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LOS MIRONES
Francisco Arrotea mira desde su departamento del 4° piso que da al bajo. Coloca el telescopio en dirección al edificio de enfrente del otro lado de la avenida. Carlos Gurrutia, con sus binoculares mira en dirección al edificio que da al bajo. Luego de escasos minutos la trayectoria de las miradas de ambos mirones convergen. Hipócritamente, los hombres se saludan, disfrazando el resquemor puritano que uno siente por el otro fruto de la cotidianeidad con que se produce este hecho. Ambos abandonan la visión del otro y buscan calmar las ansias en los atributos de alguna mujer desprevenida. Sin embargo, ninguno depone la actitud de espiarse de a ratos.
Por el bulevar del centro de la avenida hace su aparición una mujer morocha de pelo ondulado y largo. Un metro setenta y cinco de altura. Un cuerpo de una voluptuosidad increíble. Zapatos de tacos altos y un vestido rojo fuego, con un imponente tajo y un escote de una generosidad extrema. Carlos Gurrutia, siguiendo su instinto de mirón experimentado dirige sus binoculares en dirección a los bocinazos de los conductores. Entonces se produce la magia: Carlos Gurrutia, focaliza sus binoculares para una mayor nitidez. Es tal la fruición con la que mira que ésta se vislumbra en su expresión corporal. Sus latidos se escuchan en toda la habitación. Siente un profundo ardor en sus entrañas. A punto de estallar. No percibe que la emoción desmedida con la que observa a través de los binoculares lastima la cuenca de sus ojos. Un leve pero creciente jadeo brota de su boca de dientes sumamente torcidos y podridos.
Mientras tanto, Francisco Arrotea mira absorto a la quiosquera de la esquina como de costumbre. En eso, dirige el telescopio hacia el departamento de Gurrutia y lo observa. Lo ve en una pose extraña y con movimientos misteriosos, como si le estuviera haciendo el amor a la pared. Algo común, pero no tanto. Entonces, dirige su telescopio en dirección a lo que está viendo Gurrutia, y la ve. Atónito no comprende, y no logra disfrutar de la fastuosa mujer porque siente una profunda envidia de que Gurrutia lo haya primeriado. Entonces le echa una puteada a la quiosquera. En ese momento, se produce un hecho atípico en sus vidas: la mujer mira hacia ambas ventanas y les hace un gesto a los mirones. Deja un celular en la vereda del bulevar y se va. Ambos mirones presenciaron el acto de la mujer y cada uno se atribuye a sí mismo el guiño femenino. Se miran fijo el uno al otro, se despojan rápidamente de sus objetos y salen a toda velocidad en busca del preciado tesoro. Arrotea en su carrera frenética golpea en el palier a su vecina del tercer piso, ésta le propina un paraguazo y una serie de insultos irreproducibles que desenmascara y a la vez describen perfectamente el aspecto físico y psicológico de Arrotea. Gurrutia, dada su renguera, debe esperar el ascensor. Llega el ascensor y en el mismo viene bajando Dora. Le habla del problema de los caños rotos del baño que Gurrutia debe reparar. Éste en lo único que piensa es en la mujer y en Arrotea.
Una vez fuera de los edificios, los hombres se aprestan a cruzar la avenida. Los fisgones se miran y ninguno se atreve a dar el primer paso. La avenida arroja su esplendoroso río de autos de las 18 hs. Ese cruce peatonal es de los más peligrosos de la ciudad. Los semáforos están programados de manera tal que la gente llegue corriendo a salvo al primer bulevar antes de que los feroces automovilistas los arrollen. Las miradas de los hombres se conectan y se interpretan como el reflejo vivo del pensamiento humano. Cualquier alteración en las miradas predice el hecho futuro de los cuerpos. Ambas miradas se dirigen hacia el celular abandonado.
Arrotea, en un acto sumamente arriesgado, cruza la avenida en rojo y logra llegar a salvo arrojándose y cayendo estrepitosamente hasta el primer bulevar. Agachado y tomándose las rodillas con ambas manos, pesadamente absorbe el oxígeno perdido en tal proeza. Mientras los feroces automovilistas lo adornan de improperios, bocinazos y escupidas. Gurrutia anticipó el hecho de aquel y rogó que los arrollara un auto. Los bocinazos y las frenadas se multiplican. Gurrutia sacando provecho de su discapacidad, cruza con las manos extendidas y también lo logra. No sin antes, causar una gran congestión en el tránsito que podría haber pasado a mayores. “¡Paralítico de mierda!” Grita Arrotea.
Ambos están a un bulevar de distancia del objeto de deseo.
Las miradas vuelven a decirlo todo. Es un reto, y el ser más evolucionado logrará su cometido. En ese momento suena el celular con un poderoso timbre, similar al de un despertador viejo y los dos hombres escuchan el llamado.
Sin ningún tipo de miramientos. Con la ausencia total de una mesura racional y salvadora, Gurrutia y Arrotea se lanzan desesperadamente hacia el objeto. La sordera morbosa del hombre que sólo mira un punto eterno, les impide ver y escuchar nada de nada de su alrededor. A punto de llegar, en el medio de la avenida ambos hombres son arrollados simultáneamente. En ese preciso instante, el celular deja de sonar.
Subido por gustavo AN
| Comentarios - Escribí tu comentario |
07/05/09 | 09:47: amalia rojas araya dice:
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bueno...estos dos...mirones...son propios de la ciudad...sacando las palabras demás y algunos...pequeños errores, el tema es muy bueno, para reir con esos pobres desgraciados....la mujer too much...( demasiado..menos es mas...)
ADELANTE CON LOS CUENTITOS CORTOS..Y PULIR PULIR PULIR...
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