Los colores rebeldes |
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El sol pega implacable como todos los días, hace arder la piel y los colores, que gimen en rebelión. El pintor casi no puede dominarlos. Pero debe. El deber le pesó toda su vida y demasiado. No nació para los deberes. Es el alma de un poeta, la mente de un filósofo encerradas en el cuerpo cetrino y desgastado de un cartonero, que ni siquiera es tal. Un cartonero tal vez, viviría mejor que él. No, los deberes no le pertenecen, ni la ambición, ni la mesura, ni la coherencia, ni el dinero. Ni el padre severo, ni la madre, promiscua y fugitiva, ni la esposa adúltera y tramposa, ni siquiera le pertenece la totalidad de los hijos, frutos de la traición de esa cualquiera. Esa misma que vuelve día a día, con la excusa de esos hijos, la ropa, la comida y disputa hasta las chapas que hacen las veces de techo, hasta las yuyos que crecen desparejos, hasta las mascotas ocasionales que vienen por refugio. Lo disputa todo, todo el tiempo como si el engaño no fuese su argumento, como si tuviera derecho a disputar. Por eso es que ya no la escucha, ni le importa, sus quejas se le pierden como el devenir del río.
No le pertenece al pintor, ni su salud siquiera. Le quedó enredada entre las zarzas de todos sus vicios, porque los tuvo todos. Y de todos se encuentra redimido, pero el precio a pagar fue su propia carne, que se le consume a diario, bajo el calor impío del litoral, que diezma cuerpos e ideas.
Sólo los sueños le pertenecen. Y los recuerdos. Y la esperanza de que hay vida en esta vida mísera con la que pactó erróneamente una y otra vez.
Los gendarmes marchan por las calles terrosas, que quedaron perdidas en el tiempo y la distancia. Golpean la puerta de ese rancho miserable. Él les abre asustado, preguntan por ella. También por los hijos. Él no sabe que decir, ni sabe donde está. Busca en la precariedad, pero no hay nadie. “Ella no está” dice, “tampoco los chicos”. Se asusta de la fiereza en los ojos del milico, piensa que tal vez quiera matarlo y él solo, sin los hijos y sin ella. Pero sin decir nada, el soldado se da vuelta y se marcha. Está salvado, pero de qué?
Los chicos deben estar jugando en casa de algún amigo, es mejor eso que estar bajo la tutela irresponsable de esa madre, cuyos instintos fluyen cuando le viene en gana.
Pero ella, qué ha sido de ella?
Un sueño amalgamado a otro dio origen a esa deidad. Al principio, no pensó que fuera cierta, veía su letra, leía sus palabras, escuchaba su voz. Pensaba que era un invento de su imaginación prolífera, de su esperanza devastada. Un día se hizo carne y fue todavía más refulgente que en los sueños. Una deidad hecha de nieve y miel. Le prestó por unos días el pase a una dimensión de suavidad absoluta, esa en la que se gestan las madres de todos los tiempos. Le prestó su propia piel y sus entrañas. El pintor pensó que la dualidad se había terminado, que se habían terminado también la soledad, el dolor, las miserias. Creyó que eran uno, pero las deidades nunca son uno con la humanidad. Pasó como una ráfaga de aire fresco y bendito. Como un arcángel que anuncia un milagro. Pasó, con pena y con gloria. Y se fue, cerrando sus oídos y sus ojos.
La buscó vanamente en el verdor de la tierra, en las aguas fluyendo turbias. En la mirada de los hijos, que nunca la vieron y escuchan su nombre y ven su imagen como si se tratara de la estampa de algún santo. Es como un mito, o acaso, es un mito que su fe volvió carne dulce por algunos días. “No podés encerrarme como una nube, en una jaula de alambre” le dijo parafraseando a Vox Dei, ese día en la estación, mientras él la despedía con ojos inundados. Pero eso, justo eso, era lo que él quería: encerrar a la nube, sentir la bendición de su frescura. Pero las nubes son mutables, no le pertenecen a nadie, más que al viento. No se pertenecen ni a sí mismas.
Dicen todos que una mujer es mejor que una deidad. Es posible, una mujer está ahí a mano y es palpable, no muta. No tanto al menos. Claro, quienes lo dicen, no han estado nunca con una deidad. Pero se sabe que lo posible supera siempre a lo ideal, aún cuando por naturaleza, sea inferior. La mujer es amable, agradable, blanda, no es de nieve como la deidad, pero bueno, en definitiva es una mujer. Y por sobre todo, está cerca. Lo escucha, lo consuela, lo acaricia. Será acaso la respuesta a su plegaria rogando, por amor y por olvido?
El sol sigue azotándolo mientras lucha con ese cartel que se niega a terminar de pintarse. Sabe que si no lo termina no habrá sueldo, ni comida, ni ropa, ni remedios, ni nada para él, o para esos hijos que adora aunque alguno sea ajeno a su genética. Tal vez si sobrara algo, pudiera salir de esa ciudad aplastada por el clima y la ignorancia. Si fuera así llegaría hasta el lugar de la diosa, al templo, al menos para verla de nuevo. La evoca. Ella responde esquiva. Es evidente que ya no quiere ni oír su nombre y mucho menos saber de sus desgracias. Los dioses se agotan fácilmente del sufrimiento humano y lo solucionan dando la espalda para siempre.
Exhausto se entrega a los brazos de la mujer, blanda y oscura, que muy tierna parece consolarlo. Necesita con desesperación reposar en el pecho blando de una mujer, quizás porque el de su madre nunca estuvo para él. Se sumerge en el mar de sus caricias, de sus abrazos, de sus fluidos interiores.
Los gendarmes marchan por las calles terrosas. Golpean la puerta, la abren. Preguntan por ella y por los chicos. Pero no les interesa la respuesta. Una mano de hierro le aprieta la garganta desde el fondo de las venas. Exprime la sangre, la luz, el aire entero de esa fruta pobre y macilenta.
El sol está apagado por fin, como la tierra negra y calma, como el silencio, como un útero ingrávido. Y en ese silencio, los colores finalmente obedecen.
Subido por Silvina Ramos
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