NEGRO SIDERAL |
No podía creerlo. Después de casi veinte años el broche regresaba a mis manos.
Qué fue de ella le pregunté. La muchacha sonrió dulcemente y esquivando mis ojos recorría el bar con su mirada para luego dejarla descansar en la pared, sobre la cual reinaba una fotografía. Sólo dijo una frase lacerante y breve. “¿Qué fue de Margot...Señor?, partió ayer de sus cenizas”. Sin decir mas la joven se dirigió hacia la puerta para luego desaparecer en el vertiginoso brillo de oropel de la ciudad.
Miré el prendedor. Cerré la palma y me la lleve al pecho dándome suaves golpes. Golpes que me hacían recordar aquél acto de contrición que me enseñara el cura Tulio.
La emoción del regreso me sacudió las fibras para desempolvar mi traqueteada osamenta. Miré el bar con un brillo delator en los ojos, y ante la quietud que danzaba en las mesas, me lo llevé a la boca para besarlo y por unos instantes lo dejé sobre los labios como pidiéndole perdón por tanto olvido.
Vertiginosamente el pasado regresaba para arañarme las arterias, mientras me desangraba de nostalgia, me besó con su amargura la razón, entonces, comencé a rezar la dulce letanía de su nombre...Margot...Margot... y me pareció escucharla...
“Oh mar que con las olas juegas
sin importarte mi dolor.
Oh mar que de mí reniegas
por qué te burlas de mi amor”
Así era Margot, cautivante, misteriosa, elegante, audaz. Una cascada de color glaseé se desbarataba por su espalda, tenía una piel luminosa, y los ojos, esos ojos color del tiempo que hacían flaquear hasta los muros.
Era demasiada delicada para ser del bajo, con una dicción casi erudita. Dos años le cuidé la piola, o mejor dicho, le aguante el sueño de ser cantante.
La última noche me clavó una hoja acerada en el costado...me parece verla...
“La bocanada espesa del ambiente de cafetín se abrió para darle paso. El rumor se mudó al silencio y desde las mesas los corazones se aceleraban entibiando las pupilas de los parroquianos.
Fue en noviembre esa última noche. Una noche afiebrada por el asfalto. Margot avanzaba insinuante entre las mesas del bar, como sierpe sobre arena caliente. Se acercó al piano que siempre la aguardaba sonriendo con su perfecta dentadura.
Cansinamente acarició la espalda del pianista, quien tembló sabiendo, - presumí - que con ella era en vano estremecerse. Luego como una vigía ensoberbiada giró para mirar entre el humo cómplice, los rostros grises perdidos en su propia desolación. Noche de café y canción. Allí se encontraban en una conexión de voluntades, los esclavos de su voz.
Más de uno en esas noches, mientras cantaba, se le trepaba por los muslos intentado asomarse al escote puntiagudo y desvergonzado, rutinariamente de color negro sideral, luego se le enroscaba bajo el cuello de encajes para luego desde allí arrojarse suicida a su boca.
Las pocas mujeres que solían acompañar a los varones, creo que la envidiaban secretamente.
Siempre antes de cantar, se quitaba la boina azul, los guantes como un rito nocturnal. Ese momento era para los oyentes la antesala del embrujo. Para mí, era el momento donde ella apostaba todo a la revancha en la vida.
La última y negra noche, entre ruido de sillas cayéndose, mesas derribadas, voces alteradas, apareció él. El espacio se quebró en un silencio total...“Per favore figlia, per la amore de Dío ritorna.. tua mama te chiama, piangere molto...ritorna figlia...
Ante el auditorio Margot era una estatua de sal. Dos robustos jóvenes sacaron casi a rastras al viejo. Así, sin el más mínimo atisbo de perturbación ella empezó a cantar.
“ Oh mar que con las olas juegas
sin importarte mi dolor.
Oh mar que de mí reniegas
por qué te burlas de mi amor”
Yo que la conocía profundamente, sentí que ya no sería la misma, porque en su mirada había un nombre que se le desbocaba en llanto. En ese instante un presagio me cerró la garganta. Aquella noche, Margot, mi Margot, dejó en todos los presentes, una impronta que nadie podría alterarla, ni mucho menos borrarla.
Al día siguiente encontré sobre el piano una caja forrada en felpilla roja, dentro de ella la boina azul el cuello de encajes, los guantes y una pequeña esquela en que rezaba “siempre estarás conmigo”.
Casi enloquecí.- Maldije al viejo por arruinarme, le cargué a su cuenta las horas de protección y la pieza que le di sin cobrarle un mango, y más, le hice el aguante con la locura de ser artista.
Bueno, mía era la culpa, no había podido negarme ante esos ojos. Todo ese día me rompí la cabeza pensando dónde podría estar la infeliz, si se las había tomado sin cobrar, seguro que no tenía un mango.
Pero faltaba el broche. Me lo va a hacer guíta, me lo va a hacer guíta -. La piedra es auténtica, si mi vieja se entera que una desconocida le usa el broche...Que la retiró, tano desgraciado, me arruinó el negocio repetí hasta el cansancio. ”.
Como no sabía que hacer con sus pertenencias y para alimentar el recuerdo en su ausencia, coloqué en el bar una vitrina para que perversamente la añoraran.
En las noches siguientes, cuando el frío arropaba mi costado, me pregunte muchas veces si la causa de su abandono no habría sido porque nunca le dije que la amaba.”
Y hoy, después de casi veinte años, el prendedor regresaba a mis manos.
Me mire las manos largamente. ¡Mis manos! La muchacha, la joven tiene en una de sus manos una mancha como la que tengo yo en mi mano... y su edad... Su edad, son tantos como los años en que Margot se fue.
Salí a la calle corriendo intentando alcanzarla, pero por segunda vez la vida me hacía trampa.
Ya nadie canta en el bar, las caras van cambiando rápidamente, todos están de paso, siempre apresurados, sólo yo me he quedado.
De vez en cuando miro su rostro en el cuadro y sonrío dolorosamente. Desde aquél día en que vi. a la joven, siempre sonrío amargamente. Hay momentos en que le digo, -no te voy a perdonar jamás Margot-, hurtaste parte de mí y te la llevaste oculta en las entrañas.
Tengo ganas de vender el bar pero siempre desisto. Siempre termino quedándome.
Quiero estar cuando la joven regrese, porque sé que volverá, a ella también le robo Margot parte de su historia. Sólo hay una cosa que me consuela mientras aguardo, cantar.
Canto...
“Oh vida que con mis sueños juegas,
sin importarte mi dolor.
Oh vida que de mí reniegas,
por qué te burlas de mi amor.
Dime Margot, cómo podré
después de verte en ella,
volver a unir el corazón.”
Centaura
Subido por Beatriz Teresa Bustos
| Comentarios - Escribí tu comentario |
09/06/09 | 14:17: Alibel Lambert dice:
|
Buen cuento, bella y triste historia.
|
|