Ir a la página de inicio de Escribirte
Portada | Biblioteca | Blogs | Foros | Tienda | Suscripción | Contacto | Especiales | Difusión cultural | Canales RSS RSS
Autores Obras Textos Entrevistas Informes Audioteca
 Buscar en el sitio   
| Martes 30 de septiembre de 2014
Escuchá Radio De Tango
Escribí un comentario Enviá este artículo Votá este artículo
Texto al 100% Aumentar texto
Narrativa RSS Narrativa

Un médico rural

Franz Kafka

Estaba muy preocupado; debía emprender un viaje urgente; un enfermo de gravedad me estaba esperando en un pueblo a diez millas de distancia; una violenta tempestad de nieve azotaba el vasto espacio que nos separaba; yo tenía un coche, un cochecito ligero, de grandes ruedas, exactamente apropiado para correr por nuestros caminos; envuelto en el abrigo de pieles, con mi maletín en la mano, esperaba en el patio, listo para marchar; pero faltaba el caballo... El mío se había muerto la noche anterior, agotado por las fatigas de ese invierno helado; mientras tanto, mi criada corría por el pueblo, en busca de un caballo prestado; pero estaba condenada al fracaso, yo lo sabía, y a pesar de eso continuaba allí inútilmente, cada vez más envarado, bajo la nieve que me cubría con su pesado manto. En la puerta apareció la muchacha, sola, y agitó la lámpara; naturalmente, ¿quién habría prestado su caballo para semejante viaje? Atravesé el patio, no hallaba ninguna solución; distraído y desesperado a la vez, golpeé con el pie la ruinosa puerta de la pocilga, deshabitada desde hacía años. La puerta se abrió, y siguió oscilando sobre sus bisagras. De la pocilga salió una vaharada como de establo, un olor a caballos. Una polvorienta linterna colgaba de una cuerda.
Un individuo, acurrucado en el tabique bajo, mostró su rostro claro, de ojitos azules.
—¿Los engancho al coche? —preguntó, acercándose a cuatro patas.
No supe qué decirle, y me agaché para ver qué había dentro de la pocilga. La criada estaba a mi lado.
—Uno nunca sabe lo que puede encontrar en su propia casa —dijo ésta. Y ambos nos echamos a reír.
—¡Hola, hermano, hola, hermana! —gritó el palafrenero, y dos caballos, dos magníficas bestias de vigorosos flancos, con las piernas dobladas y apretadas contra el cuerpo, las perfectas cabezas agachadas, como las de los camellos, se abrieron paso una tras otra por el hueco de la puerta, que llenaban por completo. Pero una vez afuera se irguieron sobre sus largas patas, despidiendo un espeso vapor.
—Ayúdalo —dije a la criada, y ella, dócil, alargó los arreos al caballerizo. Pero apenas llegó a su lado, el hombre la abrazó y acercó su rostro al rostro de la joven. Esta gritó, y huyó hacia mí; sobre sus mejillas se veían, rojas, las marcas de dos hileras de dientes.
—¡Salvaje! —dije al caballerizo—. ¿Quieres que te azote?
Pero luego pensé que se trataba de un desconocido, que yo ignoraba de dónde venía y que me ofrecía ayuda cuando todos me habían fallado. Como si hubiera adivinado mis pensamientos, no se mostró ofendido por mi amenaza y, siempre atareado con los caballos, sólo se volvió una vez hacia mí.
—Suba —me dijo, y, en efecto, todo estaba preparado.
Advierto entonces que nunca viajé con tan hermoso tronco de caballos, y subo alegremente.
—Yo conduciré, pues tú no conoces el camino —dije.
—Naturalmente —replica—, yo no voy con usted: me quedo con Rosa.
—¡No! —grita Rosa, y huye hacia la casa, presintiendo su inevitable destino; aún oigo el ruido de la cadena de la puerta al correr en el cerrojo; oigo girar la llave en la cerradura; veo además que Rosa apaga todas las luces del vestíbulo y, siempre huyendo, las de las habitaciones restantes, para que no puedan encontrarla.
—Tú vendrás conmigo —digo al mozo—; si no es así, desisto del viaje, por urgente que sea. No tengo intención de dejarte a la muchacha como pago del viaje.
—¡Arre! —grita él, y da una palmada; el coche parte, arrastrado como un leño en el torrente; oigo crujir la puerta de mi casa, que cae hecha pedazos bajo los golpes del mozo; luego mis ojos y mis oídos se hunden en el remolino de la tormenta que confunde todos mis sentidos. Pero esto dura sólo un instante; se diría que frente a mi puerta se encontraba la puerta de la casa de mi paciente; ya estoy allí; los caballos se detienen; la nieve ha dejado de caer; claro de luna en torno; los padres de mi paciente salen ansiosos de la casa, seguidos de la hermana; casi me arrancan del coche; no entiendo nada de su confuso parloteo; en el cuarto del enfermo el aire es casi irrespirable, la estufa humea, abandonada; quiero abrir la ventana, pero antes voy a ver al enfermo. Delgado, sin fiebre, ni caliente ni frío, con ojos inexpresivos, sin camisa, el joven se yergue bajo el edredón de plumas, se abraza a mi cuello y me susurra al oído:
—Doctor, déjeme morir.
Miro en torno; nadie lo ha oído; los padres callan, inclinados hacia adelante, esperando mi sentencia; la hermana me ha acercado una silla para que coloque mi maletín de mano. Lo abro, y busco entre mis instrumentos; el joven sigue alargándome las manos, para recordarme su súplica; tomo un par de pinzas, las examino a la luz de la bujía y las deposito nuevamente.
—Sí —pienso indignado—; en estos casos los dioses nos ayudan, nos mandan el caballo que necesitamos y, dada nuestra prisa, nos agregan otro. Además, nos envían un caballerizo...
En aquel preciso instante me acuerdo de Rosa. ¿Qué hacer? ¿Cómo salvarla? ¿Cómo rescatar su cuerpo del peso de aquel hombre, a diez millas de distancia, con un par de caballos imposibles de manejar? Esos caballos que no sé cómo se han desatado de las riendas, que se abren paso ignoro cómo; que asoman la cabeza por la ventana y contemplan al enfermo, sin dejarse impresionar por las voces de la familia.
—Regresaré en seguida —me digo como si los caballos me invitaran al viaje. Sin embargo, permito que la hermana, que me cree aturdido por el calor, me quite el abrigo de pieles. Me sirven una copa de ron; el anciano me palmea amistosamente el hombro, porque el ofrecimiento de su tesoro justifica ya esta familiaridad. Meneo la cabeza; estallaré dentro del estrecho círculo de mis pensamientos; por eso me niego a beber. La madre permanece junto al lecho y me invita a acercarme; la obedezco, y mientras un caballo relincha estridentemente hacia el techo, apoyo la cabeza sobre el pecho del joven, que se estremece bajo mi barba mojada. Se confirma lo que ya sabía: el joven está sano, quizá un poco anémico, quizá saturado de café, que su solícita madre le sirve, pero está sano; lo mejor sería sacarlo de un tirón de la cama. No soy ningún reformador del mundo, y lo dejo donde está. Soy un vulgar médico del distrito que cumple con su deber hasta donde puede, hasta un punto que ya es una exageración. Mal pagado, soy, sin embargo, generoso con los pobres. Es necesario que me ocupe de Rosa; al fin y al cabo es posible que el joven tenga razón, y yo también pido que me dejen morir. ¿Qué hago aquí, en este interminable invierno? Mi caballo se ha muerto y no hay nadie en el pueblo que me preste el suyo. Me veré obligado a arrojar mi carruaje en la pocilga; si por casualidad no hubiese encontrado esos caballos, habría tenido que recurrir a los cerdos. Esta es mi situación. Saludo a la familia con un movimiento de cabeza. Ellos no saben nada de todo esto, y si lo supieran, no lo creerían. Es fácil escribir recetas, pero en cambio, es un trabajo difícil entenderse con la gente. Ahora bien, acudí junto al enfermo; una vez más me han molestado inútilmente; estoy acostumbrado a ello; con esa campanilla nocturna todo el distrito me molesta, pero que además tenga que sacrificar a Rosa, esa hermosa muchacha que durante años vivió en mi casa sin que yo me diera cuenta cabal de su presencia... Este sacrificio es excesivo, y tengo que encontrarle alguna solución, cualquier cosa, para no dejarme arrastrar por esta familia que, a pesar de su buena voluntad, no podrían devolverme a Rosa. Pero he aquí que mientras cierro el maletín de mano y hago una señal para que me traigan mi abrigo, la familia se agrupa, el padre olfatea la copa de ron que tiene en la mano, la madre, evidentemente decepcionada conmigo —¿qué espera, pues, la gente?— se muerde, llorosa, los labios, y la hermana agita un pañuelo lleno de sangre; me siento dispuesto a creer, bajo ciertas condiciones, que el joven quizá está enfermo. Me acerco a él, que me sonríe como si le trajera un cordial... ¡Ah! Ahora los dos caballos relinchan a la vez; ese estrépito ha sido seguramente dispuesto para facilitar mi auscultación; y esta vez descubro que el joven está enfermo. El costado derecho, cerca de la cadera, tiene una herida grande como un platillo, rosada, con muchos matices, oscura en el fondo, más clara en los bordes, suave al tacto, con coágulos irregulares de sangre, abierta como una mina al aire libre. Así es como se ve a cierta distancia. De cerca, aparece peor. ¿Quién puede contemplar una cosa así sin que se le escape un silbido? Los gusanos, largos y gordos como mi dedo meñique, rosados y manchados de sangre, se mueven en el fondo de la herida, la puntean con su cabecitas blancas y sus numerosas patitas. Pobre muchacho, nada se puede hacer por ti. He descubierto tu gran herida; esa flor abierta en tu costado te mata. La familia está contenta, me ve trabajar; la hermana se lo dice a la madre, ésta al padre, el padre a algunas visitas que entran por la puerta abierta, de puntillas, a través del claro de luna.
—¿Me salvarás? —murmura entre sollozos el joven, deslumbrado por la vista de su herida.
Así es la gente de mi comarca. Siempre esperan que el médico haga lo imposible. Han perdido la antigua fe; el cura se queda en su casa y desgarra sus ornamentos sacerdotales uno tras otro; en cambio, el médico tiene que hacerlo todo, suponen ellos, con sus pobres dedos de cirujano. ¡Como quieran! Yo no les pedí que me llamaran; si pretenden servirse de mí para un designio sagrado, no me negaré a ello. ¿Qué cosa mejor puedo pedir yo, un pobre médico rural, despojado de su criada?
Y he aquí que empiezan a llegar los parientes y todos los ancianos del pueblo, y me desvisten; un coro de escolares, con el maestro a la cabeza canta junto a la casa una tonada infantil con estas palabras:
“Desvístanlo, para que cure,
y si no cura, mátenlo.
Sólo es un médico, sólo es un médico...”
Mírenme: ya estoy desvestido, y, mesándome la barba y cabizbajo, miro al pueblo tranquilamente. Tengo un gran dominio sobre mí mismo; me siento superior a todos y aguanto, aunque no me sirve de nada, porque ahora me toman por la cabeza y los pies y me llevan a la cama del enfermo. Me colocan junto a la pared, al lado de la herida. Luego salen todos del aposento; cierran la puerta, el canto cesa; las nubes cubren la luna; las mantas me calientan, las sombras de las cabezas de los caballos oscilan en el vano de las ventanas.
—¿Sabes —me dice una voz al oído— que no tengo mucha confianza en ti? No importa cómo hayas llegado hasta aquí; no te han llevado tus pies. En vez de ayudarme, me escatimas mi lecho de muerte. No sabes cómo me gustaría arrancarte los ojos.
—En verdad —dije yo—, es una vergüenza. Pero soy médico. ¿Qué quieres que haga? Te aseguro que mi papel nada tiene de fácil.
—¿He de darme por satisfecho con esa excusa? Supongo que sí. Siempre debo conformarme. Vine al mundo con una hermosa herida. Es lo único que poseo.
—Joven amigo —digo—, tu error estriba en tu falta de empuje. Yo, que conozco todos los cuartos de los enfermos del distrito, te aseguro: tu herida no es muy terrible. Fue hecha con dos golpes de hacha, en ángulo agudo. Son muchos los que ofrecen sus flancos, y ni siquiera oyen el ruido del hacha en el bosque. Pero menos aún sienten que el hacha se les acerca.
—¿Es de veras así, o te aprovechas de mi fiebre para engañarme?
—Es cierto, palabra de honor de un médico juramentado. Puedes llevártela al otro mundo.
Aceptó mi palabra, y guardó silencio. Pero ya era hora de pensar en mi libertad. Los caballos seguían en el mismo lugar. Recogí rápidamente mis vestidos, mi abrigo de pieles y mi maletín; no podía perder el tiempo en vestirme; si los caballos corrían tanto como en el viaje de ida, saltaría de esta cama a la mía. Dócilmente, uno de los caballos se apartó de la ventana; arrojé el lío en el coche; el abrigo cayó fuera, y sólo quedó retenido por una manga en un gancho. Ya era bastante. Monté de un salto a un caballo; las riendas iban sueltas, las bestias, casi desuncidas, el coche corría al azar y mi abrigo de pieles se arrastraba por la nieve.
—¡De prisa! —grité—. Pero íbamos despacio, como viajeros, por aquel desierto de nieve, y mientras tanto, el nuevo el canto de los escolares, el canto de los muchachos que se mofaban de mí, se dejó oír durante un buen rato detrás de nosotros:
“Alégrense, enfermos,
tienen al médico en su propia cama”.
A ese paso nunca llegaría a mi casa; mi clientela está perdida; un sucesor ocupará mi cargo, pero sin provecho, porque no puede reemplazarme; en mi casa cunde el repugnante furor del caballerizo; Rosa es su víctima; no quiero pensar en ello. Desnudo, medio muerto de frío y a mi edad, con un coche terrenal y dos caballos sobrenaturales, voy rodando por los caminos. Mi abrigo cuelga detrás del coche, pero no puedo alcanzarlo, y ninguno de esos enfermos sinvergüenzas levantará un dedo para ayudarme. ¡Se han burlado de mí! Basta acudir una vez a un falso llamado de la campanilla nocturna para que lo irreparable se produzca.

Franz Kafka
Un médico rural (1920)

Calificación:  Malo Regular Bueno Muy bueno Excelente Excelente - 3 votos  -  Ingresá tu voto

Comentarios de nuestros lectores -  Escribí tu comentario
11/09/10 | 20:48: giovanni el mastin dice:
parte de maravillosa su narrativa , los claros y oscuros de los personajes , sus dialogos , miedos y semblanzas de situaciones , reales y fantasmagolicas. que ya no se leen , SE ESCUCHAN LOS DIALOGOS , LOS VIENTOS DE LA NOCHE Y LA MUERTE tan cercana a el que se mezcla con su realidad.
giovannielmastin@hotmail.com
 
Enterate ahora
 
.: Sobre Franz Kafka
Franz Kafka Franz Kafka
Checo República Checa
1883 - 1924

Franz Kafka nació el 3 de julio de 1883 en Praga. Su padre se había casado el año anterior con la hija de un judío adinerado. Gracias a la ayuda financiera de su suegro, Hermann Kafka pudo salir del gueto y abrir una pequeña tienda. El matrimonio tuvo a Franz en su casa de la calle Maisel, luego nació Georg, que moriría quince meses después, enseguida sufrió la pérdida de otro hermanito y poco después nacieron sus tres hermanas. Su infancia sin raíces sólidas (no fue decididamente judío, tampoco checo ni alemán puro) repercutiría en el escritor. Tímido y discreto, trataba de pasar siempre desapercibido, y comenzó a encerrarse en sí mismo.

Se doctoró en Derecho en 1906 en la Universidad de Praga. Tras dar los últimos toques a Preparativos de una boda en el campo, en 1907 ingresó en una compañía de seguros. Sus muchas horas de trabajo le interrumpen su vocación literaria.

Hacia 1908, encontró en Praga un trabajo de medio tiempo en un organismo seminacionalizado de seguros donde trabajará hasta dos años antes de su muerte. Pese a esto, escribía de noche. La doble vida le resultará agotadora y le angustiará su incapacidad para resolver el dilema de “ganarse la vida o vivirla.” Empezó a padecer de surmenage, insomnio, agotamiento nervioso y, finalmente, tuberculosis.

En 1910 inició sus Diarios que llevó durante trece años. Su salud ya le daba preocupaciones que intentaba contrarrestar con prácticas ascéticas: se hizo vegetariano, no bebía, no fumaba, dormía en un cuarto frío en invierno, dejó de llevar abrigo, se bañaba en ríos helados y vacacionaba en colonias naturistas.

Entre 1911 y 1912 empezó a trabajar en América, escribió La condena y El fogonero, merecedor del premio Fontane en 1915. En este año se publica su famosa Metamorfosis.

En 1914 se compromete con Felisa Bauer, pero a los pocos meses rompe ese compromiso, iniciando una inestable relación de tres años. Escribió En la colonia penitenciaria y comenzó otra de sus obras más famosas: El proceso, así como el último capítulo de América. Dos años más tarde escribió los cuentos recopilados en Un médico rural.

En 1917 sufrió su primera hemoptisis. Se negó a ingresar en un sanatorio y pasó tres meses en la casa campestre de su hermana Ottla. Allí pudo leer a Kierkegaard, “padre del concepto de la angustia”, la Biblia, así como escribir sus Aforismos y terminar sus estudios de hebreo. Esta vida rural fascinante para él la describiría en El castillo.

En noviembre de 1919 escribió Carta al padre. Al año siguiente comenzó una relación con Milena Jesenská a quien le entregaría todos sus cuadernos.

En 1923, en una colonia conoce a Dora Diamant, de unos veinte años de edad, con quien convive en Berlín. Escribe Una mujercita y La madriguera. Al año siguiente redacta Josefina la cantora. Su enfermedad se agrava y debe trasladarse a Praga. Morirá el 3 de junio en el sanatorio de Kierling, cerca de Viena. Fue enterrado en el cementerio judío de Praga en la misma tumba de sus padres.
.:Ver más sobre Franz Kafka
 
.: Obras de Franz Kafka
1912 Contemplación
1913 El fogonero
1915 La metamorfosis
1919 En la colonia penitenciaria
1920 Un médico rural
1922 El castillo
1923 Una mujercita
1924 Josefina la cantora
1924 Un artista del hambre
1925 El proceso
1927 América
1972 La condena
1977 Cartas a Felice
1978 Cartas a Milena
1987 Obras completas
1999 Carta al padre
 
.: Textos para leer de Franz Kafka
Ante la ley (Relato)
De noche (Cuento)
El escudo de la ciudad (Cuento)
El puente (Cuento)
El silencio de las sirenas (Cuento)
La condena (Cuento)
La verdad sobre Sancho Panza (Textos)
Un golpe a la puerta del cortijo (Cuento)
Un médico rural (Cuento)
Un sueño (Cuento)
Una confusión cotidiana (Cuento)
Aldea de penitentes Aldea de penitentes


El general Elizardo Cuenca, jerifalte del stronismo, acaba de morir. A partir de este hecho luctu... Ampliar

Comprar$ 70.00

Escuchá Radio De Tango

Canal RSS Blogs

Actividades SADE Lanús
Una revelación a lugar...
MEDIO PIRUCHO neco perata
UNA LLAMADA CON SUSPENSO neco perata
El cielo de los poetas
Entrá a los Blogs
Entrá a los Blogs
Instituto Mallea

Canal RSS Guía de Servicios

Clases particulares - Lengua y Literatura
Ver más cursos y talleres Ver todos los servicios
Radio On Line

Canal RSS Foros

Ritual de la rosa
HIMNO AL SOL DE AKHENATÓN
Rebelión poética
Compromiso unversal
LUCHA Y VENCERÁS
Entrá a los foros
Entrá a los Foros

RSSCanales RSS
Ahora podés tener a Escribirte
en tu sitio web

Más información

Canal RSS Trivias

¿De qué novela es protagonista Augusto Pérez?
Niebla, de Miguel de Unamuno
Gringo Viejo, de Carlos Fuentes
Bomarzo, de Manuel Mujica Láinez
Libros nuevos y usados en internet
Fotografía y plástica
A

 Artes visuales

Indexarte.com.ar
Artes Visuales
Inauguró la muestra de Quinquela en la Casa de la Cultura Villa 21 Barracas
La Secretaría de Cultura de la Presidencia de la Nación y el Museo de Bellas Artes Benito Quinquela Martín inauguraron el miércoles 23 la exposición "Quinquela aquí y ahora", que se podrá visitar hasta el 15 de junio en la Casa de la Cultura Villa 21 Barracas.
Autores ideológicos
Hasta el 31-12-2014
Benito Quinquela Martín
Argentino 1890-1977
Death Bird
Una obra de Alejandro Lois
9 Premio Arte Laguna - Plástica
Cierra el 06-11
Museo de Arte Contemporáneo Latinoamericano (MACLA)
La Plata, Argentina
Suscribite

¡Suscribite a nuestro boletín!
Radio La Quebrada Radio de Tango Indexarte Escribirte Occidentes Designio 66 Escuchanos
Noticias | Efemérides | Novedades | Ventas | Biografias | Textos | Audio | Recomendados | Entrevistas | Informes | Agenda | Concursos | Editoriales | Lugares | Actividades | Blogs | Foros | TiendaFundación | Letras de Tango I | Letras de Tango II | Contacto | Boletín
© 2006-2014- www.escribirte.com.ar | Todos los derechos reservados   | Diseño Web | Canales RSSRSS