CADA NOCHE UN MUNDO DISTINTO |
Cada noche un mundo distinto.
Abrió los ojos aún cuando estos estaban cerrados y en su quietud caminó por el nuevo escenario, se maravilló con los colores del entorno, tanto que no se percató de la ausencia de los aromas. Bajo sus pies algo similar a la arena, pero su tono malva la asemejaba más a un atardecer sangriento, olas negras rompían la costa salpicando la playa y en la distancia el graznido de un ave; una luna rota de un azul profundo se desplazaba sensiblemente en el horizonte y sobre este, casi en el límite de la visión, rayos que surgían de la tierra buscaban nubes cetrinas y al alcanzarlas las hacían estallar en una lluvia multicolor.
Un mundo extraño este sin duda, esplendoroso en su aspecto y enigmático en su evolución, y él allí, como un error, una anomalía, un experimento de un dios aburrido. Ensayó unos pasos y el suelo intentó retener sus pies, tal vez aferrándolo con amor o quizá intentando tragarlo con odio; le costaba andar, sus piernas no parecían responder al estímulo de su mente, incluso su voz se convirtió en una masa espesa que se derramó entre sus labios deformándose en un vano intento por gritar; su cuerpo estaba a punto de perder el equilibrio en tanto su mente luchaba por no hacerlo, abrió sus brazos para amortiguar el impacto y sólo entonces notó que tenía alas. Maravillado las batió con delicadeza y sintió una inusual pérdida de peso, probó con mayor énfasis y la distancia con el suelo dejó de acortarse, ¿podría volar?
Estrenó sus miembros con ímpetu y el cielo lo devoró, fue un Ícaro afortunado, buscando el calor de un sol inexistente, en su desgracia su fortuna y en su vuelo una esperanza. Recorrió la curvatura visible del entorno, para descubrir que aquel era un mundo pequeño, quizá del tamaño de su propio cuerpo, con una superficie de piel y dotado de sentimientos. Cada vez le costaba menos esfuerzo volar, era ahora una parte del entramado celeste –pensó sin darse cuenta de la analogía con su propio mundo- aunque el cromo de la bóveda fuera carmesí.
Lentamente fue perdiendo precisión en los detalles del lugar, los sonidos se fueron apagando, los colores se llamaron a la calma y sus ojos se cerraron para abrirse, ahora estaba despierto.
Carlos César Contesti
www.argentinaenletras.com.ar
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