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| Miércoles 1 de octubre de 2014
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Meñique

José Martí

(Del francés‚ De LaBOULAYE.)
Cuento de magia, donde se relata la historia del sabichoso Meñique, y se ve
que el saber vale más que la fuerza.

I.
En un país muy extraño vivió hace mucho tiempo un campesino que tenía tres
hijos: Pedro, Pablo y Juancito. Pedro era gordo y grande, de cara colorada, y de
pocas entendederas; Pablo era canijo y paliducho, lleno de envidias y de celos;
Juancito era lindo como una mujer, y más ligero que un resorte, pero tan chiquitín
que se podía esconder en una bota de su padre. Nadie le decía Juan, sino
Meñique.
El campesino era tan pobre que había fiesta en la casa cuando traía alguno un
centavo. El pan costaba mucho, aunque era pan negro; y no tenían cómo ganarse
la vida. En cuanto los tres hijos fueron bastante crecidos, el padre les rogó por su
bien que salieran de su choza infeliz, a buscar fortuna por el mundo. Les dolió el
corazón de dejar solo a su padre viejo, y decir adiós para siempre a los árboles
que habían sembrado, a la casita en que habían nacido, al arroyo donde bebían el
agua en la palma de la mano. Como a una legua de allí tenía el rey del país un
palacio magnífico, todo de madera, con veinte balcones de roble tallado, y seis
ventanitas. Y sucedió que de repente, en una noche de mucho calor, salió de la
tierra, delante de las seis ventanas, un roble enorme con ramas tan gruesas y
tanto follaje que dejó a oscuras el palacio del rey. Era un árbol encantado, y no
había hacha que pudiera echarlo a tierra, porque se le mellaba el filo en lo duro del
tronco, y por cada rama que le cortaban salían dos. El rey ofreció dar tres sacos
llenos de pesos a quien le quitara de encima al palacio aquel arbolón; pero allí se
estaba el roble, echando ramas y raíces, y el rey tuvo que conformarse con
encender luces de día.
Y eso no era todo. Por aquel país, hasta de las piedras del camino salían los
manantiales; pero en el palacio no había agua. La gente del palacio se lavaba las manos con cerveza y se afeitaba con miel. El rey había prometido hacer
marqués‚ y dar muchas tierras y dinero al que abriese en el patio del castillo un
pozo donde se pudiera guardar agua para todo el año. Pero nadie se llevó el
premio, porque el palacio estaba en una roca, y en cuanto se escarbaba la tierra
de arriba, salía debajo la capa de granito. Como una pulgada nada más había de
tierra floja.
Los reyes son caprichosos, y este reyecito quería salirse con su gusto. Mandó
pregoneros que fueran clavando por todos los pueblos y caminos de su reino el
cartel sellado con las armas reales, donde ofrecía casar a su hija con el que
cortara el árbol y abriese el pozo, y darle además la mitad de sus tierras. Las
tierras eran de lo mejor para sembrar, y la princesa tenía fama de inteligente y
hermosa; así es que empezó a venir de todas partes un ejército de hombres
forzudos, con el hacha al hombro y el pico al brazo. Pero todas las hachas se
mellaban contra el roble, y todos los picos se rompían contra la roca.

II.
Los tres hijos del campesino oyeron el pregón, y tomaron el camino del palacio,
sin creer que iban a casarse con la princesa, sino que encontrarían entre tanta
gente algún trabajo. Los tres iban anda que anda, Pedro siempre contento, Pablo
hablándose solo, y Meñique saltando de acá para allá, metiéndose por todas las
veredas y escondrijos, viéndolo todo con sus ojos brillantes de ardilla. A cada
paso tenía algo nuevo que preguntar a sus hermanos: que porqué las abejas
metían la cabecita en las flores, que porqué‚ las golondrinas volaban tan cerca del
agua, que porqué‚ no volaban derecho las mariposas. Pedro se echaba a reír, y
Pablo se encogía de hombros y lo mandaba a callar.
Caminando, caminando, llegaron a un pinar muy espeso que cubría todo un
monte, y oyeron un ruido grande, como de un hacha, y de árboles que caían allá
en lo más alto.
—Yo quisiera saber por qué andan allá arriba cortando leña—dijo Meñique.
—Todo lo quiere saber el que no sabe nada,—dijo Pablo, medio gruñendo.
—Parece que este muñeco no ha oído nunca cortar leña,—dijo Pedro,
torciéndole el cachete a Meñique de un buen pellizco.
—Yo voy a ver lo que hacen allá arriba,—dijo Meñique.
—Anda, ridículo, que ya bajarás bien cansado, por no creer lo que te dicen tus
hermanos mayores.
Y de ramas en piedras, gateando y saltando, subió Meñique por donde venía el
sonido. Y ¿qué encontró Meñique en lo alto del monte? Pues un hacha encantada,
que cortaba sola, y estaba echando abajo un pino muy recio.
—Buenos días, señora hacha—dijo Meñique;—¿no está cansada de cortar tan
solita ese árbol tan viejo?
—Hace muchos años, hijo mío, que estoy esperando por tí,— respondió el
hacha.
—Pues aquí me tiene,—dijo Meñique.
Y sin ponerse a temblar, ni preguntar más, metió el hacha en su gran saco de
cuero, y bajó el monte, brincando y cantando.
—¿Qué vio allá arriba el que todo lo quiere saber?—preguntó Pablo, sacando
el labio de abajo, y mirando a Meñique como una torre a un alfiler.
—Pues el hacha que oíamos,—le contestó Meñique.
—Ya ve el chiquitín la tontería de meterse por nada en esos sudores,—le dijo
Pedro el gordo.
A poco andar ya era de piedra todo el camino, y se oyó un ruido que venía de
lejos, como de un hierro que golpease en una roca.
—Yo quisiera saber quién anda allá lejos picando piedras,—dijo Meñique.
—Aquí está un pichón que acaba de salir del huevo, y no ha oído nunca al
pájaro carpintero picoteando en un tronco,—dijo Pablo.
—Quédate con nosotros, hijo, que eso no es más que el pájaro carpintero que
picotea en un tronco,—dijo Pedro.
—Yo voy a ver lo que pasa allá lejos.
Y aquí de rodillas, y allá medio a rastras, subió la roca Meñique, oyendo como
se reían a carcajadas Pedro y Pablo. ¿Y qué encontró Meñique allá en la roca?
Pues un pico encantado, que picaba solo, y estaba abriendo la roca como si
fuese mantequilla.
—Buenos días, señor pico,—dijo Meñique;—¿no está cansado de picar tan
solito en esa roca vieja?
—Hace muchos años, hijo mío, que estoy esperando por tí,—respondió el pico.
—Pues aquí me tiene,—dijo Meñique.
Y sin pizca de miedo le echó mano al pico, lo sacó del mango, los metió aparte
en su gran saco de cuero, y bajó por aquellas piedras, retozando y cantando.
—¿Y qué milagro vio por allá su señoría?—preguntó Pablo, con los bigotes de
punta.
—Era un pico lo que oímos,—respondió Meñique, y siguió andando, sin decir
más palabra.
Más adelante encontraron un arroyo, y se detuvieron a beber, porque era
mucho el calor.
—Yo quisiera saber,—dijo Meñique—de dónde sale tanta agua en un valle tan
llano como este.
—¡Grandísimo pretencioso,—dijo Pablo,—que en todo quiere meter la nariz!
¿No sabes que los manantiales salen de la tierra?
—Yo voy a ver de dónde sale esta agua.
Y los hermanos se quedaron diciendo picardías; pero Meñique echó a andar
por la orilla del arroyo, que se iba estrechando, estrechando, hasta que no era
más que un hilo. Y ¿qué encontró Meñique cuando llegó al fin? Pues una cáscara
de nuez encantada, de donde salía a borbotones el agua clara chispeando al sol.
—Buenos días, señor arroyo,—dijo Meñique:—no está, cansado de vivir tan
solito en su rincón, manando agua?
—Hace muchos años, hijo mío, que estoy esperando por ti,—respondió el
arroyo.
—Pues aquí me tiene, —dijo Meñique.
Y sin el menor susto tomó la cáscara de la nuez, la envolvió bien en musgo
fresco para que no se saliera el agua, la puso en su gran saco de cuero, y se
volvió por donde vino, saltando y cantando.
—¿Ya sabes de dónde viene el agua?—le gritó Pedro.
—Si, hermano; viene de un agujerito.
—¡Oh, a este amigo se lo come el talento! ¡Por eso no crece!—dijo Pablo, el
paliducho.
—Yo he visto lo que quería ver, y sé lo que quería saber,—se dijo Meñique a sí
mismo. Y siguió su camino, frotándose las manos.

III.
Por fin llegaron al palacio del rey. El roble crecía más que nunca, el pozo no lo
habían podido abrir, y en la puerta estaba el cartel sellado con las armas reales,
donde prometía el rey casar a su hija y dar la mitad de su reino a quienquiera que
cortase el roble y abriese el pozo, fuera señor de la corte, o vasallo acomodado, o
pobre campesino. Pero el rey, cansado de tanta prueba inútil, había hecho clavar
debajo del cartelón otro cartel más pequeño, que decía con letras coloradas:
"Sepan los hombres por este cartel, que el rey y señor, como buen rey que es,
se ha dignado mandar que le corten las orejas debajo del mismo roble al que
venga a cortar el árbol o abrir el pozo, y no corte, ni abra; para enseñarle a
conocerse a sí mismo y a ser modesto, que es la primera lección de la sabiduría."
Y alrededor de este cartel había clavadas treinta orejas sanguinolentas,
cortadas por la raíz de la piel a quince hombres que se creyeron más fuertes de
lo que eran.
Al leer este aviso, Pedro se echó a reír, se retorció los bigotes, se miró los
brazos, con aquellos músculos que parecían cuerdas, le dio al hacha dos vuelos
por encima de su cabeza, y de un golpe echó abajo una de las ramas más
gruesas del árbol maldito. Pero enseguida salieron dos ramas poderosas en el
punto mismo del hachazo, y los soldados del rey le cortaron las orejas sin más
ceremonia.
—¡Inutilón!—dijo Pablo; y se fue al tronco, hacha en mano, y le cortó de un
golpe una gran raíz. Pero salieron dos raíces enormes en vez de una. Y el rey
furioso mandó que le cortaran las orejas a aquel que no quiso aprender en la
cabeza de su hermano.
Pero a Meñique no se le achicó el corazón, y se le echó al roble encima.
—¡Quítenme a ese enano de ahí!—dijo el rey,—¡y si no se quiere quitar,
córtenle las orejas!
—Señor rey, tu palabra es sagrada. La palabra de un hombre es ley, señor rey.
Yo tengo derecho por tu cartel a probar mi fortuna. Ya tendrás tiempo de cortarme
las orejas, si no corto el árbol.
—Y la nariz te la rebanarán también‚ si no lo cortas.
Meñique sacó con mucha faena el hacha encantada de su gran saco de cuero.
El hacha era más grande que Meñique. Y Meñique le dijo: "¡Corta, hacha, corta!"
Y el hacha cortó, tajó, astilló, derribó las ramas, cercenó el tronco, arrancó las
raíces, limpió la tierra en redondo, a derecha y a izquierda, y tanta leña apiló del
árbol en trizas, que el palacio se calentó con el roble todo aquel invierno.
Cuando ya no quedaba del árbol una sola hoja, Meñique fue donde estaba el
rey sentado junto a la princesa, y los saludó con mucha cortesía.
—¿Dígame el rey ahora dónde quiere que le abra el pozo su criado?
Y toda la corte fue al patio del palacio con el rey, a ver abrir el pozo. El rey
subió a un estrado más alto que los asientos de los demás; la princesa tenía su
silla en un escalón más bajo, y miraba con susto a aquel hominicaco que le iban a
dar para marido.
Meñique, sereno como una rosa, abrió su gran saco de cuero, metió el mango
en el pico, lo puso en el lugar que marcó el rey, y le dijo:—“¡Cava, pico, cava!"
Y el pico empezó a cavar, y el granito a saltar en pedazos, y en menos de un
cuarto de hora quedó abierto un pozo de cien pies.
—¿Le parece a mi rey que este pozo es bastante hondo?
—Es hondo; pero no tiene agua.
—Agua tendrá, dijo Meñique. Metió el brazo en el gran saco de cuero, le quitó el
musgo a la cáscara de nuez, y puso la cáscara en una fuente que habían llenado
de flores. Y cuando ya estaba bien dentro de la tierra, dijo: "¡Brota, agua, brota!"
Y el agua empezó a brotar por entre las flores con un suave murmullo,
refrescó el aire del patio, y cayó en cascadas tan abundantes que al cuarto de
hora ya el pozo estaba lleno, y fue preciso abrir un canal que llevase afuera el
agua sobrante.
—Y ahora—dijo Meñique, poniendo en tierra una rodilla,—¿cree mi rey que he
hecho todo lo que me pedía?
—Sí, Marqués‚ Meñique, respondió el rey; y te daré‚ la mitad de mi reino; o
mejor, te compraré‚ en lo que vale tu mitad, con la contribución que les voy a
imponer a mis vasallos, que se alegrarán mucho de pagar porque su rey y señor
tenga agua buena; pero con mi hija no te puedo casar porque esa es cosa en que
yo solo no soy dueño.
—¿Y qué‚ más quieres que haga, rey?—dijo Meñique, parándose en las puntas
de los pies, con la manecita en la cadera, y mirando a la princesa cara a cara.
—Mañana se te dirá, Marqués‚ Meñique, le dijo el rey:—vete ahora a dormir a la
mejor cama de mi palacio.
Pero Meñique, en cuanto se fue el rey, salió a buscar a sus hermanos, que
parecían dos perros ratoneros, con las orejas cortadas.
—Díganme, hermanos, si no hice bien en querer saberlo todo, y ver de dónde
venía el agua.
—Fortuna no más, fortuna—dijo Pablo. La fortuna es ciega, y favorece a los
necios.
—Hermanito,—dijo Pedro,—con orejas o desorejado creo que está muy bien lo
que has hecho, y quisiera que llegara aquí papá para que te viese.
Y Meñique se llevó a dormir a camas buenas a sus dos hermanos, a Pedro y a Pablo.

IV.
El rey no pudo dormir aquella noche. No era el agradecimiento lo que le tenía
despierto, sino el disgusto de casar a su hija con aquel picolín que cabía en una
bota de su padre. Como buen rey que era, ya no quería cumplir lo que prometió; y
le estaban zumbando en los oídos las palabras del Marqués‚ Meñique: "Señor rey,
tu palabra es sagrada. La palabra de un hombre es ley, rey."
Mandó el rey a buscar a Pedro y a Pablo, porque ellos no más le podían decir
quienes‚ eran los padres de Meñique, y si era Meñique persona de buen carácter y
de modales finos, como quieren los suegros que sean sus yernos, porque la vida sin cortesía es más amarga que la cuasia y que la retama. Pedro dijo de Meñique
muchas cosas buenas, que pusieron al rey de mal humor; pero Pablo dejó al rey
muy contento, porque le dijo que el marqués‚ era un pedante aventurero, un
trasto con bigotes, una uña venenosa, un garbanzo lleno de ambición, indigno de
casarse con señora tan principal como la hija del gran rey que le había hecho la
honra de cortarle las orejas: "Es tan vano ese macacuelo—dijo Pablo—que se
cree capaz de pelear con un gigante. Por aquí cerca hay uno que tiene muerta de
miedo a la gente del campo, porque se les lleva para sus festines todas sus
ovejas y sus vacas. Y Meñique no se cansa de decir que él puede echarse al
gigante de criado."
—Eso es lo que vamos a ver,—dijo el rey satisfecho. Y durmió muy tranquilo lo
que faltaba de la noche. Y dicen que sonreía en sueños, como si estuviera
pensando en algo agradable.
En cuanto salió el sol, el rey hizo llamar a Meñique delante de toda su corte. Y
vino Meñique fresco como la mañana, risueño como el cielo, galán como una flor.
—Yerno querido—dijo el rey:—un hombre de tu honradez no puede casarse
con mujer tan rica como la princesa, sin ponerle casa grande, con criados que la
sirvan como se debe servir en el palacio real. En este bosque hay un gigante de
veinte pies de alto, que se almuerza un buey entero, y cuando tiene sed al
mediodía se bebe un melonar. Figúrate que hermoso criado no hará ese gigante
con un sombrero de tres picos, una casaca galoneada con charreteras de oro, y
una alabarda de quince pies. Ese es el regalo que te pide mi hija antes de
decidirse a casarse contigo.
—No es cosa fácil,—respondió Meñique,—pero trataré‚ de regalarle el gigante,
para que le sirva de criado, con su alabarda de quince pies, y su sombrero de tres
picos, y su casaca galoneada, con charreteras de oro.
Se fue a la cocina; metió en el gran saco de cuero el hacha encantada, un pan
fresco, un pedazo de queso y un cuchillo; se echó el saco a la espalda, y salió
andando por el bosque, mientras Pedro lloraba, y Pablo reía, pensando en que no
volvería nunca su hermano del bosque del gigante.
En el bosque era tan alta la yerba que Meñique no alcanzaba a ver, y se puso a
gritar a voz en cuello: "¡Eh, gigante, gigante! ¿dónde anda el gigante? Aquí está
Meñique, que viene a llevarse al gigante muerto o vivo."
—Y aquí estoy yo—dijo el gigante, con un vocerrón que hizo encogerse a los
árboles de miedo,—aquí estoy yo, que vengo a tragarte de un bocado.
—No estés tan de prisa, amigo,—dijo Meñique, con una vocecita de flautín,
—no estés tan de prisa, que yo tengo una hora para hablar contigo.
Y el gigante volvía a todos lados la cabeza, sin saber quien le hablaba, hasta
que le ocurrió bajar los ojos, y allá abajo, pequeñito como un pitirre, vio a Meñique
sentado en un tronco, con el gran saco de cuero entre las rodillas.
—¿Eres tú, grandísimo pícaro, el que me has quitado el sueño?—dijo el
gigante, comiéndoselo‚ con los ojos que parecían llamas.
—Yo soy, amigo, yo soy, que vengo a que seas criado mío.
—Con la punta del dedo te voy a echar allá arriba en el nido del cuervo, para
que te saque los ojos, en castigo de haber entrado sin licencia en mi bosque.
—No estés tan de prisa, amigo, que este bosque es tan mío como tuyo; y si
dices una palabra más, te lo echo abajo en un cuarto de hora.
—Eso quisiera ver,—dijo el gigantón.
Meñique sacó su hacha, y le dijo: "¡Corta, hacha, corta!" Y el hacha cortó, tajó,
astilló, derribó ramas, cercenó troncos, arrancó raíces, limpió la tierra en redondo,
a derecha y a izquierda, y los árboles caían sobre el gigante como cae el granizo
sobre los vidrios en el temporal.
—Para, para,—dijo asustado el gigante,—¿quién‚ eres tú, que puedes
echarme abajo mi bosque?
—Soy el gran hechicero Meñique, y con una palabra que le diga a mi hacha te
corta la cabeza. Tú no sabes con quién‚ estas hablando. ¡Quieto donde estás!
Y el gigante se quedó quieto, con las manos a los lados, mientras Meñique
abría su gran saco de cuero, y se puso a comer su queso y su pan.
—¿Qué es eso blanco que comes?—preguntó el gigante, que nunca había
visto queso.
—Piedras como no más, y por eso soy más fuerte que tú, que comes la carne
que engorda. Soy más fuerte que tú. Enséñame tu casa.
Y el gigante, manso como un perro, echó a andar por delante, hasta que llegó
a una casa enorme, con una puerta donde cabía un barco de tres palos, y un
balcón como un teatro vacío.
—Oye,—le dijo Meñique al gigante:—uno de los dos tiene que ser amo del otro.
Vamos a hacer un trato. Si yo no puedo hacer lo que tú hagas, yo seré criado
tuyo: si tú no puedes hacer lo que haga yo, tú serás mi criado.
—Trato hecho,—dijo el gigante:—me gustaría tener de criado un hombre
como tú, porque me cansa pensar, y tú tienes cabeza para dos. Vaya pues: ahí
están mis dos cubos: ve a traerme el agua para la comida.
Meñique levantó la cabeza y vio los dos cubos, que eran como dos tanques de
diez pies de alto, y seis pies de un borde a otro. Más fácil le era a Meñique
ahogarse en aquellos cubos que cargarlos.
—¡Hola!—dijo el gigante, abriendo la boca terrible:—a la primera ya estás
vencido. Haz lo que yo hago, amigo, y cárgame el agua.
—¿Y para qué, la he de cargar?—dijo Meñique. Carga tú, que eres bestia de
carga. Yo iré donde está el arroyo, y lo traeré‚ en brazos, y te llenaré los cubos, y
tendrás tu agua.
—No, no—dijo el gigante,—que ya me dejaste el bosque sin árboles, y ahora
me vas a dejar sin agua que beber. Enciende el fuego, que yo traeré el agua.
Meñique encendió el fuego, y en el caldero que colgaba del techo fue echando
el gigante un buey entero, cortado en pedazos, y una carga de nabos, y cuatro
cestos de zanahorias, y cincuenta coles. Y de tiempo en tiempo espumaba el
guiso con una sartén‚ y lo probaba, y le echaba sal y tomillo, hasta que lo encontró
bueno.
—A la mesa, que ya está la comida,—dijo el gigante:—y a ver si haces lo que
hago yo, que me voy a comer todo este buey, y te voy a comer a tí de postres.
—Está bien, amigo,—dijo Meñique. Pero antes de sentarse se metió debajo de
la chaqueta la boca de su gran saco de cuero, que le llegaba del pescuezo a los
pies.
Y el gigante comía y comía, y Meñique no se quedaba atrás, sólo que no
echaba en la boca las coles, y las zanahorias, y los nabos, y los pedazos del
buey, sino en el gran saco de cuero.
—¡Uf!, ya no puedo comer más!—dijo el gigante;—tengo que sacarme un
botón del chaleco.
—Pues, mírame a mí, gigante infeliz,—dijo Meñique, y se echó una col entera
en el saco.
—¡Uha!—dijo el gigante:—tengo que sacarme otro botón. ¡Qué‚ estómago de
avestruz tiene este hombrecito! Bien se ve que estás hecho a comer piedras.
—Anda, perezoso,—dijo Meñique;��come como yo:—y se echó en el saco un
gran trozo de buey.
—¡Paff!—dijo el gigante:—se me saltó el tercer botón: ya no me cabe un
chícharo: ¿cómo te va a ti, hechicero?
—¿A mí?—dijo Meñique:—no hay cosa más fácil que hacer un poco de lugar.
Y se abrió con el cuchillo de arriba abajo la chaqueta y el gran saco de cuero.
—Ahora te toca a tí,—dijo al gigante;—haz lo que yo hago.
—Muchas gracias,—dijo el gigante.—Prefiero ser tu criado. Yo no puedo digerir
las piedras.
Besó el gigante la mano de Meñique en señal de respeto, se lo sentó en el
hombro derecho, se echó al izquierdo un saco lleno de monedas de oro, y salió
andando por el camino del palacio.

V.
En el palacio estaban de gran fiesta, sin acordarse de Meñique, ni de que le
debían el agua y la luz; cuando de repente oyeron un gran ruido, que hizo bailar
las paredes, como si una mano portentosa sacudiese el mundo. Era el gigante,
que no cabía por el portón, y lo había echado abajo de un puntapié. Todos salieron
a las ventanas a averiguar la causa de aquel ruido, y vieron a Meñique sentado
con mucha tranquilidad en el hombro del gigante, que tocaba con la cabeza el
balcón donde estaba el mismo rey. Saltó al balcón Meñique, hincó una rodilla
delante de la princesa y le habló así:—"Princesa y dueña mía, tú deseabas un
criado, y aquí están dos a tus pies."
Este galante discurso, que fue publicado al otro día en el diario de la corte, dejó
pasmado al rey, que no halló excusa que dar para que no se casara Meñique con
su hija.—“Hija, le dijo en voz baja, sacrifícate por la palabra de tu padre el rey.”
—Hija de rey o hija de campesino,—respondió ella,—la mujer debe casarse
con quien sea de su gusto. Déjame, padre, defenderme en esto que me interesa.
Meñique,—siguió diciendo en alta voz la princesa:—eres valiente y afortunado,
pero eso no basta para agradar a las mujeres.
—Ya lo sé princesa y dueña mía; es necesario hacerles su voluntad, y
obedecer sus caprichos.
—Veo que eres hombre de talento—dijo la princesa.—Puesto que sabes
adivinar tan bien, voy a ponerte una última prueba, antes de casarme contigo.
Vamos a ver quien es más inteligente, si tú o yo. Si pierdes, quedo libre para ser
de otro marido.
Meñique la saludó con gran reverencia. La corte entera fue a ver la prueba a la
sala del trono, donde encontraron al gigante sentado en el suelo con la alabarda
por delante y el sombrero en las rodillas, porque no cabía en la sala de lo alto que
era. Meñique le hizo una seña, y él echó a andar acurrucado, tocando el techo
con la espalda y con la alabarda a rastras, hasta que llegó adonde estaba
Meñique, y se echó a sus pies, orgulloso de que vieran que tenía a hombre de
tanto ingenio por amo.
—Empezaremos con una bufonada,—dijo la princesa. Cuentan que las
mujeres dicen muchas mentiras. Vamos a ver quién de los dos dice una mentira
más grande. El primero que diga: "¡Eso es demasiado!" pierde.
—Por servirte, princesa y dueña mía, mentiré de juego y diré‚ la verdad con
toda el alma.
—Estoy segura,—dijo la princesa,—de que tu padre no tiene tantas tierras
como el mío. Cuando dos pastores tocan el cuerno en las tierras de mi padre al
anochecer, ninguno de los dos oye el cuerno del otro pastor.
—Eso es una bicoca,—dijo Meñique. Mi padre tiene tantas tierras que una
ternerita de dos meses que entra por una punta es ya vaca lechera cuando sale
por la otra.
—Eso no me asombra,—dijo la princesa. En tu corral no hay un toro tan
grande como el de mi corral. Dos hombres sentados en los cuernos no pueden
tocarse con un aguijón de veinte pies cada uno.
—Eso es una bicoca,—dijo Meñique. La cabeza del toro de mi casa es tan
grande que un hombre montado en un cuerno no puede ver al que está montado
en el otro.
—Eso no me asombra, —dijo la princesa.
—En tu casa no dan las vacas tanta leche como en mi casa, porque nosotros
llenamos cada mañana veinte toneles, y sacamos de cada ordeño una pila de
queso tan alta como la pirámide de Egipto.
—Eso es una bicoca,—dijo Meñique.—En la lechería de mi casa hacen unos
quesos tan grandes que un día la yegua se cayó en la artesa, y no la
encontramos sino después‚ de una semana. El pobre animal tenía el espinazo
roto, y yo le puse un pino de la nuca a la cola, que le sirvió de espinazo nuevo.
Pero una mañanita le salió un ramo al espinazo por encima de la piel, y el ramo
creció tanto que yo me subí en él y toqué el cielo. Y en el cielo vi a una señora
vestida de blanco, trenzando un cordón con la espuma del mar. Y yo me así del
hilo, y el hilo se me reventó, y caí dentro de una cueva de ratones. Y en la cueva
de ratones estaban tu padre y mi madre, hilando cada uno en su rueca, como dos
viejecitos. Y tu padre hilaba tan mal que mi madre le tiró de las orejas hasta que
se le caían a tu padre los bigotes.
—¡Eso es demasiado!—dijo la princesa.—¡A mi padre el rey nadie le ha tirado
nunca de las orejas!
—¡Amo, amo!—dijo el gigante.—Ha dicho "¡Eso es demasiado!" La princesa
es nuestra.

VI.
—Todavía no,—dijo la princesa, poniéndose‚ colorada.—Tengo que ponerte tres
enigmas, a que me los adivines, y si adivinas bien, enseguida nos casamos.
Dime primero: ¿qué‚ es lo que siempre está cayendo y nunca se rompe?
—¡Oh!—dijo Meñique;—mi madre me arrullaba con ese cuento: ¡es la
cascada!
—¿Dime ahora,—preguntó la princesa, ya con mucho miedo:—¿quién‚ es el
que anda todos los días el mismo camino y nunca se vuelve atrás?
—¡Oh!—dijo Meñique;—mi madre me arrullaba con ese cuento:—¡es el sol!
—El sol es,—dijo la princesa, blanca de rabia.—Ya no queda más que un
enigma. ¿En qué piensas tú y no pienso yo? ¿qué es lo que yo pienso, y tú no
piensas? ¿qué es lo que no pensamos ni tú ni yo?
Meñique bajó la cabeza como el que duda, y se le veía en la cara el miedo de
perder.
—Amo,—dijo el gigante;—si no adivinas el enigma, no te calientes las
entendederas. Hazme una seña, y cargo con la princesa.
—Cállate, criado,—dijo Meñique;—bien sabes tú que la fuerza no sirve para
todo. Déjame pensar.
—Princesa y dueña mía,—dijo Meñique, después, de unos instantes en que se
oía correr la luz.—Apenas me atrevo a descifrar tu enigma, aunque veo en él mi
felicidad. Yo pienso en que entiendo lo que me quieres decir, y tú piensas en que
yo no lo entiendo. Tú piensas, como noble princesa que eres, en que este criado
tuyo no es indigno de ser tu marido, y yo no pienso que haya logrado merecerte. Y
en lo que ni yo ni tu pensamos es en que el rey tu padre y este gigante infeliz
tienen tan pobres...
—Cállate,—dijo la princesa;—aquí está mi mano de esposa, Marqués‚
Meñique.
—¿Qué es eso que piensas de mí, que lo quiero saber?—preguntó el rey.
—Padre y señor,—dijo la princesa, echándose en sus brazos;—que eres el
más sabio de los reyes, y el mejor de los hombres.
—Ya lo sé, ya lo sé,—dijo el rey;—y ahora, déjenme hacer algo por el bien de
mi pueblo. ¡Meñique, te hago Duque!
—¡Viva mi amo y señor, el Duque Meñique!—gritó el gigante, con una voz que
puso azules de miedo a los cortesanos, quebró el estuco del techo, e hizo saltar
los vidrios de las seis ventanas.

VII.
En el casamiento de la princesa con Meñique no hubo mucho de particular,
porque de los casamientos no se puede decir al principio, sino luego, cuando
empiezan las penas de la vida, y se ve si los casados se ayudan y quieren bien, o
si son egoístas y cobardes. Pero el que cuenta el cuento tiene que decir que el
gigante estaba tan alegre con el matrimonio de su amo que le iba poniendo su
sombrero de tres picos a todos los árboles que encontraba, y cuando salió el
carruaje de los novios, que era de nácar puro, con cuatro caballos mansos como
palomas, se echó el carruaje a la cabeza, con caballos y todo, y salió corriendo y
dando vivas, hasta que los dejó a la puerta del palacio, como deja una madre a su
niño en la cuna. Esto se debe decir, porque no es cosa que se ve todos los días.
Por la noche hubo discursos, y poetas que les dijeron versos de bodas a los
novios, y lucecitas de color en el jardín, y fuegos artificiales para los criados del
rey, y muchas guirnaldas y ramos de flores. Todos cantaban y hablaban, comían
dulces, bebían refrescos olorosos, bailaban con mucha elegancia y honestidad al
compás de una música de violines, con los violinistas vestidos de seda azul, y su
ramito de violeta en el ojal de la casaca. Pero en un rincón había uno que no
hablaba ni cantaba, y era Pablo el envidioso, el paliducho, el desorejado, que no
podía ver a su hermano feliz, y se fue al bosque para no oír ni ver, y en el bosque
murió, porque los osos se lo comieron en la noche oscura.
Meñique era tan chiquitín que los cortesanos no supieron al principio si debían
tratarlo con respeto o verlo como cosa de risa; pero con su bondad y cortesía se
ganó el cariño de su mujer y de la corte entera, y cuando murió el rey, entró a
mandar, y estuvo de rey cincuenta y dos años. Y dicen que mandó tan bien que
sus vasallos nunca quisieron más rey que Meñique, que no tenía gusto sino
cuando veía a su pueblo contento, y no les quitaba a los pobres el dinero de su
trabajo para dárselo, como otros reyes, a sus amigos holgazanes, o a los
matachines que lo defienden de los reyes vecinos. Cuentan de veras que no hubo
rey tan bueno como Meñique.
Pero no hay que decir que Meñique era bueno. Bueno tenía que ser un hombre
de ingenio tan grande; porque el que es estúpido no es bueno, y el que es bueno
no es estúpido. Tener talento es tener buen corazón; el que tiene buen corazón,
ese es el que tiene talento. Todos los pícaros son tontos. Los buenos son los que
ganan a la larga. Y el que saque de este cuento otra lección mejor, vaya a
contarlo en Roma.

José Martí
La Edad de Oro (1889)

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Comentarios de nuestros lectores -  Escribí tu comentario
09/04/11 | 22:18: rosi dice:
Es muy linda la historia así como he leído esta, he leído otras, esta pertenece al libro de la edad de oro de José Martí tanto esta como las otras te dejan una enseñanza, no necesitas ser inteligente para ser sabio, no necesitas ser sabio para ser inteligente si se requiere de sabiduría e inteligencia solo necesitaras de leer leer y leer para poder aprender.
roselinesyubi@hotmail.com
 
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.: Sobre José Martí
José Martí José Martí
Cubano Cuba
1853 - 1895

José Martí nació en La Habana, Cuba, el 28 de enero de 1853 en un hogar español.
Sus padres no poseían medios para que estudiara. Mientras trabajaba, Martí asistía a las clases de Rafael María Mendive, quien hizo que siguiera los estudios secundarios admirado por el talento y la inteligencia de su discípulo.
Martí recordaba con gratitud las acciones de su maestro. En 1868 viéndolo prisionero y deportado a Santander juró consagrar su vida a la defensa de sus ideales. Comenzó a publicar el periódico Patria Libre en el que aparecieron sus poemas y un drama. Una carta que escribió en aquel tiempo con su amigo Valdés Domínguez, lo llevó a la cárcel durante seis años. Fue desterrado luego a la isla de Pinos y más tarde deportado a España, donde estudió y se recibió de Doctor en Filosofía y Letras en 1873.
A fines de ese año, después de visitar las capitales europeas, viajó a México donde se unió a Carmen Zayas Bazán con quien tuvo a su hijo Ismaelillo, quien
fue el supremo amor de su vida.
Ejerció el periodismo y el profesorado. Fundó la Revista Universal. En 1878 se instaló en La Habana donde ejerció la profesión de abogado convirtiéndose en conspirador activo. Permaneció en su patria hasta 1879 y fue deportado nuevamente a España a causa de sus discursos separatistas.
En 1880 huyó a Nueva York y luego a Caracas donde dictó una cátedra de oratoria, colaboró en la Opinión Nacional y fundó la Revista Venezolana.
En 1881 volvió a Nueva York y comenzó allí una peregrinación por Colombia, Haití, Santo Domingo, México y Estados Unidos proclamando su amor a Cuba y su americanismo. Martí soñaba con la unión de Puerto Rico, Cuba y Santo Domingo en una Confederación Antillana.
Colaboraba con el periódico La Nación de Buenos Aires desde Estados Unidos
y ejerció la representación consular de Argentina, Uruguay y Paraguay.
Martí escribió numerosos artículos críticos, tradujo al español varias obras, pronunció discursos, compuso la comedia Amistad funesta, el drama Amor con amor se paga y escribió una revista para niños: La Edad de Oro.
Sus obras poéticas son: Versos sencillos, Ismaelillo, Versos libres y Versos cubanos.
En “José Martí, el precursor americano”, María Emma Carsuzán dice: “Ciertamente los versos de Martí son breves, simples, musicales, depurados íntimamente y, a pesar del empleo de algún recurso novísimo, con el tono antiguo y fresco y eterno de la copla y de la balada. Le faltaron tiempo y tranquilidad para ensayar cadencias raras, y para bañar a su musa en las aguas refinadamente fragantes de fuentes profanas y exóticas”.
Cuando estalló la revolución para independizar a Cuba, Martí cumplió su promesa de morir por su patria, hecho que ocurrió el 19 de mayo de 1895, en Boca de Dos Ríos.
.:Ver más sobre José Martí
 
.: Obras de José Martí
1875 Amor con amor se paga
1882 Ismaelillo
1884 Los políticos de oficio
1889 La Edad de Oro
1891 Versos Sencillos
1891 Versos Libres
 
.: Textos para leer de José Martí
Amor errante (Poesía)
El arte de pelear ()
Hierro (Poesía)
I. Yo soy un hombre sincero (Poesía)
Los políticos de oficio (Artículos)
Meñique (Cuento)
Sueño despierto (Poesía)
XXX. El rayo surca sangriento (Poesía)
Culpa de los muertos Culpa de los muertos


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