AL ATARDECER, LA CASA |
AL ATARDECER, LA CASA
La casa negra, con tan solo una ventana. Una ventana llameante, se ve plantada sobre el solar vacío, a la luz del ocaso, con el cielo rosado cómo testigo de su soledad.
Apoyados los codos en la barandilla de la entrada, quedé mirando el espectáculo y me figuré enseguida que mí alma se había empezado a mover, a deslizar en la noche que se aproxima. Las sombras se alargan, entre las inmóviles ramas de los delgados arbolitos, que tratan de sobrevivir junto al banco con el asiento medio podrido. Ese banco, que en los días de mí juventud ocupaba al atardecer, especulando y soñando con las alas livianas que me llevarían hasta las estrellas mismas.
¡Mí joven soledad!
¿Qué me pasa? Me siento perdido, derritiéndome en el aire pesado del ocaso. Nunca tuve tantas ganas de llorar. Ahí está, en lo más hondo de mí pecho, la angustia de revivir un pasado que no debería volver. Tendría que quedar con las calaveras de cráneos desnudos a salvo de parientes y la corrosión reptante. Debería quedar sellado dentro de la negra vasija del tiempo.
Lejanos los perros con variados ladridos fracturan el silencio. Ranas invisibles aúnan su cántico ocasionando un coro desparejo.
Inmóvil, miro hacía la ventana que derrama la luz cómo gota dorada de miel. Me estremezco. Abro la chirriante verja, y avanzo a través de los desperdicios que cubren el suelo, igual que las almas de los muertos, han quedado herederos de un mundo brutal.
Con sonido vibrante, empujo la puerta carcomida por las polillas, entramos, mi sombra y yo.
Los tejidos corroídos de las paredes no pueden ocultar el abandono y un picor en los ojos riza la lágrima que no se puede detener y cae desvergonzada por mí mejilla.
Excrementos de paloma, algunas de ellas, aves disecadas con sus alas marchitas se confunden en el polvo.
La tristeza, cómo entonces, en aquellos días lejanos, sonríe y aparta el rostro. Respiro hondo. Es necesario que haga una separación entre le movimiento y la razón. Tengo que olvidar lo que sucedió aquí, más allá de la muerte vale la pena nacer. Tengo que transcribir una copia en limpio y dejar atrás los fantasmas.
Me digo a mí mismo mientras estoy parado en la oscuridad: -¡Sal de mí precioso ser! Agárrate con fuerza a un tallo, a la ventana, aférrate a cosas, a la primera lámpara encendida, a un ladrillo caído, no pienses en la juventud presuntuosa que te llevó a cometer tantos errores.
Mira sin pasión, es una vieja casa a punto de derrumbarse.
Ya no están las florecillas lilas iluminadas por esa luz fabulosa de la luna en lo alto, ni las sendas del parque, ahora agrandadas por el recuerdo, ya no queda nada de eso.
Hay paredes descascaradas, ojos agrandados que lloran lágrimas sucias desde los cielorrasos agrietados, baldosas rotas que dejan asomar tallitos verdes, último vestigio de vida entre tanta muerte.
Ya no está el hombre que me llama con vozarrón de trueno, ni se escuchan las enérgicas zancadas, ni sus ojos llameantes de furia o de amor desviado. Hace mucho que lo vi morir. Me convertí de ese modo en un ángel salvaje, ejecutor, que saliendo de la bruma de engaños, desperté a la realidad y clavé dos amparado garfios en su pecho.
El niño con quien fuiste tan severo quedará perdonado si yo obtengo tu perdón. En la aislada fortaleza donde conservamos una pizca de razón, me avisa que ya se terminó, no es más que una casa de ladrillos viejos, cal y arena que no quiso ser testigo de la barbarie.
Entro al fin en la habitación y encuentro una lámpara de kerosene parpadeando, que mira con un ojo llameante. Hay diversa basura, una cama que no es cama del todo, una lata abollada, papeles sucios, un par de sillas rotas y un espejo bisqueante. ¡Lástima!
Algún indigente quedará sin techo. Esta casa me pertenece y estoy dispuesto a venderla.
CAVALLERO Susana
Subido por Susana Cavallero
| Comentarios - Escribí tu comentario |
|