Cuando el pájaro dejó de cantar…(Cuento Corto)
Una tarde soleada, en mi cabaña junto al mar, la brisa marina se colaba por la ventana. El aire, fresco, cargado de rocío y con su característico olor a sal, no me tranquilizaba.
Varias veces intente mirar a mi derecha, pero no podía… En un rincón de la estancia se encontraba la jaula de mis aves. Había gastado mucho en su construcción. Lo que fuera para que mi ave canora se sintiese a gusto!
Todo el armazón construido en oro, con detalles en pequeños diamantes que le daban fulgurantes brillos cuando un rayo de luz acertaba a dar en ellos.
Mi Rocío (tal el nombre que puse al ave), desde un primer momento se sintió a gusto en ella, tanto que no paraba de alegrarme las mañanas con su mejor trino.
Era tal el amor que le profesaba que, un día hace muchos veranos, abrí la puertita de su jaula de oro para darle su merecida libertad…
Pero Rocío nació en cautiverio y no conocía la libertad, no se daba real cuenta del regalo que yo le hacía.
Cuando se animo a salir de su encierro, habían pasado cuatro días… Primero daba saltitos en los muebles, porque su vuelo era corto ya que nunca lo había hecho. Luego, siempre a los saltitos, se desplazaba por la alfombra, como reconociendo el lugar.
Después te animaste a posarte en el dintel de la ventana. De ahí comenzaste a dar vuelos cortos hacia la orilla del mar y volvias asustado a tu jaula. No me podría olvidar nunca de los orgullosos y poderosos trinos que dabas cuando volvías de estas cortas incursiones aéreas.
Un día, luego que ya salías a recorrer mayores distancias, te aparecistes con una bella compañía. La pichoncita dudó en meterse a tu jaula, pero con constancia lograste que la hiciera suya también… Mi media naranja se encariñó con ella y la adoptó como si fuera su hijita. Le construyó ella misma un nidito interno en la jaula para cuando llegara la época de apareamiento y empezaran a llegar las crías. Yo me sentía pleno de dicha.
Nuestros hijos, los tuyos y los míos, crecieron y se marcharon del nido. Nosotros, siempre mirando por la ventana al grandioso mar, como venia y se alejaba de la playa, su continuo murmullo, a veces su furia desatada y también esas calmas tan sobrecogedoras, en las cuales solo se movían las alas de las gaviotas y lanzaban sus chillidos cortando la quietud reinante con gran resonancia…
La vejez se nos vino encima, mi amada esposa dejó su último suspiro suspendido en el salitroso rocío de una frasca mañana de otoño. Gran pena y tristeza se ciño en la cabaña. Como presintiendo el ánimo imperante en la casa, el mar dejó de bramar su bronca habitual en esta época. El día se presentó tibio, con un sol tímido que brillaba sin encandilar… Un desfile de personas conocidas se apersonó a dar su último adiós a mi amada. Mi tristeza me impedía decir mas de dos palabras sin cortarse por el llanto. Cuando mis hijos llegaron ya hacía dos días que la habíamos enterrado, puesto que estaban viviendo en países lejanos.
Pensé que todo había terminado, pero aún no… El mayor de mis vástagos descubrió que la pareja de mi Rocío también dejó este mundo. Y según me comentaba, fue mas o menos la misma fecha que lo hizo la mamá adoptiva, por el estado en que se encontraba. Que torpe fui, mi tristeza me encegueció y no me di cuenta que mi ave también sufría por su amada y no solo por la muerte de mi esposa!
Como dos juncos, nos dejamos doblar por la fuerza de los vendavales del tiempo. Yo, encorvado y lento, y tu, sin animo para bajarte de tu costosa jaula.
Un día de estío, estaba yo mirando como de costumbre, por los ventanales al mar. Recuerdo que lanzaste un lastimoso trinar y te miré asustado, pensando que algo te sucedía. Pero solo vi que estabas en tu posición de descanso, dormido… Seguramente un mal sueño.
Hoy, en este día soleado, mis huesos estaban doloridos por la mañana. Es muy raro, ya no me duele nada, siento una paz no solo de la carne, también espiritual, como hace años no sentía. Sentado frente a mi añejo y descascarado ventanal sigo mirando al viejo y querido mar.
De repente sentí que algo se desplomó, sonó blando y metálico a la vez… Imaginé lo peor, por eso no me animo a mirar hacia mi derecha, lugar en que estás tú, no quiero siquiera pensar que me habías dejado. Llegué a sentir pánico! Pero, extrañamente, empece a sentir un soplo que provenía desde el ventanal, algo que empezó a cubrirme con suma delicadeza y calidez. En ese preciso momento siento un aleteo suave, quise mirar, quise moverme, pero algo me mantenía quieto, tranquilizándome y dándome mucha paz. Ya no sentía nada mas que un manto encima mío y una cálida paz que me envolvía. El aleteo se acercaba, se hizo mas fuerte, sentía la brisa que provocaba casi sobre mi rostro. En eso te veo, joven, lozano y fuerte, enfrente mio, trinando como en los mejores tiempos. Pensé que era uno de tus retoños, pero no. Recordé que los sobrevivimos a todos ellos, los tuyos y los míos. Mis hijos no sobrevivieron al accidente de avión cuando regresaban al país que eligieron para residir, luego del funeral de su madre. Los tuyos después del terrible temporal que azotó estas costas en el invierno pasado…
Dejé de pensar como un viejo llorón y alce mis manos para que te poses en ellas. JÓVENES! Se veían muy jóvenes y suaves mis manos, como tu!
Te acurrucaste en mis manos y comenzaste a trinar con gran alegría, yo me paro y comienzo a danzar de emoción… Me doy cuenta que no tengo dolores, ni frío ni calor… Comienzo a asustarme, pero algo nuevamente me envuelve y sobreviene la paz, continúo mirándote y disfrutando el contacto contigo. Me acerco al ventanal para mostrarle al sol, al mar, al viento, a quien pasara que estábamos de nuevo felices!
Me quedé atónito, allí estaban ellos, con una gran sonrisa, rodeados de un aura magnífica, invitándonos a salir y acompañarlos… No estaba asustado, mas bien me parecía lógico. empezaste a trinar con alegría, esa que solo se siente en los grandes reencuentros.
Saltamos prácticamente por el ventanal y corrimos, saltamos, bailamos, al encuentro de nuestros seres queridos, esos que se habían ido antes de tiempo, aquellos por los que lloramos muchas noches, muchos días. Allí estaban: Mi amada esposa, que en sus manos tenia a la pareja de mi Rocío. Nuestros queridos retoños, con sus esposas. Nuestros nietos, tan chiquitos… TODOS SANOS, SONRIENTES Y FELICES! Esperándonos con los brazos abiertos…
Que maravilloso sueño estaba viviendo. Al despertar volvería a la triste realidad.
Algo me llamó a mirar hacia atrás. Allí me vi, reposando con la cabeza inclinada aun costado, en mi viejo sillón hamaca. Detrás de el gran ventanal con vista al mar… Me acerco al mismo y allí te veo, acurrucado en mis manos laxas, como queriendo agarrar calor, tu cabecita apuntando hacia mi rostro.
No sé quién dejó este mundo primero, no sé por qué. Si me fui primero por mi vejez o si después porque te vi irte…
Nada, ya no importa nada. Estamos juntos de nuevo, felices y jóvenes para siempre. Aquí no hay jaulas de oro, ni ventanales con vista al mar… Ni falta que hacen. Estamos unidos para toda la eternidad, sin dolor, calor, frío, añoranzas ni tristezas.
Dejamos atrás esa cabaña junto al mar y todos nos dirigimos hacia donde nos llevaba el manto cálido.
Esperaba que hubiera un túnel, ascensión al cielo entre nubes de algodón, un ángel con sus magníficas alas guiándonos… No, no hay Paraísos preconcebidos… El verdadero Paraíso lo construye uno mismo.

Éste es nuestro Paraíso, juntos, disfrutando la libertad y en familia.
No hay jaulas de oro… No hay cabañas con ventanales que miran al mar…
Solo hay unión, fraternidad y PAZ.
Mo3biuS 2011