Pero la vida es dura.
Cuando Pedro habia llamado a las casas de remate de la ciudad algunos habian aceptado hablar con el respecto a rematar su negocio, sus libros. Pero cuando les dijo que era lo que tenia para rematar, el interes se habia desvanecido.
Finalmente un rematador, un hombre de pelo blanco, unos diez o quince años mas viejo que el, y muy bien vestido habia aparecido a ver su negocio. El hombre habia sido amable, pero tal como Pedro ya sospechaba, le habia dado malas noticias. Poco y nada habia de valor en sus libreria. No habia Biblias de Guttenberg, no habia mapas antiguos, no habia hermosos manuscritos decorados por monjes. No habia primeras ediciones de Tennessee Williams, ni siquiera de Stephen King.
–No creo su inventorio se pueda vender de otra manera que llenar cajas de libros y venderlas por unos pocos pesos, lo unico que quizas de pueda vender mejor es su coleccion de juguetes. Por lo menos sacaremos algo para que pueda comer bien por un tiempo, – dijo el rematador.
--Y el edificio? Pedro habia pregunatdo.
El rematador miro a su alrededor, –Si estuviera en otro barrio. . . .
El rematador movio su brazo indicando los edificios caidos, los negocios abandonados, el comedor gratis para pobres y mendigos.
– Quizas los juguetes,-- repitio el rematador —mirando la vitrina llena de osos de peluche, delicadas muñecas, soldaditos de plomo, autitos, trenes, bolitas de marfil y tantos otros juguetes que Pedro habia coleccionado.
Pedro apreto la mano del rematador y prometio llamarlo si decidia hacer algo con los juguetes.
Esa misma tarde junto todos los libros de Edna Ferber que pudo encontrar. A Margarita le gustaba todo lo que la autora de ‘Azabache’ habia escrito.
Cuando Pedro le dio los libros que traia, Margarita se dio cuenta que su amigo no se veia bien. Evidentemente estaba triste, agobiado por algo.
–¿Vas a venir al parque pasado mañana?
Con todo lo que tenia en su mente, Pedro se habia olvidado completamente de que en solo dos semanas mas seria Navidad, y que la escuelita local estaba por poner su fiestita de Navidad con un pesebre poblado con niños y maestros en un parque cercano.
–Me imagino que si, alli estare,-- contesto Pedro. Dando un rapido beso a la mejilla de Margarita, Pedro se subio a su vieja camioneta para manejar de vuelta a su negocio. A su hogar. Mirando por el espejo retrovisor mientras se alejaba vio que Margarita agitaba su mano en despedida.
Los ojos de Pedro se humedecieron. Como le hubiera gustado poder llegar a la puerta de Margarita manejando aunque no fuera nuevo, un hogar rodante, para que pudieran viajar juntos en el. Como le hubiera gustado darle el anillo de compromiso que habia comprado en un monte pio y preguntarle si aceptaria ser su esposa y acompañarlo a ver el mundo que habia pasado de largo a ambos.
Pero ahora ese sueño no se cumplira jamas, De ninguna manera le pediria a Margarita que lo acompañara en su pobreza. Ahora no podia ofrecer a Margarita otra cosa que su fracaso.
Una vez que se estaciono en frente de su pobre libreria, miro los fracasos que lo rodeaban, lo que en una epoca habia sido una calle alegre llena de negocios que ofrecian todo lo necesario para vivir bien y feliz ahora no quedaba nada. Todo era abandono y miseria.
Por un momento casi arranco la camioneta y se largo a manejar sin rumbo alguno.
A andar hasta que la vieja camioneta se rompiera o hasta que el dinero en su bolsillo no pudiera comprar mas nafta. Su mano toco la llave, pero al final dejo el motor sin arrancar. La fantasia murio y Pedro se bajo de la camioneta y con paso arrastrado abrio la desvencijada puerta y entro a su libreria.
El dia siguiente amanecio tan gris como su futuro.
Con un café recalentado en la mano, Pedro empezo a caminar su vida.
Los libros, los jugetes, los discos, las cintas, las peliculas. Todo lo que el tanto habia querido ahora no valia nada. Nada.
Y eso lo decidio. ¿Para que tratar de vender o rematar nada? Los ricos de ahora no querian sus pobres tesoros. Para que amargarse mas tratando de sacar unos centavos.
Mas bien, porque no regalar todo, todo, a aquellos que tenian menos que el.
Si! Eso era lo que tenia que hacer, antes de subirse a la camioneta y perderse en algun camino abandonado por el tiempo y la vida.
Tenia que regalar todo, dar todo.
Sintiendose como si tuviera veinte años de nuevo, Pedro empezo a acarrear los jugetes a la camioneta, cuando no entraron mas en ella, engancho un viejo trailer a la viaja chata y lo lleno tambien. Cuando no quedaba un solo juguete en el negocio, se dio cuenta que pese a lo frio del dia estaba sudando. Habriendo una gaseosa para tomar busco los cartones blancos mas grandes que pudo encontrar y con grandes pinceladas escribio, GRATIS! LIBROS GRATIS! ELIJA TODOS LOS QUE QUIERA! En otro carton escribio CINTAS, MUSICA! TODO GRATIS, LLEVE LO QUE QUIERA, y finalmente en un ultimo cartel escribio – SUEÑOS GRATIS. DISFRUTEN!
Una vez que habia pegado los carteles en las ventanas del negocio abrio de par en par las puertas de la libreria y subiendose a la camioneta se fue a regalar los juguetes.
Cuando se paro detras del hospital de niños, un guardia se acerco.
–No se puede estacionar aqui, es solo para las ambulancias.
Pedro salto fuera de la camioneta. –Mire, traigo esto para los niños, – y abrio las puertas del trailer y de la camioneta para mostrar los juguetes.
El guardia lo miro asombrado. En momentos, enfermeras, enfermeros, familiares y hasta medicos y guardias empezaron a acarrear los juguetes dentro del hospital.
Una de las enfermeras le dio un fuerte beso, –Siempre quise besar a Papa Noel.
De vuelta en su libreria Pedro vio que varias personas estaban alli esperandolo.
Un muchachon de mala cara, apreatndo varios libros de enciclopedia en las manos lo interpelo – ¿Cual es la trampa?
– Ninguna trampa, son gratis, elije lo que quieras, todo lo que ves es gratis.
Uno de los linyeras de la zona lo miro, – ¿porque haces esto, es cierto que podemos llevar todos los libros que queremos?
–Si! Es casi Navidad, es mi forma de festejar las fiestas. Paz en la Tierra, buena voluntad a los hombres.
Una pareja de viejitos estaban llenando una bolsa con libros de cuentos. –A los nietos les van a gustar, gracias a Ud. Tenemos que regalarles.
Una y otra vez, alguien se acerco a agradecer a Pedro su generosidad.
Pedro hasta se sintio mal de que en realidad habia regalado todo por no poderlo vender.
Esa noche se decidio a remediar ese error.
Al dia siguiente vacio su cuenta de banco y con eso compro latas de comida que regalo a la cocina de los pobres. De alli puso toda su ropa excepto por lo que vestia encima del mostrador y alli tambien puso un cartel, GRATIS, SI ESTA ROPA LE SIRVE ES GRATIS. Total, algo de nafta quedaba en la camioneta y con eso despues de la fiesta en el parque le alcanzaria para ir a buscar el resto de su vida.
Cuando ya parecia nadie mas queria llevar los pocos libros y revistas que todavia quedaban en los casi vacios estantes, Pedro los cargo y se fue a distribuirlos en los asilos de ancianos. Nuevamente enfermeras y asistentes, medicos y famila lo ayudaron a descargar, asi los ancianos tendrian algo para distraerse.
–Siento no tengo nada mejor para darles, – dijo Pedro.
–No importa,-- contesto una de las mujeres que lo ayudaban a descargar, --de las revistas podemos cortar ilustraciones y hacer decoraciones y muchas otras cosas.
Ya de vuelta a su casi totalmente vacio edificio, uno de sus viejos clientes se aproximo a agradecerle.
–Me lleve todas las revistas de trenes que encontre, mis nietos y yo las vamos a disfrutar muchisimo. Feliz Navidad.
Pedro sonrio. Todos sus tesoros habian encontrados hogares que los querian. Feliz, se apuro a dirigirse al parque.
Margarita estaba hermosa en su vestido al estilo de las Navidades de Dickens.
Como siempre el pesebre en vivo estaba lleno de problemas, los pequeños actores se olvidaba sus lineas, tropezaban uno con otro y en general todo era un comico desastre. Pero la gente disfrutaba.
De repente una nota de admiracion corrio por entre la muchedumbre.
Tres camellos portando tres Reyes Magos tan bien vestidos que parecian reyes reales habian aparecido acercandose al parque. Mientras todos admiraban a los tres reyes, la voz corrio de que venian del circo que estaba acampado no muy lejos, y que oyendo del pesebre y la obra de teatro en el parque habia venido a participar.
Los tres reyes resplandecian, la gente estaba emocionada, hasta los tres chicos que debian representar los reyes no se quejaron de tener que dejar de lado su actuacion.
Cuando finalmente todo termino, Margarita y Pedro se fueron a sentar en la sala de la casa de ella.
–Que tarde extraordinaria.-- Dijo Margarita –Y esos tres reyes! Y los camellos! Que maravilla!
Pedro sonrio, efectivamente asi habia sido.
–Me contaron lo que hiciste, -- sonrio Margarita – ¿que piensas hacer ahora?
–Tengo algunos ahorros,-- mintio Pedro.
–¿No vas a extrañar tus libros, tu coleccion?
–No, – Pedro trato de mostrar indiferencia, en su bolsillo el anillo quemaba. -- Sin nada que me ate, ahora estoy libre de ir adonde quiera. Hablando de eso, mejor me voy pienso salir esta noche o mañana temprano. Pedro se levanto y tratando de no mostrar que se le estaba rompiendo el corazon, beso suavemente la mejilla de Margarita.
Margarita no dijo nada, ella estaba enamorada de Pedro, pero evidentemente el solo la consideraba una amiga, y estaba ansioso de buscar una nueva vida.
Cuando Margarita lo acompaño a la puerta, Pedro queria gritar que la queria y que no se queria ir. Pero no lo hizo. Mejor que Margarita pensara solo eran amigos, y el ahora seguia con su vida. Despues de todo, Margarita estaba bien y comoda en su casa y con su jubilacion de maestra, que no alcanzaria para dos.
Como siempre hacia, Pedro miro a Margartita por el espejo retrovisor mientras se alejaba de ella. Esta vez, Margarita quedo saludando su adios por mucho mas tiempo.
Pedro casi freno y corrio a abrazarla.
Pero no, mejor asi. Ella estaria mejor sin el.
Esa noche estaba muy cansado para empezar su viaje, y como hasta la cama habia dado, estaciono la camioneta y durmio en ella.
Al otro dia entro a la vacia libreria y se sento en una desvencijada silla que era todo lo que quedaba de sus muebles, y con un largo suspiro dio su adios.
A travez de los grandes vidrios del frente del vacio negocio, vio llegar el Mercedes Benz del rematador.
–¿Que estara haciendo aca? Se pregunto Pedro.-- Y salio a recibirlo.
–Mi buen amigo, -- dijo el rematador ni bien se bajo de su auto. –Como no me dijo de esto antes.
–¿De que?
El rematador se rio, –Ustedes los antiquarios, siempre jugando bromas a los pobres rematadores.
Mientras Pedro se preguntaba de que estaba hablando el hombre, este abrio la puerta de su auto y lueo de ponerse unos blancos guantes de algodon, con supremo cuidado saco un enorme libro y lo mostro.
–En realidad lo deberia haber dejado en la boveda de seguridad del negocio, pero no pude evitar la tontera de traerlo. Sentirlo a mi lado por un rato es una experiencia que no me quise negar, y de seguro Ud tambien lo quiere ver por una ultima vez.
Pedro miro el hermoso tomo recubierto de labrado cuero y filigrana que parecia ser oro y plata, evidentemente el libro era una maravilla de antiguedad y de increible valor.
Pedro nunca habia visto un libro tan maravilloso fuera de un museo o de un catalogo.
Sin darse cuenta que lo estaba haciendo Pedro tomo el libro de las manos del rematador. Este no parecio molestarse por el hecho. Pedro abrio las paginas y la belleza de las ilustraciones lo dejaron atontado.
–Quien sabia que el Monje Herimann habia ilustrado otro libro.-- dijo el rematador-- Mas de ochoscientos años y tan perfecto como si lo hubiera ilustrado ayer.
Pedro comenzo a decir algo, pero el rematador continuo.
--No se como hizo usted para mantenerlo en tan perfecto estado, pero no importa.
Solo puedo decir que Ud. me ha hecho un gran honor ar permitirme ser el que lo va a vender. Y tal como les dije a sus tres amigos cuando me lo entregaron. Solo voy a pedir dos por ciento de la venta.
Aturdido por el libro y por lo que el rematador estaba diciendo, tonteria que no tenia sentido porque parecia que el remador creia que ese extraordinario libro era de el, Pedro comenzo a decir algo de nuevo, pero de nuevo el rematador no lo dejo hablar.
–My estimado amigo, no se preocupe por mis dos por ciento, vender su libro me va a hacer tan famoso como la gran casa de remates Sotheby! Ud. seguro sabe en 1983 ellos remataron el otro libro que el Monje Herimann illustro. Y obtuvieron casi 21 millones por el. En ese momento ese fue el libro mas valioso del mundo. De seguro, este, el suyo se va a vender por eso y mucho mas.
Esta vez Pedro encontro su voz. –¿El Monje Herimman, Sotheby, veintiun millones de dolares?
–No se preocupe, tal como le dije a sus tres amigos, los magos, no fue ningun problema hacer autentificar el libro, y de seguro esa suma puede ser duplicada y hasta triplicada hoy en dia.
--¿Los magos?
El rematador se rio, –no necesita explicarme porque vinieron a traerme el libro vestidos de esa manera, me explicaron claramente de Ud. les pidio me entregaran el libro camino de la obra de teatro sobre el nacimiento del niño Jesus en el parque.
Temprano en la mañana del seis de Enero, Pedro cuidadosamente estaciono el reluciente hogar sobre ruedas que acababa de comprar.
Le habia costado trabajo manejarlo por lo grandote que era, y porque su vieja camioneta estaba atada atras.
Los vendedores le habian tratado de vender un auto nuevo para tirar detras del fabuloso hogar sobre ruedas, pero Pedro no iba a abandonar su viejo amigo por nada.
Ademas, por mas millones que la venta del antiguo libro habia producido, Pedro sabia que Margarita estaria de acuerdo que la mayoria del dinero deberia ser utilizada para ayudar a los necesitados mas que para lujos personales.
Pero de seguro los tres magos le perdonarian gastar un poco para disfrutar la vida junto con Margarita.
Con el anillo del monte pio apretado fuerte en su mano, Pedro salto los tres escalones de la entrada a la casa de Margarita y toco el timbre.
En los linteles de la casa, las luces de Navidad brillaban alegremente.
En un lejano establo el recien nacido sonrio mientras los Tres Reyes Magos se acercaban para adorarlo.