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La literatura en el margen

la globalización y su maquinaria mercantilista

I
junio de 2000

La globalización es un proceso complejo –para el que algunos teóricos y analistas dan como fecha de inicio los coletazos de la revolución industrial con su expansión capitalista y otros la revolución informática y comunicativa de mediados del siglo XX- que abarca consideraciones de índole económica, social, antropológica y cultural. Parece ser que, tal como lo pronosticara McLuhan, la gran aldea se ha instalado. Las fronteras se diluyen, el concepto de nación se licua y el mercado se agiganta.
Si sólo vemos el fenómeno de la globalización desde el punto de vista económico, la desventaja de América Latina es casi una obviedad. Sólo alcanza con pensar en deudas externas como la de Argentina o México que se llevan sólo en intereses más de la mitad del producto bruto interno. Desde otro aspecto –que sin duda involucra también el económico- cuando hablamos de globalización hablamos de diseminación de poder. En la década del setenta era común la frase: “imperialismo yanqui” y el objeto de los odios de gran parte de la población politizada era bien claro. Ahora el rostro del poder que nos domina es tan multiforme que se diluye y desaparece detrás de nombres que poco dicen de la nación a la que pertenecen. Además, la globalización no se trata de un conjunto de oportunidades iguales para toda la población del planeta, sino que abarca pocas naciones con acuerdos específicos como el ALCA, y el Mercado Común Europeo, entre otros.
¿De qué modo afecta al artista de estas latitudes este nuevo orden de cosas? Hablamos de diseminación del poder. Esto también ocurre –recordemos a Foucault- en el campo de la cultura. En ese sentido es bueno preguntarse –en principio- con qué circuitos y mercados de bienes simbólicos debe toparse el artista a la hora crucial de hacer circular su obra. Nos encontramos con el tema, ineludible en el campo de la literatura, de las editoriales: qué temáticas privilegian y de qué modo acceder a ellas.
Si hablamos en particular de nuestro país, nos encontramos con el hecho patético y tajante de que las grandes editoriales pertenecen a enormes monopolios. Sabemos que la lógica que los rige es empresarial y que la ley es la mercancía. Entonces, ¿quiénes publican y cuál es la temática privilegiada? Paradójicamente, la novela histórica recibe los aplausos de la mayoría del mercado y los premios de la mayoría de los concursos. Si bien el género circula algo desvirtuado, podemos pensar en grandes escritores como Andrés Rivera que, ya entrado en años, recibe el aplauso del público con novelas como La revolución es un sueño eterno o El farmer. La calidad de estas obras es más que indudable. Podemos pensar que ese poder diseminado de la globalización necesita de fisuras de descompresión por las que lo nacional, lo propio de la historia y de la identidad de un pueblo, se filtren y constituya un resguardo para el sentimiento de pertenencia y la memoria de nuestro pasado colectivo.
Si entendemos lo cultural dentro de la globalización como un proceso de “multiculturalidades” (como se afirma desde un pretendido “progresismo”), pensaríamos ilusoriamente que las culturas de los países supuestamente integrados planetariamente están en absoluta igualdad de condiciones, que no existen culturas más prestigiosas que otras y más imitadas que otras. Lejanos son los tiempos en que lo local y lo universal estaban claramente delimitados y que dependía de la elección de un escritor el transformar un tema regional o regionalista en una obra de carácter universal en la que el color local persistiera como clara marca de pertenencia.
Pensar que la globalización sólo nos vuelve más próximos deja sin atender el problema de la pretendida homogeneización y –paradójicamente- de la multiplicación de las diferencias y de las desigualdades. ¿Qué queda para los países latinoamericanos? Tal vez solamente exportar melodrama y folklore, como un modo de insertarnos culturalmente en este escenario complejo. Pero si entendemos la cultura –y en su interior, desde ya, la literatura- como un conjunto de procesos a través de los cuales intentamos representar e instituir un sujeto social, no podemos conformarnos con esta pobre inserción. O, al menos, debemos ver claramente que esta pseudo oportunidad nos limita artísticamente y deja fuera del circuito de multiplicidad de expresiones que no encuentran en este mercado cada vez más mercantilizado un espacio de circulación.
La resistencia frente a esta pretendida igualdad que en realidad presenta un solo modelo como legítimo –la ley de la mercancía- parece ser la única alternativa que tenemos los escritores dentro del espacio de la cultura. No significa que lo regional y lo local sean los temas que debemos esgrimir como bandera de identidad. Sino poner a prueba nuestra imaginación y generar alternativas de producción y de circulación que escapen a la concepción de la cultura como un bien de consumo, como una mercancía.

II
julio del 2004

Poco parece haber cambiado el panorama desde que fueron escritas estas líneas. Después del desastre social, político y económico de diciembre del 2001, parecía que las cosas debían –ineludiblemente- cambiar. Y lo hicieron. Pero no para bien. Los que participamos de las movilizaciones y de las asambleas creímos estar viviendo un sueño. Efectivamente lo era. Pasamos a la bancarización obligatoria, dejamos el famoso “uno a uno” y cambiamos de presidente con más asiduidad que de ropa interior. ¿Cómo impactó esto sobre el mercado literario? Simplemente, acentuando lo antes señalado. Si todas las editoriales pertenecen a monopolios extranjeros, la no paridad entre el peso y el dólar se volvió el principal obstáculo –vaya paradoja- para acceder a los libros. También a las publicaciones.
Ahora parece que ha pasado bastante agua bajo el puente, tenemos un presidente que se manifiesta como progresista y un superávit como pocos en los últimos años. Sin embargo, las esperanzas de que algo de ese dinero no se dirija persistentemente al oprobioso pago de la deuda externa / eterna, según lo planteado por nuestro actual presidente en su campaña, es sólo humo en el viento. No nos limitemos a la cultura. Tanto la salud, como la vivienda, la educación y por ende la cultura, han quedado tan relegadas como siempre. Resulta imposible aislar el aspecto cultural y, dentro del mismo, el literario, de los estragos que día a día sufre la sociedad argentina en general. ¿Cerrar los ojos al desfile cada vez mayor de carros repletos de cartones? ¿cerrar los oídos a quienes insultan a las piqueteros por “violentos” y dejan de lado la violencia cotidiana que padecemos todos, de una u otra forma? Tampoco podemos dejar de ver el show montado en la cultura, quiénes son colocados en espacios de decisión, quiénes son desplazados siempre.
También me parece imposible ignorar el contexto internacional, con el nuevo “guardián” de la democracia y sus estragos en medio oriente, con la siempre excusa del combate contra el terrorismo, acentuada después de su trágico 11 de septiembre. Pero, aún con reconocimiento de lo que significó y significa cualquier atentado terrorista, América Latina tiene su propio 11 de septiembre. Y sabemos bien quiénes son los responsables. Tampoco podemos ser ingenuos y pensar que Bush hijo dejará que Chávez o que Lula gobiernen con la libertad que los comicios democráticamente ganados les confieren.

Para los que creyeron que los esfuerzos terminaban o que iban a dar resultados más prontos y reparadores, malas noticias. Para los que no creímos en ninguna “primavera kirschneriana”, la certeza de que no podemos bajar los brazos y que, si bien es cierto que nuestra principal derrota es la simbólica, la cultural, aislarla del resto de las reivindicaciones sociales sería cometer nuevamente viejos errores. Y ya no podemos darnos semejante lujo.

S G

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