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Los Caballeros de la Rama

Marcelo Birmajer


Romo acababa de cumplir veintitrés años cuando los Caballeros de la Rama llegaron a Palacio. Viajaban por el mundo en grupos de entre seis y diez. A menudo eran perseguidos por otros grupos de guerreros, por individuos solitarios e incluso por criaturas desconocidas, cuya existencia no era fácilmente comprobable. Se decía que los había perseguido durante un año un dragón, y que cada vez que se lanzaban a la mar eran acechados por un gigantesco monstruo marino para el que los hombres no tenían nombre. La rama que llevaban consigo era realmente un prodigio: se trataba de una rama de manzano, con tres manzanas rojas, henchidas, a punto de caer. La llevaban como la habían llevado sus abuelos, sus tatarabuelos y ancestros aun más lejanos, hasta donde se perdía el rastro. La rama era la misma. Hacía cientos de años que se mantenía madura y firme, igual que sus frutos. Por algún motivo, muchos otros hombres y criaturas deseaban la misma rama, pero los Caballeros de la Rama nunca habían perdido su dominio. Merlín lo pensó un buen rato antes de permitirles pasar la noche en Palacio. No sentía ninguna predilección por ellos, pero tampoco quería enemistarse. Averiguó si en aquel preciso momento los estaba persiguiendo algún otro grupo enemigo, y en tal caso si existían riesgos reales. Los guardias y espías informaron a Merlín que no había enemigos humanos a la vista, pero corrían rumores de que un ave gigantesca, con cuerpo de murciélago y cabeza de león, perseguía a los Caballeros de la Rama aquel año. Merlín desmereció la supuesta noticia agitando una mano.

—Créanme —les dijo a sus guardias y espías—. Cuando uno realmente se interna en los secretos de la magia, termina volviéndose un escéptico. A mi edad, ya no creo en rumores: no creo en nada acerca de lo que se murmure. Las cosas realmente imposibles que me han pasado en la vida me han ocurrido sin que nadie me las avisara. Y todas aquellas acerca de las cuales me habían advertido nunca me ocurrieron. Dejad pasar pues a los Caballeros de la Rama. Bajad el puente y decidles que son bienvenidos. Por mí, los dejaría dormir bajo los árboles del bosque. Pero si no representan ningún peligro, ¿para qué enemistarnos con ellos?

Los guardias obedecieron.

A diferencia del calmo y cuidadoso Merlín, Romo estaba totalmente excitado. Había escuchado hablar de los Caballeros de la Rama desde que tenía uso de razón. Su difunto padre le había contado acerca de ellos sin demasiado detalle. Pero eran el comentario de todos los niños, de los adolescentes y de los jóvenes: los Caballeros de la Rama no sólo se transmitían la tarea del cuidado de la rama de padres a hijos; también, en ocasiones, sumaban a un joven lo suficientemente valiente y agudo.

Romo había soñado, en su infancia —igual que todos sus escasos amigos— con ser uno de los Caballeros de la Rama. Durante la adolescencia había descartado este anhelo como una fantasía infantil, y en los primeros tramos de su juventud lo había olvidado. Pero ahora, a los veintitrés años, aburrido del Palacio, y también un poco de su propia vida, volvía a sentirse un niño. Los Caballeros de la Rama recorrían el mundo. Eran recibidos por reyes y emperadores. Conocían princesas —incluso noviaban con ellas— y nunca se casaban. Los casados debían renunciar al cuidado de la rama. Pero, claro, a menudo arriesgaban sus vidas por la rama, y no siempre con éxito. Por eso no eran más que entre seis y diez.

Romo no cabía en sí de la excitación. Quería hablar un rato con cada uno, que lo vieran espadear y galopar. También que lo escucharan.

Finalmente, por la noche, los seis caballeros entraron al salón de cenar, donde Romo y Merlín los aguadaban. Uno de ellos, sin armas, llevaba la rama en la mano. Romo se acercó hasta el metro permitido: las manzanas parecían listas para ser comidas; la rama tenía nudos, algún que otro pequeño tajo que dejaba ver una madera verdosa, fresca, y exhalaba la fragancia de las primicias. Era un verdadero milagro. Los cinco caballeros restantes portaban una espada gruesa a un lado de la cintura y una larga y fina al otro; también una lanza en la mano, que apoyaron junto a la silla para comer. Vestían muy bien, y se comportaban como hombres educados, pero había en sus movimientos y hasta en el tono de sus voces una cierta brutalidad que no podían ocultar. Romo les preguntó por sus historias y vidas.

—Majestad —dijo en un momento el mayor—, algunos de nosotros somos hermanos, otros primos, con algunos no tenemos relación de sangre. Pero a todos nos une un parentesco: somos capaces de morir por la rama. Desde pequeños, nos han enseñado a ser héroes. Cada vez menos hombres en el mundo, Majestad, están dispuestos a morir por una idea.

Las pupilas de Romo brillaron.

—¿Qué requisitos debe uno cumplir para convertirse en uno de los Caballeros de la Rama? —preguntó Romo.

—No más que estar lo suficientemente convencido —contestó el que le seguía en edad al primero que había hablado.

Comieron y bebieron, y Romo no dejó de hacer preguntas acerca de cómo sumarse al grupo. Al llegar la medianoche, cada cual marchó a sus aposentos; seguirían camino al alba.

Romo no se dirigió a su habitación. Permaneció en la sala de reuniones, tratando de hojear unos libros, bebiendo té de a ratos y haciendo esgrima con su sombra.

—¿Te irías con ellos si te lo propusieran? —preguntó Merlín, que entró, como pocas veces hacía, casi como una aparición en la sala.

—No lo dudaría un segundo —respondió Romo, poniendo la espada paralela a su propia pierna.

—¿Sabes, Romo, amigo mío? Te sorprendería la cantidad de gente que está dispuesta a dar la vida por algo. Lo que hace valiosa una idea no es que uno esté dispuesto a dar la vida por ella, sino la posibilidad de vivir con ella. Lo mismo vale para una casa, un río o una mujer. Uno puede dar la vida por cualquier cosa y sentirse un héroe; pero los verdaderos héroes son los que nos ayudan a vivir, no los que están dispuestos a morir por cualquier cosa. ¿Morir por una idea? ¿Cuál es el mérito? Pero vivir con una idea, eso sí que es una proeza. Labrar la tierra, construir una casa, formar una familia, es una tarea harto más difícil que morir por cualquiera de esas cosas. ¿Dime para qué sirve esa rama? Esas manzanas ni siquiera pueden comerse. Y déjame decirte algo sin que me escuchen: ¿tienes la plena seguridad de que esa rama es verdaderamente un prodigio y no un truco de los Caballeros de la Rama, que la cambian sin que nadie lo sepa, año tras año, estación tras estación, para tener por qué morir y darles sentido a sus vidas vacías?

El té de Romo se había enfirado, el libro se había cerrado sin que pudiera marcar la página y la sombra parecía haberle ganado el combate de esgrima. Merlín se fue a dormir sin que el muchacho pudiera contestarle. Romo se durmió en el sillón de la sala de reuniones, y no cumplió con lo que se había prometido a sí mismo: despertar antes del alba para darles el último adiós a los Caballeros de la Rama.


Marcelo Birmajer
Los Caballeros de la Rama (2003)

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Comentarios de nuestros lectores -  Escribí tu comentario
17/09/07 | 11:11: Oscar Aimar dice:
Me parece mucho más auténtico el Birmajer cínico de las historias de h. c., que este moralejizador que celebra elusivamente el fin de la historia.No es que no haya razones defendibles en esta parábola, pero también hay un exceso de luz, que la enfría y la adocena.Esto repetuosamente, Marcelo, de parte de alguien que ha leído con oscuro placer otros cuentos suyos.
moniggonzalez@hotmail.com
 
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.: Sobre Marcelo Birmajer
Marcelo Birmajer Marcelo Birmajer
Argentino Argentina
1966

Marcelo Birmajer nació en la ciudad de Buenos Aires el 29 de noviembre de 1966.

Se unió al staff de la revista Fierro en 1986, publicando allí ensayos, guiones y notas humorísticas bajo el seudónimo Berni Danguto.
Formó parte luego del suplemento de humor del diario Página 12, (Sátira 12).

En 1989 ingresó como redactor en el diario porteño Nuevo Sur, publicó críticas y ensayos en Primer Plano, el suplemento cultural de Página 12; fue redactor de Man y colaboró en el periódico Nueva Sion.

En 1992, escribió guiones para el programa de televisión TV-ZOO, publicó como colaborador en las revistas juveniles 13/20 y Vos en todas.

Ganó la Beca de la Revista Cultura en ensayo en 1995 y en 1996 fue director editorial del periódico electrónico para adolescentes La Nave.
Es autor del guión cinematográfico Un día con Ángela (basado en un cuento de Truman Capote), ganador del Concurso de Cortometrajes 1993 del Instituto Nacional de Cinematografía y coautor del guión de la película El abrazo partido.

Publicó artículos y cuentos en La Revista (diario La Nación), Viva (diario Clarín) y en Ya (revista del diario chileno El Mercurio). Colaboró también en los periódicos ABC, El País y El Mundo.

Fue galardonado con el Diploma al Mérito en Literatura Juvenil en los Premios Konex 2004.

Algunos de sus libros fueron traducidos al italiano, holandés, alemán y portugués.
.:Ver más sobre Marcelo Birmajer
 
.: Obras de Marcelo Birmajer
1988 Historieta, la imaginación al cuadrado
1992 Un crimen secundario
1993 Derrotado por un muerto
1993 Noches blancas
1995 El alma al diablo
1995 Un veneno saludable
1996 Fábulas salvajes
1996 El abogado del marciano
1997 El fuego más alto
1997 Ser humano y otras desgracias
1999 Mitos y recuerdos
1999 La segunda cabeza. Noticias extrañas I
1999 La máquina que nunca se apagaba. Noticias extrañas II
1999 Jugar a matar. Noticias extrañas III
1999 Historias de hombres casados
1999 Nuevas historias de hombres casados
2000 No tan distinto
2000 Piedras volando sobre el agua
2000 No es la mariposa negra
.:Ver más obras de Marcelo Birmajer
 
.: Textos para leer de Marcelo Birmajer
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