí, al pie del viejo nogal, flanqueado por rosales y jazmineros, primorosamente podados para que se vieran hermosos en las tardes de domingo. Veló ese cuerpo mustio, marmolado... deshabitado, durante toda la noche, llenando la estancia de recuerdos y callado llanto interior...sin el alivio de las lágrimas redentoras, y en total soledad. La fosa estuvo abierta en algo más de una hora en la tierra fresca y fértil de la mañana. La cruz de cedro que colocó en la cabecera rezaba:"te necesito, Amanda", como cuando tenían que ordeñar las vacas nuevas del plantel, o cuando los sacos de grano para la siembra debían ser cargados en la vagoneta. "Te necesito, Amanda". Solo...sentado al lado de esa tumba, aprendió de repente como cae la nieve y que las reses no le necesitan cuando rompen los cercos y buscan lejanos horizontes al amparo de los bosques salvajes. Aprendió que el amor tiene formas inusitadas, y que solo en su ausencia, puede uno darle la dimensión que ese sentimiento tiene... Lucio... el viejo granjero de las espaldas cargadas... dando muestras de una sabiduría oculta y llegada al apogeo en aquella eventual situación... el autómata de andar cansino,... aprendió que los cerdos no necesitan cebada cuando son más de media docena en los corrales, pues unos, los más débiles, (cruenta selección natural) son, a la sazón, alimento de los demás. Aprendió, que el amor, o la falta de él, se percibe....se siente....se presiente, y Amanda, también lo sabia, y a su modo le amaba. Los días de invierno fueron sucediéndose sin prisa, y la adormidera de Amanda cayó pesadamente sobre la cabeza de Lucio, y una blanca ensoñación produjo en algún sitio del universo, un encuentro sutil... mágico de dos almas, y el renacimiento del amor se consumó sin que el comisario del pueblo lo sospechara, siquiera. _Éste pobre infeliz se ha dejado morir _ decía el oficial, mientras contemplaba con displicencia ese rostro momificado, mustio y devastado por la inanición y por las nevadas, en el que se adivinaba un vago gesto de bienestar. "Quiero dormir junto a ella", rezaba el amarillento papel que aún sostenía entre sus esqueléticas manos. La cuadrilla terminó su trabajo al atardecer, y los hombres, se fueron, guardando un respetuoso silencio a modo de responso. Allí, bajo el viejo nogal, quedaban dibujando su macabra silueta contra el rosado ocaso invernal, dos cruces de madera marrón, la una junto a la otra, rodeadas de rosales y jazmineros, señalando el sitio donde la tierra, las bacterias, los gusanos...la naturaleza, recomenzaban el ciclo nuevo, donde los elementos cumplen el mandato milenario de la perenne transformación...y así con los cerdos, con las vacas...las cabras...las gallinas, el pasto... y todo. Ya lo sabemos. La muerte confirma le existencia de la vida... y el amor... ¡ah!, el amor... confirmando su existencia y su trascendencia en ese paisaje lleno de recuerdos vivientes, con la mortal visión de dos cruces de madera marrón bajo ese añoso nogal, poblado de trinos...vestido de verde primavera. Cuentan los que lo han oído, que el viejo molino, chirriaba en las noches una lejana y fantasmagórica canción de adiós, hasta que un amanecer, la rueda de sus aspas se marchitó como una flor, al cabo de una tormentosa noche veraniega. También allí estaba la vida, marcando un final y generando un comienzo. FIN. Basado en el poema” qué son esas palabras", de Rafael Bielsa Oscar Alberto Rey Cardamone Santa Fe, Argentina Verano de 2004
Subido por Oscar Alberto Rey Cardamone
| Comentarios - Escribí tu comentario |
16/04/10 | 13:53: Susana Cavallero dice:
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Me gusto!!!! primero arrancó medio, medio, pero luego me fue atrapando. Muy bueno!!!!
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