TODO POR LOS SUEÑOS... |
Clara tenía los ojos grandes, las pestañas largas y eso causaba una suerte de fascinación en quienes se quedaban boquiabiertos contemplando esos dos cocos pulidos y brillantes.
A clara le gustaba escribir historias locas que la gente le inspiraba, como el cuento sobre Celina, la almacenera de la cuadra a quién describiera como a una obsesiva madre caníbal del nuevo milenio; o el relato sobre Juan, que narraba una extraña enfermedad mortal que éste habría adquirido por su asquerosa manía de comerse los mocos; y cosas de ese tenor.
Chicos y chicas desfilaban por el portón de la casa de Clara al llegar la tardecita, y se sentaban en el cerco de material a escuchar las producciones artísticamente singulares de la muchacha. Todos le decían que tenía que escribir un libro con todo eso y que por lo menos lo tenía que pasar en word, o una carpeta, quizás en limpio pero en algo que fuera comprensible para el lector.
Un día pasaba por la vereda doña Ñata, tía de Clarita, y se quedó pasmada oyendo esos relatos alocados. Ñata tenía fama de insidiosa y envidiosa, la verdad que no era muy querida por la familia, pero a Clara no le importaba, porque en realidad no le importaba casi nada.
Los días pasarón y la tía un día vino de visita.
- Hola tía, pasá, pasá...
- Hola nena, ¿cómo estás? ¿Está tu madre?
- No tía, fue al mercado, pero esperala que ya debe estar por llegar. Vení, sentate y tomamos unos mates.
La tía aprovechó la ocasión para contarle lo que le parecieron sus relatos.
- Vos sabés que te estuve escuchando el otro día ahí con los chicos, y me quedé con la boca abierta. ¡De dónde sacás esa inventiva nena...!
- Já! No es nada tía, ni siquiera pienso...
- Cómo que no, yo te escuché! Escribís bárbaro, che! ¿De dónde vienen tus ideas?
- La verdad tía... no me siento a “inventar”, esas cosas suceden... en mis sueños, yo sólo agarro lo que tengo a la mano y lo copio enseguida para que no se me vaya de la cabeza.
La mujer se quedó pensando un rato.
- Ay Clarita!
- ¿Qué pasa tía?
- Tengo miedo de que pierdas el don...
- ¿Qué decís? ¿Qué don?
- El de escribir...
- Pero te dije no es un don ni nada, no exageres, son sueños que transcribo, nada más!
- Si, pero es que podés dejar de soñar... Mirá, yo sé que hay cosas que vos no creés, pero esta vez escuchame. Nunca, pero NUNCA te toques la cabeza al despertarte, porque se te van a borrar todos los sueños!
- Ja já! Tenés cada superstición más tonta, tía!
- En serio nena... Ojalá que no pase, perderías ese don!
Como cada madrugada, la laboriosa mente de Clara hilvanaba sueños sabrosos que la hacían moverse en la cama y hasta balbucear unas palabras. Enseguida despertó alocada buscando en la oscuridad una lapicera, fibra, lápiz o algo para escribir. Nada en la mesa de luz, ni sobre la cómoda o la tele. Mas allá le pareció ver un marcador tirado bajo la ventana y se agachó a tomarlo, pero al levantarse se golpeó duramente la cabeza con la hoja abierta de la ventana y agarrándose fuertemente cayó sobre la cama en un grito de dolor.
Vinieron sus padres y su hermano al cuarto. Pronto estaban todos en el auto camino al hospital.
Dos horas después, estaba vendada y recostada sobre una camilla, le habían puesto cuatro puntos, antibióticos y analgésicos. Minutos después, apareció la tía Ñata enterada del asunto. Al verla recordó lo que le había dicho la tarde anterior en su casa, y se sentó de golpe en la camilla porque recordaba haberse agarrado la cabeza, pero del sueño que la llevó al accidente, nada.
Los vaticinios odiosos de la vieja tía solterona se habían cumplido esa madrugada y eso la perturbaba.
Pasaron los días, las tardes, las noches, y ya nadie se juntaba en su portón para oir historias. “La magia”, “el don”, se habían extinguido.
Una noche no pudo más con sus pensamientos y salió de la casa. Hacía frío pero no le importaba. Salió en camisón como poseída o hipnotizada, cruzó la vereda, la esquina, la calle, sin mirar y tampoco nadie la veía.
Golpeó la puerta ajada y gris de la que había sido la casa de su abuela. Volvió a golpear enajenada hasta que el grito de Ñata interrogaba desde el dormitorio:
- ¿Quién es?
- Abrime soy Clara!
Ñata caminaba lerdo pero tenía la impresión de que era algo urgente, y esta vez, se apuró. Abrió la puerta y la hizo entrar.
- Sentate querida... ¿qué te pasa?
- Vos lo sabías, lo deseabas....
- Qué decís, no entiendo nada!
- Decime la verdad, cuando me viste con mis amigos esa tarde en la vereda te carcomió la envidia, ¿no es cierto? Me viste acompañada, querida, admirada, joven, y quisiste destruir todo eso, ¿no? Ahora miráme bien!
Clara le agarró la cabeza por las orejas, la trajo hacia ella, y así cara a cara con su tía abrió aún más los ojos, que parecían dos huecos enormes y oscuros queriendo devorar a la mujer. Ñata sucumbió ante esa mirada penetrante y extrañamente todo su cuerpo comenzó a expeler un vapor, deshidratándose, consumiéndose hasta quedar reducida a un cuerpo seco, similar a una pasa de uva.
Clara salió de la casa. Regresó a su cuarto en una especie de sopor que la obligó a dormir. Y soñó.
Al final de ese año publicó el primero de sus best sellers: “Ojos asesinos”. Después vinieron: “Sueños del más allá” y “ La edad de los repollos”.
* Nunca dejes de soñar!
Subido por Viviana Sanchez
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