La maquina del azar |
Muy bueno
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La verdad es que no entiendo muy bien porque me duele tanto esta vez. Mas allá de todo lo que la amo, de todo lo que la deseo, más allá de todas las veces que la desnudé, acaricié, besé y acompañe hasta que terminamos cerrando los ojos sintiendo lo mismo, no es la primera vez que imagino y siento todo esto por una mujer.
Tampoco es la primera vez que termina como terminó, yo con todo el placer y ella casi sin enterarse. Porque de lo único que se enteran es de que las amo, cuando se los digo luego de haber lanzado miles de indirectas, que para mi dieron en el blanco y fueron correspondidas una por una, aunque más tarde me venga a enterar que no, que ni siquiera se percataron. A veces creo que la vida me tima…
Mi nombre es Octavio Horacio Ocampo, ya lo digo sin cuidado, no queda honor por salvar detrás del nombre y tampoco va a cambiar mucho porque se los diga. Simplemente es una costumbre, como cuando le decimos a alguien que se siente, y le señalamos una silla. A mi la vida me hace lo mismo, me dice, enamorate y me señala una mina, cuando me voy a sentar me la corre.
A esta la conocí en la facultad y el cuentito se fue dando cada vez más lindo.
Llegue tarde a la primera clase de Biología y me senté en la ultima fila, ocupando el antepenúltimo asiento que quedaba. Como a los cinco minutos (calculen quince de comenzada la clase porque yo había llegado tarde) siento que alguien me toca el hombro y me pregunta _ ¿Esto es la clase de Biología? _ Sí, Le contesto, la cátedra de Dalmasso _ Ah, gracias, me siento acá, ¿está ocupado? _ No!, sentate, yo también llegue tarde, dije con un guiño en la sonrisa.
Cuando termino la clase me preguntó el nombre, yo hice lo mismo, y nos fuimos cada uno por su lado, yo, para el lado que iba ella y ella, ella yo pensaba que venia conmigo.
La cosa se fue dando tan de golpe que casi no mi di cuenta de nada. A la tercera clase ya me había convertido en su confidente, discutía con el novio porque mi teléfono estaba en su agenda, muy a pesar de las reiteradas ocasiones en que el muchachito se lo había borrado, dejaba de lado a las amigas por verme y estudiar conmigo y podíamos pasar horas en el bar de enfrente a la sede, entre mitocondrias y proteínas, entre fantasías subidas de tono que terminaban en confesiones sibilinas.
Hasta el cronograma parecía corresponderse con nuestra historia, empezamos por algo tan frío como una célula y terminamos con la meiosis y la reproducción sexual, promocionando los dos.
Un día, luego de la cursada, me llamó para decirme que quería verme. Se había peleado con el novio y necesitaba hablar conmigo. En ese momento me sentí en una popular, viendo como un centro pasado sobra al arquero, va a caer a la otra punta del área chica y aparece una cabeza que nadie esperaba, frena la pelota, la vuelve a empujar pero con más fuerza y apuntándonos a nosotros y dos manos nos empujan desde la espalda, despegamos un pié de la tribuna, abrimos la boca y hacemos lo mismo con el de adelante. Ahí se paró la escena cuando cortamos y me fui a cambiar, para estar en punto en una esquina de Buenos Aires, esperando que llegue un ratito más tarde como acostumbraba hacer.
Empezó contándome todo lo que el novio no hacía, siguió con todo lo que ella le daba y termino con lo que a ella le gustaría que le dieran. Yo empuje con todo y abrí grande la boca, salí corriendo escalones abajo y resultó que no, que “no era para mi palo ese gallinero”. Me dijo muy triste que me quería mucho como amigo y que le gustaría seguir de esa manera. Yo le dije, está bien, me pareció feo insultarla después de decirle que la amaba y nunca más la vi ni la llamé.
Nunca más hablé de ella con mis amigos y me desentendí de sus consejos acerca de insistir para ganar su amor. Simplemente, no creo que se pueda ganar o conquistar el amor de alguien por el ejercicio de la insistencia. Ya había hecho meritos suficientes para enamorarla, sino estaba en mis brazos, era porque nunca se iba a enamorar de mí.
Yo fui más sincero que el resto, y más noble conmigo mismo, decidí no mendigar amor.
Pero con el tiempo, su ausencia se hacia cada vez más presente, jamás la volvería a ver ese era mi destino y sentí la necesidad de escapar. Estaba dispuesto a aceptar que no me amaba, no me quedaba otra, pero no me iba a resignar a perderla, no podía tolerar un segundo más sin verla.
Me sobraba tiempo, puesto que me lo había reservado para estar a su lado, teóricamente hoy tendría que estar comiendo en su casa, así que lo use para mi propósito, algo que imaginé de chico y que ese día llamé “La maquina del azar”.
Mi cabeza era un insoportable juicio a mi infortunio. Todas mis neuronas se ponían de acuerdo para recordarme que nunca la tendría. Lo cotidiano era insoportable e inútil. Insoportable, porque pasar los segundos no tendría el consuelo de verla al final del día, ni a la mitad, ni nunca. Inútil, porque ningún logro me serviría para disfrutarla.
Pasar cada segundo duele mucho cuando no se es todo lo que yo no soy. Atravesar cada segundo nos cuesta a todos porque siempre viene otro y otro y luego de terminar con nosotros siguen viviendo, pasan y nos llevan con ellos.
Mi cabeza estaba llena de pendientes interminables, de frustraciones interrumpidas por fracasos, de las llamas de la pasión que terminaron por consumirse sin nada que quemar. Pero sabía que también en ella, aun perduraban pedazos de la ilusión que sentí aquel día, papel picado de las fantasías que habíamos echo coincidir aunque nunca se cruzaran. Mudas de la piel que iba dejando cada vez que ante ella me desnudaba. Y decidí sacudirla bien fuerte, como a una esfera de nieve, enérgicamente. De esta manera flotarían por mi cerebro las pendientes interminables, que ahora serían interrumpidas por la ilusión del primer día. Las llamas de la pasión, quemarían el papel picado de las fantasías. Todo esto que era tan real no lo sería. Mis innumerables pieles envolverían mis fracasos, ya no se interpondrían entre nosotros.
Y así, dispuesto a esto y a nada del resto, eche mano a ilegibles garabatos que dieron como fruto lo que a continuación estaré presentando.
Mi maquina del azar, donde todo puede ser cierto, donde el tiempo es un capricho de nuestros idas y vueltas psíquicos.
Partiremos de un prisma de base rectangular. Si quieren exactitud y medidas, les sugiero de base 200cm, de ancho 100cm y de altura, otros 100cm, quedando determinada la estructura de la siguiente manera: como techo y piso, las bases de 200cm cuadrados, como paredes laterales ambos paralelogramos de 200cm cuadrados y para cerrar la figura, cara anterior y posterior, los paralelogramos de 100cm cuadrados.
La comodidad abruma en el lugar. Suele resultar empalagosa la idea de sentirse a gusto. Quizás, al inventarla pensé en darle al viajero la seguridad que todo turista reclama. De luz, una sola, que ilumine tibiamente y que se vaya esfumando de a poco, que se pierda junto con nosotros. De esta manera, cuando nos miramos, nos hace la idea de que nos vemos pero no por mucho más tiempo, que el día sigue pero hasta ese horizonte oscuro nada más, casi palpable con la punta de los dedos. La oscuridad nos acorrala pero la luz nos protege. La luz nos protege pero no por mucho más tiempo.
Casi no podemos ver lo que nos rodea, ese manojo de nostalgias y de recuerdos que nos imponen la vida que llevamos como si fueran dos rieles.
Debemos escoger uno de los paralelogramos de 100cm cuadrados para determinar cual es el anterior y cual es el posterior, cual es el sentido y la dirección. No se bien porque, pero la elección de uno de ellos como anterior, deja excluido para siempre al otro de ese privilegio. Colocaremos en la cara anterior, algunos elementos, claves para el viaje e indispensables, a saber: un reloj y un amuleto de buena suerte.
El reloj, sirve para certificar una de las cosas que este artefacto pretende lograr, viajar por el tiempo sin la necesidad de atravesar cada segundo. El amuleto no se, que Dios los ayude con ese dilema.
Sobre el piso, pegado a la cara anterior, colocaremos el motor, la vida y el corazón de esta maquina, que quedará representado a simple vista por un escalón.
Ingresamos por las caras laterales, encendemos la luz, y colocamos sobre el escalón, que oficia de motor, la cara de ella, su ultima sonrisa, aquellas miradas disparadas para lastimarnos pero que las recibimos tan gustosos e ingenuamente. Recordamos sus gestos, el calor de sus manos que nos siguen quemando aunque ya estén lejos. La luz que es siempre la misma ya comienza a cansarse. La oscuridad, que recién se despierta de una larga siesta, la trae con ella y me la pone frente a frente, el motor, hace saltar sus inquietos resortes, suben y bajan, se alternan en el tiempo, el papel picado vuela y cae, haciendo chisporrotear las llamas de la pasión, el motor se estremece y ronronea furioso, los resortes ya locos se agitan incesantemente, una fantasía la caza al voleo y la acuesta a mi lado, se está haciendo tarde y la extraño demasiado, que tengan buenas noches.
Subido por Javier Frigoni Banchero
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