Un dios lo puede.Pero, ¿cómo, dime un hombre ha de seguirle por la angosta lira? Su significación es desacuerdo. En la bifurcación del corazón no hay templo para Apolo.
El canto tal como lo enseñas no son ansias, ni súplicas por algo alcanzable al cabo. El canto es existencia. Algo bien fácil para el dios. Mas, ¿cuándo somos? ¿Y cuándo vuelve él
a nuestro ser la tierra y las estrellas? Esto no es, oh joven, para que lo ames, aunque la voz fuerce tu boca luego, aprende
a olvidar lo que cantaste. Esto ocurre. Pues en verdad cantar es un hálito distinto. Un hálito por nada. Un soplo en el dios. Un viento.
Rilke nació en Praga, una de las ciudades más grandes y espléndidas de la Repúbila Checa. Al igual que Kafka, optó más tarde por la lengua alemana para su expresión literaria.
Su infancia fue difícil y traumática ya que su madre, obsesionada por la muerte prematura de su primera hija, lo obligó a vestirse de niña hasta los cinco años. Los estudios iniciales los cursó en uno de los mejores colegios del lugar y más tarde ingresó en una academia militar, obligado por su padre. Pero no pudo torcer el que debía ser su destino, así que la abandonó al poco tiempo para estudiar letras, filosofía y artes en las universidades de Praga, Munich y Berlín. En esa época escribe sus primeros libros de poesía. En 1899 viaja a Rusia, viaje que le inspira uno de sus más trabajosos -tardó más de diez años en terminarlo- y conocidos trabajos poéticos: Elegías de Duino. En este libro puede advertirse cierta inclinación de Rilke hacia el espiritismo, practicado por la princesa a quién está dedicado y por su círculo más próximo. Se dice que tenía ciertas experiencias visionarias que no dejaban de asombrarle. Consideraba -al modo platónico- que el poeta era un recipiente de voces más altas, de las que no excluía a la de Dios. Por otra parte, y curiosamente, a partir de una larga relación con una discípula de Freud, tuvo también un temprano conocimiento del psicoanálisis. La leyenda de amor y muerte del alférez Christoph Rilke y Cuadernos de Malte Laurids Brigge atrajeron por fin la atención de la crítica, especialmente en Francia, donde Rilke había vivido y trabado amistad con Auguste Rodin y André Gide. Participó brevemente en la Primera Guerra Mundial y luego viajó por varios países mediterráneos -España entre ellos- para establecerse finalmente en Suiza. Allí publica Sonetos a Orfeo, para muchos ensayistas, la culminación de las elegías. Allí también murió Rilke, a los 51 años, tras padecer leucemia por largo tiempo.
El gran poeta checo -y universal- de habla germana escogió él mismo su epitafio, su último gran gesto poético: Rosa, oh contradicción pura, placer,
ser el sueño de nadie bajo tantos
párpados.
Una propuesta del Malba para acercar a los mayores con el arte Una iniciativa que propone acercar a los adultos mayores al mundo del arte se concreta todos los jueves en el Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires (MALBA) de la mano de guías educadores, que logran convertir cada recorrido en una experiencia enriquece