LA MAESTRA RURAL |
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LA MAESTRA RURAL
La circular Nª 5286 del gobierno Federal de Educación decía así: Destino próximo. Traslado al campo a enseñar a los adolescentes indios que fueron atrapados en el último malón que trató de asolar la estancia “La Isabelita”, nombre dado en honor a la católica de la madre patria, aunque, muchos años más tarde algunos revisionistas le achacan la alusión a la otra Isabelita, las señora del general P…
Lo que no especificaba la circular era que Amanda Azcona iba al campo castigada por negarse a poner en su pecho la divisa punzó.
Amanda subió a la diligencia un lindo día de primavera de 1846, cuando el ciclo escolar ya estaba avanzado, casi terminado. Ella demostraba claros signos de estrés, consistentes en visión borrosa, imposibilidad de pensar con raciocinio, en ver un niño y tener ganas de gritar, así por que sí. Pero fiel a su vocación de educadora e imposibilitada de solicitar una merecida licencia por psiquiatría, ya que en esos tiempos todavía no se había implementado, cosa que ocurrió en beneficio de todas esas almas sacrificadas cómo un siglo y medio después, siguió adelante y aceptó con gusto su nuevo destino.
Así es que Amanda, con un modesto equipaje comprado en almacenes criollos y no traído de Francia o España, donde se vendían esos exquisitos encajes y sedas, inició su viaje al interior de la provincia de Buenos aires, casi al límite con el Tandil. Un viaje que demandó muchos días de incomodidades que le sirvieron para pensar en su futuro proyecto educativo.
Analizando objetivos y métodos viables para el educando, empezó a anotar algunos puntos:
1) Disciplina. Como primera, segunda y tercera medida ¡Disciplina! Puntero y mano dura. Afinar la puntería hacía la nuca del estudiante, se dice que es más resistente que otras partes de la cabeza.
2) Fabricación de gorros de burro. Como no sabía con que material didáctico contaría, se arreglaría con elementos de la naturaleza, hojas carnosas, varillas de totoras o lanzas en desuso, ya vería…
3) Hora de manualidades. Sería bueno que las indiecitas cosieran sus propias ropas empleando agujas hechas de hueso de pollo. Bordarían la bandera o tejerían carpetitas con tiento sobado.
4) Los varones fabricarían las agujas. Sembrarían una huerta. Habrá que pedirle semillas al gobierno federal, no se sabe si las traerán de España en barco o el Ministerio de Educación las incautará a algún exportador.
5) Introducir como quien no quiere la cosa: Escritura obligatoria tema: “La vaca”
Animal más que preciado en el campo. Si no les gusta ese tema, optaré por usar mis métodos de persuasión con el puntero.
Amanda no sabe si estos puntos funcionarán, ni que grupo de alumnos le tocará en suerte, pero algunos objetivos le parece que no resultarán, lo de la bandera cree que ya la bordaron las mendocinas, así que esa idea la tachó.
Después tendría que escribirle a Socorro, su última compañera contándole todas las novedades, pero ya lo haría cuando tuviera tiempo.
La tierra entraba en la diligencia y se pegaba al rodete y al vestido de Amanda, el lazo rojo que se había puesto en el pelo porque no quería más problemas, ya estaba algo desteñido por el sol y el polvo, pero por suerte todavía se notaba el color, no fuera que algún espía degollador campestre estuviera al acecho.
-¡Soo! El cochero tiró con fuerza de las riendas, y los caballos se frenaron al instante.
Amanda miró por las ventanillas y lo único que vio fue un campo pelado allá a lo lejos unas sierras oscuritas, escuchó el zumbido de los insectos, algún que otro mugido y sintió un calor pegajoso infrecuente en aquella época del año y nada más.
-¿Qué pasa? ¿Por qué paramos aquí?- preguntó al conductor.
-Ya llegamos señora, tiene que cruzar el arroyito y allá está el fuerte.
-¿Dónde? No veo nada
-¡Ahí! Detrás de aquellas lomas. Yo no puedo llevarla porque acá es la parada oficial, no me puedo desviar. Pero es cerca, dos o tres días y llega tranquila.
Amanda se agarró el pecho con la mano, creyó que se le saldría el corazón por la boca, tal fue el impacto de la noticia.
-¡Pero no puede abandonarme en medio del campo! Falta poco para la noche.
-Vea señora, la empresa me suspende si no entrego la unidad en horario-dijo el cochero.
-¿pero que horario ni horario? ¿Quién se va a enterar si me lleva hasta allá?
-No puedo -dijo adusto el conductor y azuzó con el látigo a los caballos que partieron raudamente volviendo por el camino que habían venido.
Amanda suspiró, trató de arrastrar el baúl con todas sus ropas y libros y no pudo moverlo ni un milímetro. Se sentó desconsolada sobre un tronco caído y empezó a desempacar, por lo menos usaría el baúl de techo para resguardarse del frío de la noche, mañana vería…
Ella pertenecía a una raza educada y no era su costumbre insultar ni siquiera en sueños, pero esa noche se acordó y no precisamente bien, de rosas, Sarmiento, Manuelita y el cochero. Luego durmió bastante bien.
El piar de los pájaros y el calor del sol sobre la cara la despertó. Abrió los ojos y lo primero que vio fue un par de ojos marrones, fieros, que la miraban. Ahogó un grito y enseguida se encontró rodeada de indios medio desnudos, sucios y flacos, que daban alaridos y le tocaban el vestido, abrían los libros y gritaban cada vez que veían un dibujo estampado en las páginas, le revolvían la ropa y uno de ellos se había puesto en la cabeza un calzón de puntillas ancha, el más nuevo que tenía. La miraban y hacían gestos extraños que Amanda no quiso darse cuenta que significaban.
¿Se reían o estaban enojados? Amanda no comprendía, tal eran los aullidos que daban.
Sin perder el aplomo y sacando a la educadora innata que era, empezó a dar órdenes gritando más que ellos.
-¡A ver! ¡Quietos ahí! Usted, el de las crenchas sucias, no toque esos libros que los va a romper. ¡El de los ojos torcidos, se para allá, contra el árbol!
Y así los fue ordenando hasta que logró ponerlos en fila.
-¡Distancia! –gritó bien fuerte.
Los indios la miraron sin entender. Ella fue uno por uno, poniéndole el brazo derecho en el hombre del de adelante, y así nació una práctica largamente usada en los siguientes doscientos años.
Los indios se rieron, Amanda ni lenta ni perezosa, les hizo juntar todas sus pertenencias y que cargaran el baúl. Así en comitiva se dirigieron al fuerte.
Vacas no vieron muchas, algunas flacas y de pelo feo, caballos había más.
El fuerte, era un rancho rectangular con una atalaya medio derruida. Tres soldados nada más estaban a cargo. El capitán Tasaldo con su esposa, el cabo Mallardo, el soldado raso Trillan y el fraile Barodi era todo lo que quedaba después del malón. Dieciocho indios y cuatro indias, dos viejas gordas y dos jóvenes feas. Habrá problemas se dijo Amanda.
Como no había lugar para Amanda, ni escuela, un indio bueno le prestó su carpa de cueros de peludos. Allí la maestra armó su biblioteca, su dormitorio, su cocina y su escuela. El baño afuera.
El primer día del ciclo escolar estaban todos. Las autoridades en primera fila. Se izó la bandera, mientras los indios se reían bobalicones y la señora del Capitán, con la cara empolvada hacía muecas de superioridad. El cabo Mallardo se durmió cuando Amanda dijo su discurso. Esta hablo de la importancia de la educación en el progreso de los pueblos libres y el deseo de que se ampliara la matrícula para el año siguiente. Los alumnos bastante limpios, seguían haciendo gestos extraños y estiraban las manos para tocar a sus compañeras. Luego repartió el material didáctico y dispuso las reglas para el nuevo año lectivo:
Entregó ramas lijadas a cuchillo, con punta bien finita para escribir en la tierra.
Penachos de cardo para barrer las instalaciones.
Cazuela de barro cocido para regar el terreno.
Delimitó la tierra con estacas para armar el espacio del patio de recreo.
Designó dos auxiliares para la higiene del lugar.
Una de las indias gordas, para cocinera del comedor escolar.
Eligió un indio ágil para profesor de gimnasia en forma temporaria.
Secretaria no, era un puesto por concurso y el nombramiento llegaría desde Buenos Aires.
Ya ese primer día hubo problemas de indisciplina y sufrieron una baja en el turno mañana.
El Keto, un indiecito tuberculoso, se murió. No por la enfermedad, otro indio le hizo una broma y le quebró el cuello sin querer.
Amanda lo retó y le dio más tarea para hacer en la casa.
Fue muy difícil la enseñanza. Amanda llegó a pensar que los caballos y las vacas aprendían mejor que esos salvajes.
Como los indios estaban acostumbrados a montar caballos, comer caballos y usar cuero de caballos, no tenían muy registradas a las sufridas vacas, que por esos lugares eran flacuchas y arruinadas, entonces, por más que pensaban y pensaban, no se les ocurría ninguna composición con el tema: ”La vaca” Eran muy brutos y solo querían pelear y hacer otras cosas inconfesables.
Desanimada la maestra escribe a Sarmiento y éste, luego de seis meses le contesta:
-“Mi estimada señorita Amanda Azcona. Tengo el agrado de dirigirme a usted. Para comunicarle que el Sistema Educativo Argentino, ha sufrido un cambio radical (con perdón de la palabra) No se le ocurra seguir con el sistema actual. Ya recibirá las circulares correspondientes para que comience la capacitación docente, para ello contará con dos días de asueto para realizar el curso. Eso si, insista, insista con sus educandos para que tomen como base primordial el tema “La vaca” Sin otro particular, la saludo muy cordialmente.”
Clara terminó de leer la carta, miró hacía la anchura infinita del campo, hizo un bollito con la hoja de papel, la tiró sobre las brasas ardientes, donde se estaba calentando la pava para el mate y decidió allí mismo no seguir con las reglas del Ministerio de Educación Federal.
De ahora en más cambiaría su profesión de educadora por la de “Madama” y convertiría la escuela en un burdel, ya que en esos meses observó las habilidades de todo su alumnado y el personal a cargo. Al estar lejos de las ciudades, los soldados que regresaban de la frontera, pasaban por el fuerte y las indiecitas eran muy atentas con ellos, recibían numerosos regalitos. Además el fervor que evidenciaban los propios indios, los cuales se entreveraban al amparo de los ombúes con las chicas de las estancias, y ni que hablar del ardor que demostraban por la propia Amanda.
¡Eso era educación!
Amanda envió con urgencia una carta de renuncia a su cargo de maestra rural al Ministerio de Educación Federal, colgó un escudo color punzó en el frente de su domicilio (por si acaso), se soltó el tirante rodete, escotó todos sus vestidos, se empolvó las pálidas mejillas con tiza roja y ¡!A otra cosa!!
CAVALLERO Susana
NOTA: Este cuento está escrito con las idea de “LAS MAESTRAS ARGENTINAS” De Roberto Fontanarrosa. Yo tomé el mismo personaje, con otro nombre y en otra situación.
Subido por Susana Cavallero
| Comentarios - Escribí tu comentario |
14/01/10 | 17:27: Vanesa dice:
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excelente susana. Me fascinò.
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