EL Gigantosaurio
Recuerdos de Catamarca y Santiago del Estero.
El Dinosaurio estiro su largo cuello. Algo lo habia despertado. Sin comprensión miro el largo trazo del cometa que habia entrado la atmosfera de su hogar. Millones de años mas tarde un grupo de mineros en búsqueda de berilo o de mica descubrieron sus huesos.
Todos sabian que el alcalde de Lavalle coleccionaba huesos y trastos indios. Un sufrido burro fue elegido para recibir la pesada carga. La mandibula del dinosaurio era casi tan grande como el pobre animal. A paso cansino, burro, dinosaurio y hombre empezaron la larga caminata a traves de subidas y bajadas, después de cruzar un par de vados, transitar por senderitos entre espinillos y pencas catamarqueñas las polvorientas calles del pueblo empezaron a delinearse. El minero sacudio el polvo del camino de sus cansados hombros, hasta el burro parecio sacudirse para estar mas presentable.
La transacción completa, el burro ya sin carga quedo atado a raquitico algarrobo y el hombre entro al almacen. El cuarto del costado con su piso de tierra barrida contenia unas pocas sillas y mesas descuageringadas. En un costado un viejo televisor de marca Aero-Mar reflejaba en su gastada y apagada pantalla la figura del minero, la mesa adonde se habia sentado y la botella de ginebra que le hacia compañia. Excepto por el hombre y el televisor el lugar parecia abandonado no solo por sus ocupantes, sino tambien por la suerte.
A tres cuadras, en la vieja casona de adobe, el alcalde admiraba los restos del dinosaurio que acababa de comprar. La mano del funcionario, tan gastada como los huesos de la criatura no solo muerta sino tambien extinta, recorria la gigantesca mandibula como tratando de comunicarse con el pasado. La vida era dura en su localidad. Poderse rodear del pasado milenario era lo unico que lo mantenia vivo. Los comunicados de Buenos Aires por cierto no conducían a la longevidad. Illia acababa de ser derrocado, otra junta se acababa de hacer cargo de las suertes de pueblerinos y baqueanos por igual.
Como simpre que algo asi sucedia los gauchos y las chinas de la zona, igual que el y los otros leidos de los pueblos y caseríos de la zona se pegaban a la radio y con deseperacion nacida de tanta experiencia esperaban que la voz quejosa de Cafrune o de Libertad Lamarque reemplazaran Bethoven y Mozart. Hasta que eso no pasara, hasta que la musica popular desalojara la clásica, nadie se podia quedar tranquilo. Nadie podia volver a las mañanas de café con leche o mate dulce o las noches de caña y cuentos de riquezas no obtenidas, de historias no completadas, de luz mala o de fantasmas alumbrados por estrellas y lunas.
‘Contame, contame,’ gemio el alcalde. ‘¿Monstruo del pasado, como fue tu vida? ¿Tan rara, tan solitaria como la mia? ¿Tan extraña como la de mis gentes? Sabes, la esposa de mi hijo se suicido. Quien la puede culpar, quien puede aguantar este viento, estos soles, estos frios, este pais. Mi hijo no la puede olvidar. Ha puesto la llave del panteón en su llavero, y a veces se va a dormir alli, abrazado al féretro. A veces pienso se ha vuelto loco. Otras veces pienso quizas esta mas sano que yo. No se que voy a hacer con tanto hueso viejo. Uds si que eran gigantes. Sabes, tengo el diente de uno de tus parientes que es mas grande que una damajuana de 20!’
‘Señor, Señor." La voz de la cocinera lo devolvió al patio de quebradas baldosas y profundo aljibe. ‘La cena esta servida.’