UNICA SALIDA |
UNICA SALIDA
La lluvia arrecia y cae en cataratas sobre la desprotegida ciudad. La oscura figura humana corre por las rotas veredas, saltando los charcos estacionados en los bordes de las calles cuando pretende cruzarlas. Todo es agua, un agua helada que empapa las ropas y penetra aguijoneando la carne de la espalda y la cabeza. No deja pensar en nada. Tampoco quiere pensar. Sólo es lo urgente del momento, de la situación de prisa, tiene que llegar a un lugar reparado que lo salve del aguacero.
Pero es muy difícil, no encuentra ningún portal abierto, ningún techo donde guarecerse. La ciudad se ha tornado su enemiga, calles y veredas resbaladizas, edificios altos con sus bocas selladas. Cuadras interminables azotadas por oleadas de viento y agua que chispea metálica bajo los amarillentos focos del alumbrado público.
El hombre, ya por completo calado hasta los huesos, corre enceguecido por el agua que chorrea desde su cabeza hacía sus ojos.
De pronto se detiene y queda observando el cielo que se ilumina con los insistentes rayos fulgurantes.
Luego, mira a su alrededor y se da cuenta que un portón inmenso de madera negra con herrajes dorados abre su boca y lo invita a entrar.
Ernesto, tal el nombre de esta persona, acepta la invitación y entra sacudiendo las gotas diamantinas que están adheridas a la tela de su piloto gris, se alisa el pelo con dedos ateridos de frío, saca un pañuelo del bolsillo y se seca la cara y las manos, después, con el mismo pañuelo limpia los zapatos negros sacándose el barro que los salpicó
Un coro de voces melodiosas se eleva y derrama su sonido en el aire. El olor dulzón de las orquídeas blancas que adornan el lugar produce un ligero vértigo. Las maravillosas lámparas, con su rosario de caireles suspendidos en el espacio, iluminan la fastuosidad del sitio, jugando un juego de luces y sombras sobre el público ubicado en los asientos.
Ya recompuesto, Ernesto avanza hacía el frente del recinto. Su elegancia nada dice de los momentos pasados en la calle. Una vez ubicado, mira a la gente reunida. Todos están allí. Todos esperan. El, es uno de los protagonistas de la noche. A un costado, hacía el fondo del salón, descubre los ojos verdes, de mirada penetrante, de mirada triste, dolida, que le reprochan en silencio. Reclaman acusadores. Ernesto desvía la vista. Su decisión está tomada.
Luego, todo se confunde. El Ave María inunda las naves engalanadas de la iglesia, tul y encaje blanco, alianzas de oro, sonrisas y promesas, un sí quiero susurrante, un beso delicado sobre labios rosados, aplausos y felicitaciones.
Un presente de fiesta y un futuro de dicha. Elección que cree acertada. Lo que esperan todos de él.
Un abrazo lo envuelve de pronto, nadie se sorprende. Un abrazo fuerte, una palmada de camarada en su espalda, los ojos verdes que se sumergen en los de Ernesto y el murmullo encendido en su oído: Huyes...
CAVALLERO Susana
Subido por Susana Cavallero
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