LIBERACIÓN FINAL |
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LIBERACIÓN FINAL
Ruidosos truenos hacen temblar la tierra, el calor agobia, el cielo se torna cada vez más oscuro y grandes gotas de agua comienzan a caer; golpean pesadamente lo que encuentran a su paso. Se descuelgan de las tejas del techo, resbalando y arrastrando la suciedad acumulada hasta caer al suelo. Allí forman agujeros diminutos en la tierra. Josefina las observa con pena, se identifica con esa tierra herida, siente el dolor en su rostro y en su alma, las gotas horadan su carne y penetran hondo. Haciendo daño. Ahoga un quejido que amenaza salir a la superficie. No lo logra. Entonces, deja que se libere y salga como un sonido agudo e irritante, incomparable con cualquier sonido humano.
Josefina cierra los postigos de las ventanas, una a una, va de habitación en habitación, despacio, deslizando sus pequeños pies sobre los pisos de madera deslucida. Aísla una vez más el exterior del interior de la casa.
Tropieza con el sillón tapizado en brocato dorado, desteñido por los soles que, por años y años, han invadido la sala. Un sillón que, al igual que los restantes muebles de la casa no se mueven de su lugar habitual. Ni siquiera para limpiarlos. Ya no le interesa. Todos los ambientes tienen olor rancio. La propiedad está descuidada. Los que no saben de la existencia de ella dirían que es una casa abandonada.
Cada día que pasa Josefina siente el olor más penetrante. Hiere sus fosas nasales. Sabe que no es la casa. El olor proviene de ella misma.
El último postigo está cerrado, ahora ya no ve los oscuros y frondosos tilos ni el lóbrego muro gris que encierra su pequeño mundo. La soledad la rodea y las desvencijadas paredes de la casa solariega se le vienen encima. Día a día caen sus despojos y llenan de polvillo sus esperanzas de una existencia diferente.
Con movimientos lentos, los que sus atrofiados músculos le permiten, arrastra las largas vendas blancas que se han desatado de sus piernas. Se enreda. Sus dedos, escamosos, sin uñas tratan de arreglarlas. No lo consiguen. Se sienta en el polvoriento piso, desalentada se queda con las piernas extendidas y ríos de vendas a su alrededor.
Vendas, kilómetros de vendas. Podría tapizar los sillones Luis XV, pegarlas en tiras a las paredes para ocultar los manchones de humedad, tapar las goteras del cielorraso, hacer rollos gigantes como fardos de pastura, envolver cuadros, marcar los senderos que rodean los canteros de rosas, utilizarlas para hacer caminos nuevos, señalar curvas o hacer círculos que lleven a un centro, y allí clavar en la tierra el principio de un rollo y estirar hasta encontrar una salida, o empaparlas en la fuente del jardín y girar alrededor de ellas envolviéndose como un paquete. Aunque luego sería difícil despegarlas de las costras. Dolería. Más todavía.
Ya no le quedan sábanas ni manteles ni cortinas, hasta las carpetas del altar de la capilla ha cortado en tiras largas e infinitas para utilizar como vendas. Es su pasatiempo favorito. En las largas tardes de invierno, tijera en mano, corta y corta vendas y apósitos.
Ha perdido la cuenta de los años que lleva viviendo sola en esa gran casa. Recorre los pasillos con los retratos de los antepasados colgados en las paredes, testigos mudos de su destino. Inventa historias diferentes para cada uno de ellos, algunas con finales felices y románticos, otras con finales terribles, brutales y descarnados. Cambia pequeños detalles, los imagina vivos y los sitúa en distintas épocas, pero ese juego también la cansa y lo abandona por períodos largos hasta que lo retoma otra vez y allí de vuelta a imaginar otros detalles nuevos. Luego están las marcas desteñidas que dejaron los espejos, huecos en la memoria de las paredes, vacíos que no se cubren, figuras desnudas esperando ser pintadas con el color de la vida. Ya hace tiempo que destruyó todos los espejos, no soporta verse reflejada.
Cuando era una niña creyó que los niños eran así, como ella, con esa piel purulenta y escamosa, casi como un reptil. Veía a sus padres hermosos, con los rostros suaves y tersos, con el color de los duraznos maduros y esperaba con ansías crecer y ser como ellos. Pero eso nunca ocurrió. Pasaron los años y su cuerpo y su rostro no mudaron de aspecto.
También estaba el sufrimiento físico: sus articulaciones parecían inflamarse y le dolían tanto que creía que iban a estallar, sus miembros se deformaban y las escamas adquirían diversos tonos, picaban y se ulceraban, convirtiéndose en grandes agujeros de carne putrefacta que despedía un hedor difícil de soportar.
Josefina aprendió a convivir con una realidad que espantaba. La fortuna que poseían sus padres no alcanzó para encontrar una cura a su terrible enfermedad.
El único contacto humano fue con sus padres. Tuvo su amor. La rodearon de comodidades pero no dejaron jamás que otras personas la viesen. Al sentirse diferente, ella tampoco quiso nunca ver a nadie.
Aprendió dolorosamente que su mundo era pequeño, limitado a lo doméstico, ni libros ni relatos supieron conformar su sed de aprender. Algunas veces se aventuraba a un rincón del jardín y apoyaba su oído a la muralla de concreto que la separaba del mundo exterior. Quedaba largo rato tratando de escuchar la vida que bullía del otro lado, pero sólo escuchaba trozos fragmentados de conversaciones hechas por transeúntes pasajeros, o ruido de vehículos que no sabía identificar. Entonces se alejaba y buscaba el abrigo de lo conocido. La casa. Su amparo le entibiaba el espíritu y le brindaba la paz que necesitaba.
Aunque las madrugadas la encontraban vagando sin rumbo por los interminables pasillos, con un desasosiego difícil de calmar.
Así fue como Josefina niña se transformó en mujer. Murió su padre, años después su madre. Con el silencio de la soledad a cuestas, agarrado a las hilachas de sus vendas malolientes, siguió en la casona, presa sin ser culpable en una cárcel sin rejas, de puertas abiertas, donde nadie sabía salir ni nadie sabía entrar.
Un solo lazo humano de unas cartas mensuales enviadas por el administrador de su fortuna la mantenían comunicada. Persona que jamás habría de ver, pero que cuidaba que sus necesidades básicas como alimento, ropa y enseres estuvieran cubiertas por medio de envíos mensuales dejados en la puerta de servicio.
En esta tarde tan negra como el infierno mismo, Josefina, encerrada en su prisión, levanta con esfuerzo una pierna, el lío de vendas enredadas forma un montículo a su lado, con los dientes tironea hasta romper el pedazo que cree que desenredará los nudos. Con dedos como garras trata de enrollar una punta, con infinita paciencia hace girar el rollito. Gruñidos de satisfacción surgen de sus agrietados labios. Hace tanto tiempo que no habla que hasta olvidó cómo hacerlo. Tampoco podría, ya que su lengua se ha convertido en una esponja negra tan grande que cuelga de sus labios permitiendo apenas el paso del aire.
Afuera la tormenta ruge endemoniada, tiembla la tierra, cruje la casa y con el silbido siniestro del viento sonando en su cabeza como violines y trompetas, Josefina suelta el rollito de vendas por los aires, desarma torpemente los vendajes de brazos y piernas, suelta las tiras que sostienen su vientre, queda desnuda, vulnerable, su cuerpo de nervios y músculos deformados se contrae. Cae un granizo de escamas purulentas descarnando las llagas que sangran y sangran...
Sus huesos se licuan, víboras de tendones y venas se arrastran por el suelo, se yerguen apoyándose sobre las columnas de la entrada, con dedos contrahechos logra destrabar los cerrojos. Abre la puerta y recibe la lluvia en su rostro como una bendición. Camina tambaleante, mientras el agua purifica sus llagas. Llega a la fuente, los angelitos que escupen chorros cristalinos parecen cobrar vida cerrando filas a su alrededor. La obligan a mirar hacia abajo, se encuentra con el reflejo monstruoso de su cara. Otro espejo para romper. El último. Hunde el desfigurado rostro en el estanque y no lo vuelve a sacar. Un rayo violeta parte el cielo en dos...
Susana María Cavallero
Subido por Susana Cavallero
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