Trampa íntima |
Muy bueno
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Se recuesta displicente sobre el sofá viejo y desteñido, en la telaraña de almohadones y estopa esculpida por el tiempo que, alguna vez, también se recostó sobre el mismo sillón.
Pasivo, cierra los ojos. Se resiste como cada día a rescatar del tiempo y la desmemoria uno de los ejemplares de la biblioteca. Algo estampado en sus tapas, en sus letras , en sus formas, lo asusta. No sabe. Solo sabe que no quiere volver a verlo. Pero allí está, en la vorágine de letras guardadas en los mil estantes. Desde su titulo en el lomo lo llama. Esta vez, obediente se levanta pausado a buscarlo.
Cuando lo tiene entre las manos, una viscosa atracción le llega desde algún lugar de ese corpus. Un cuerpo más rojo que las tapas, más amarillo que sus hojas, más abrasador que las palabras, lo embriaga con un olor antiguo.
La humedad se acopia en sus manos y una llamarada en las mejillas ásperas de días sin afeitar. Vuelve al sillón. El peso del libro lo consume y un temblor lo acaricia.
Acomoda el ejemplar sobre las piernas, alza las rodillas y lo abre donde quiere que se abra. En ésa pagina, en ésa y en ninguna otra aparece el gigantesco, descomunal cuerpo de ella.
El asombro lo mueve a risa nerviosa y a carcajada bruta. El cuerpo mojado con el sudor de años se estampa en su pecho. Los largos cabellos ahogan la barba desprolija, asfixian los ojos, Los senos, argamasa de carne y anémonas sofocan la cara y sus ojos se enredan entre los pezones. Las manos le recorren el torso que semeja un gorrión en una gran jaula, la maraña de piernas se acoplan al enredo de voces.
Se tragan el tiempo. Ella esculpe al hombre con la vorágine del deseo, el se arrastra como serpiente bajo la voluptuosidad que lo agobia.
- ¿De dónde llega este perfume antiguo?
- El cuerpo tiene olores propios.
- ¿Dónde estabas?
- Siempre estuve.
- ¿Quién sos?
- ¿quién soy?
- Soy vos.
- Sos yo.
- Ya no importa- dijo alguno de los dos.
Su cuerpo empieza a latir como el mar late cuando lame la orilla en las noches. Quiere tocarla, pero ya no toca, quiere besar sus senos, su vientre, pero ya no besa. No debe moverse y no se mueve. No debe hablar y no habla. Solo debe arder y arde.
Una sensación de liviandad asoma como algo nuevo.. El libro esta en el piso, cerrado.
Se levanta con lentitud, toma el ejemplar y lo devuelve al lugar vacío en el estante, luego se dirige al baño, peina sus largos cabellos, seca la humedad acorralada en el nacimiento de sus senos y pinta de un rojo rabioso sus labios. Dibuja una sonrisa perversa en el espejo cuando escucha el aullido desesperante que mana del libro más grande de la biblioteca.
mónica aramendi
Subido por monica aramendi
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