MABEL URQUIJO |
MABEL URQUIJO
Mabel Urquijo tiene cuarenta y nueve años. Hace diez meses, en mayo de mil novecientos cincuenta y dos, un día después del entierro de su novio, cayó en la cuenta de que a la muerte de Ernesto, al igual que a la de su prima Celia en el invierno del cuarenta y cinco, a la de su tío Francisco un año más tarde, y a la del pobre doctor Acosta en abril del cincuenta, las había precedido un hecho en cuyas consecuencias no deja de pensar.
Y ya casi no se acuerda de otra cosa más que de aquella tarde en la que Victoria, su hermana, le dio la noticia. Estaba como hoy, junto a la ventana de la sala que da a la calle Arenales, sólo que en aquel momento tejía y ahora no. Ahora no hace más que mirar y escuchar cómo se aquieta la casa. Y las imágenes le vienen solas, unidas a la imagen de Ernesto pero cubriéndola de a poco, comiéndosela despacio, como las adherencias de un naufragio. De la cara ya no le queda nada, y ni siquiera la puede recobrar con las cuatro o cinco fotografías que llegaron a tomarse juntos en el poco tiempo que duró el noviazgo. Porque hasta de las fotos se le escapa, se le borra ni bien cierra los ojos, como si la corrupción de la sepultura ahora continuara consumiéndolo en su memoria.
Ese día era más tarde que ahora. Serían más de las cinco, porque ya había visto a Lisandro, su cuñado, entrar el auto en la cochera. Recuerda el ruido de la puerta al abrirse y el saludo de siempre: el beso en la mejilla para Victoria y otro en la frente para ella. Aún le es posible oír el lejano rumor de la radio en la cocina, a Pancha que quiere saber si ya puede servir el té, y el “esperá un poco que está por venir Ernesto”. Escucha la pregunta de Victoria sobre qué está tejiendo, y a ella contestando que “un chaleco, pero no le digas nada, mirá que es una sorpresa”. Después el “que raro que todavía no llegó”, y el “se habrá demorado, todavía es temprano”. La puede ver a Victoria encendiendo las luces porque ya se estaba haciendo la noche, a Lisandro en el sillón desdoblando el diario y comentando lo difíciles que se estaban poniendo las cosas en el país. Se acuerda que cada tanto levantaba los ojos del tejido y le echaba una mirada a la esquina de Rodríguez Peña para ver si lo veía venir. “Se ve que en la calle está haciendo frío”. Otra ojeada y Lisandro calculando que habrá que tomar una mujer para que le dé una mano a Pancha, porque quieras que no, después de la boda ya vamos a ser dos matrimonios viviendo en la casa. Otra vez los ojos que se le van sin querer para el lado de la esquina. “Ahí pasa don Cosme”. Ya son casi las seis. Cuando vuelve a mirar don Cosme ya ha desparecido del marco de la ventana. El timbre de la puerta. Pancha que vuelve de atender diciendo que don Cosme quiere hablar con la señora Victoria. Victoria que sale y ella que se mira con su cuñado que ha dejado la lectura del diario por un momento. Su hermana que la ataja en el vestíbulo y le dice que parece que a Ernesto le ha dado un ataque en la calle, frente al negocio de don Cosme. Don Cosme que le explica a Lisandro que se lo llevó una ambulancia al Hospital Rivadavia. Se ve subiendo las escaleras, tomar la cartera y un abrigo del placard, justo en el momento en que presintió que su novio ya estaba muerto.
Luego prevalecen las voces de consuelo, las condolencias, las caras afligidas, la congoja, la pesadumbre, y el tremendo cansancio con el que se durmió y se olvidó de todo al volver del cementerio. La increíble sensación de desconcierto que sintió al despertar bien entrada la mañana del día siguiente, y la pérdida cifrada en los ovillos de lana y las agujas abandonadas sobre la silla.
Y después… nada. Después Ernesto que se desvanece detrás de todas esas cosas, y diez meses en los que la vida estuvo en suspenso, en coma, atascada en el congestionamiento de sus cavilaciones. Poco menos de un año en cuyo transcurso sus pensamientos no le dieron un solo instante de sosiego.
“No puede ser”, murmuraba para si. “Parece mentira”, se decía cuando aún le quedaba un margen para creer que no era posible, que no podía haber conexión alguna entre la tragedia y lo que al parecer la había desencadenado. “Es atroz, Mabel. No podés torturarte así. Te vas a volver loca”. Y de sólo pensarlo se le erizaba la piel.
Pero tenebrosa o no, la posibilidad de que tal vez fuera cierto no dejaba de zumbarle en la cabeza. Aunque era ella, en realidad, la que le daba vueltas, la que de a poco le fue perdiendo el temor, la que permitió que se fuera extendiendo como una nube de leche en una taza de té.
“Porque por más que parezca descabellado, aunque uno se empeñe en pensar en que una cosa así es desde todo punto de vista inadmisible, tampoco es muy sensato empecinarse en pretender que semejante sucesión de calamidades, estén relacionadas nada más que por una desafortunada coincidencia. Algo tiene que haber. Algo cuya procedencia debe estar por encima de toda conjetura. Alguna misteriosa e insondable relación tiene que existir. Porque hasta tres veces pueden ser adjudicadas al azar, pero cuatro ya es un número que excede las leyes de lo fortuito. No, algo debe estar pasando conmigo. Y quién sabe desde cuando”.
Y al pavor que le provocaba sentirse en posesión de tan desmesurado dominio, le siguió más tarde una suerte de osadía con la que se permitió imaginar el modo de ejercerlo. A tal punto fue así que hasta se entretuvo en la elaboración de una lista que llevaba guardada en la memoria. En la columna de la derecha los que sí, en la de la izquierda los que no. Arriba de una quienes primero, abajo quienes después, más adelante, en otro momento. Encabezando la otra aquellos que casi seguro que nunca, y a continuación los que jamás, de ningún modo. Aparte tomó nota de los que ya estaban, con los que lamentablemente nada se podía hacer. Y sintió una lástima inmensa por la prima Celia, el tío Francisco y el doctor Acosta.
Lo de Ernesto, en cambio, era ciertamente distinto. Porque en el trasfondo de la melancolía empezaba a notar una borra de encono sin disolver que le degradaba la tristeza, un sedimento de rabia por haber sido nada menos que con él que las cosas se le presentaron con inapelable claridad.
El reloj dio las tres.
“Es increíble lo mucho que cambia todo con la llegada del otoño: Recién las tres. Todavía no se ha disipado el olor del almuerzo, no hace ni media hora que Victoria subió a tomar su siesta, apenas si se ha acallado el traqueteo de Pancha en la cocina y el día ya parece estar empacando sus cosas para irse”.
Y mientras piensa en esas cosas siente que el invierno se acerca. Entonces se arreboza, se envuelve en el saquito de lana, se acurruca, igual que el gato en el sillón de Lisandro bajo el casi último sol de la tarde. Y no es sólo a causa del frío que se estremece. Es el paso de un pensamiento macabro lo que le provoca esa agitación en la que se le mezclan el miedo a lo que está a punto de emprender y el impulso incontenible de hacerlo, el remordimiento y el rencor, la aflicción y el consuelo.
Piensa en la lista de los que sí. Por encima de todos los demás resplandecen los nombres de Matilde y Dolores Requena.
“Esas dos arpías resentidas y maliciosas, dentro de las cuales no queda nada que no huela a viejo y a cuyo paso se destempla la tarde y se ponen a temblar los gorriones en sus nidos. Sí, con una de ellas: Matilde, que creída de que sus palabras no me llegarían, o peor, luego de haber calculado que sí, se puso a decir que a cierta edad una mujer debería resignarse, y que un noviazgo entre dos personas grandes era a todas luces patético. Que sea ella la que confirme si la muerte de Ernesto ya estaba escrita o se enhebró en la misma urdimbre en la que quedaron enredados los demás. Y ojalá que las pague. Ya va a ver lo que recibe a cambio de sus palabras esa chismosa de feria”.
Estaba decidido.
Las cuatro. Victoria ha bajado de su habitación.
-¿Qué te parece si mañana nos vamos al cine, Mabel? En el Splendid dan Un tranvía llamado deseo. Podemos quedar con Lisandro y encontrarnos.
Mabel no dice nada, escucha.
-Claro que nosotras podríamos salir un rato antes y tomar el té en El Aguila ¿Te gustaría? Dale, no seas tonta. Total es viernes.
Y Mabel acepta. Se siente más animada. Tener resuelto lo de Matilde Requena le ha cambiado el humor. Y Victoria lo nota y se pone contenta, la besa, y ella se deja mimar, contenta de darle motivos de alegría a su hermana. Pancha también lo advierte, lo mismo que Lisandro que no tarda en decirle que tiene mejor semblante.
-Entonces, está decidido, mañana nos vamos los tres al cine.
Y Mabel toma el té con ganas, con satisfacción, como hacía mucho.
“Voy a empezar el sábado a la tarde”, se dice. “Cuando Victoria y Lisandro ya estén el club y Pancha haya salido a visitar a sus parientes en Ramos Mejía”.
No quiere que nadie la vea.
“Ahora tiene que ser así, en secreto, en mi habitación, en horas de la siesta”
El domingo no podrá, tendrá que interrumpir por un día.
“No importa, después tengo toda la semana por delante”.
Miércoles. Tres días y ni noticias. Sigue. Le queda una hora hasta que su hermana se levante. El teléfono. Se detiene y espera. Hace un esfuerzo por escuchar pero es imposible, la puerta de su habitación está cerrada. Aguarda un poco más. Nada.
“Un llamado sin importancia. De haber sido algo grave con toda seguridad que Pancha ya habría subido”.
Las cuatro. Guarda todo y baja.
El jueves es lo mismo. El viernes no hace nada, descansa, piensa, y no deja de esperar.
El sábado resuelve moderar el ritmo porque no quiere pasarse. A la noche hay invitados. “A Mabel se la ve muchísimo mejor”, es el comentario de todos. Pero la verdad es que está un poco ansiosa, cree que ya tendría que haber novedades. De todos modos mantiene la fe en lo que hace y trata de que no se le note la ansiedad.
Lunes, Martes, y otra vez el Miércoles. Llovizna y se ha levantado viento. El invierno está cada vez más cerca.
El jueves sale a caminar. Mira vidrieras, se distrae, entra en una librería de Callao y sale con una novela de Jane Austen. Trata de no pensar pero es imposible. Siente frío y decide regresar. Garúa. Al doblar la esquina de Montevideo y Arenales ve a Lisandro sacando el auto. Se apura. Frente a la puerta tropieza con Victoria.
-Matilde Requena está internada en el Fernández.
Mabel da un respingo, aunque no por lo que su hermana supone.
-Algo en la cabeza… No sé. Nosotros vamos para allá. Acaba de telefonear Dolores. Se la notaba muy angustiada, imaginate…
-Bueno, vayan, vayan. Yo me quedo, mejor. Cualquier cosa llamame.
Un beso y se van.
Pancha le sirve el té en la sala. Lo toma despacio y sin decir una palabra. Se diría que con cada sorbo trasega un poco del resto de verdad que le queda sin beber. Lo apura hasta el fondo y siente con qué rapidez el líquido se le va templando el cuerpo, con que facilidad se puede absolver de las muertes que todavía le nadan en el alma, y con qué extraordinario desapego ve deshilacharse la vida de Matilde Requena en su conciencia.
A las seis y media las luces de la casa ya están encendidas. A las ocho suena el teléfono.
- Matilde ha muerto, Mabel. Un derrame cerebral. Nosotros vamos a llegar tarde. Vos quedate, si querés... En todo caso, mañana…
Le dice a Pancha que no piensa cenar, que está cansada, que se recostará un rato.
“Ya está”, piensa. Abre el cajón de la cómoda y procede a destejer la bufanda que le estaba tejiendo a Matilde.
“El invierno que viene será el turno de Dolores. Y el siguiente el de Álvaro Salcedo, ese sinvergüenza…Y así sucesivamente”.
Subido por Jorge Fernandez
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